Así usa Trump a la economía de EU como arma de guerra
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Así usa Trump a la economía de EU como arma de guerra

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Así usa Trump a la economía de EU como arma de guerra

bulletLos aranceles y las sanciones se han convertido en las principales municiones de EU en su batalla por mantener la hegemonía económica.

Bloomberg Por Ben Holland con la colaboración de Ladane Nasseri
01/07/2019
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Donald Trump se siente muy cómodo utilizando la economía de Estados Unidos tanto para seducir como para amenazar. En Londres, en una visita de Estado, tuiteó que Reino Unido puede esperar un “gran acuerdo comercial” con su país una vez que “se libere de las cadenas” de la Unión Europea (UE). En la semana previa, tuvo tiempo para intensificar las hostilidades en sus guerras comerciales.

Su artillería fue un espectáculo secundario del evento que se ha vuelto el auténtico protagonista de la segunda mitad del mandato de Trump: su campaña para reescribir las reglas bajo las cuales Estados Unidos comercia con China. Pero todos los aranceles, sanciones y políticas comerciales de Trump muestran la forma en que el presidente ha ampliado su definición de seguridad nacional para incluir a la economía, que se ha convertido en un arma que esgrime contra sus aliados y contra su principal rival.

Los aranceles y las sanciones no son lo mismo, por supuesto. Uno es un instrumento comercial, destinado a calibrar los intereses de productores y consumidores, e impuesto por la mayoría de los países tanto a amigos como a enemigos. El otro es abiertamente punitivo, una forma de justicia penal internacional.

Pero funcionan de manera similar para Trump, que los usa en tándem en una escala sin precedentes, porque ambos apelan al deseo global de hacer negocios en Estados Unidos, el mercado de consumo más rico del mundo.

Estados Unidos ha disfrutado de ese estatus por generaciones, un factor clave de su liderazgo. Hasta hace poco, el acceso a ese mercado colgaba ante los ojos del mundo como una apetitosa zanahoria. Trump, en cambio, lo maneja como un auténtico garrote. Piensa que en el pasado se puso al alcance con demasiada facilidad, y Estados Unidos se han beneficiado menos que otros, convirtiéndose, como tuiteó el primero de junio, en “el país ‘alcancía’ que los países extranjeros han estado robando y engañando durante años”.

Los aranceles hacen que el acceso a ese mercado sea más costoso, aunque la manera en que se comparte ese costo es un tema debatible. En tanto, las sanciones a menudo significan que el acceso al mercado de Estados Unidos te está vedado. Trump está dispuesto a aplicar sanciones y aranceles incluso cuando sus objetivos no son realmente económicos. Se han vuelto los instrumentos esenciales del “America First”, caen sobre México y Venezuela, pasan por Turquía y llegan hasta Irán, tanto en política y diplomacia como en comercio y finanzas.

Esa es una estrategia de alto riesgo, dice Jeffrey Sachs, profesor de economía en la Universidad de Columbia. “Los sistemas abiertos pueden convertirse en sistemas cerrados o divididos”, explica. “Ocurrió después del caos de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión”. Una economía mundial abierta es vulnerable, dice, y “si Estados Unidos abandona este sistema de comercio abierto, otros también lo harán”.

En ocasiones, los movimientos económicos de Trump parecen tácticas militares, considera Ben Emons, director de macroestrategia en la firma de investigación Medley Global Advisors en Nueva York. El presidente siempre está buscando el elemento sorpresa, con ataques de madrugada vía Twitter. Intenta obligar al enemigo a comportarse en la forma en que él quiere o paralizar su liderazgo político, métodos conocidos en la teoría militar como “coerción” y “decapitación”. En la última andanada contra México, los aranceles fueron una solución alternativa. “Él quiere cerrar la frontera”, afirma Emons. “No lo dejaron. Así que ideó una manera diferente de hacerlo”.

La estrategia de Trump, asegura Emons, se basa en la creencia de que en última instancia, la demanda de productos es tan grande que nadie puede eludir eventualmente a Estados Unidos. En el futuro inmediato eso tal vez sea cierto, añade, y los inversionistas están apostando claramente en ese sentido. “Nuestro mercado bursátil va mejor que el resto del mundo. Los mercados sienten que el impacto económico será mayor en el caso de Europa o China que en el caso de Estados Unidos”.

Pero a largo plazo, puede que no sea cierto. Dos o más pueden jugar el mismo juego del presidente. China ha elaborado su propia lista negra de compañías estadounidenses en respuesta a la prohibición de Trump contra Huawei. “(China) podría volverse más dependiente del comercio con otros países, no con Estados Unidos”, dice Emons, “y aumentar el dinamismo doméstico”. Además de aranceles y sanciones, el arsenal de herramientas a disposición de ambos países (y de todos los países para tal efecto) es amplio: restricciones a la inversión, controles a la exportación, boicots de consumidores, listas negras, acciones antimonopolio e incluso procesos judiciales. Beijing, que utilizó con éxito la amenaza de limitar el turismo chino que recibe Corea del Sur, ha insinuado el uso de tácticas similares contra Estados Unidos.

Por más disruptivos que hayan sido sus ataques económicos, Trump claramente prefiere este tipo de combate a los enfrentamientos de tanques y tropas (a veces llamados “cinéticos”) en los que Estados Unidos ha estado envuelto durante la mayor parte del último medio siglo mientras se abría camino hacia la hegemonía global y el papel de policía del mundo. Casi todos sus recientes predecesores fueron a la guerra. Incluso Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, bombardeó Libia para acabar con el régimen de Gadafi.

Trump no ha descuidado por completo esa tradición, ordenó dos ataques con misiles en Siria, está invirtiendo más dinero en el Pentágono, y puede hablar alegremente sobre desatar el fuego y la furia sobre otras naciones, incluso “terminar” con ellas, como en el caso de Irán. Pero también ha estado tratando, con efecto limitado hasta ahora, de retirar sus tropas de Siria y Afganistán. Hizo campaña contra las aventuras militares en el exterior y la mayoría de sus homólogos en el extranjero siguen confiando en esas intenciones. Los líderes europeos, por ejemplo, no disfrutaron mucho la visita que hiciera en mayo el secretario de Estado Mike Pompeo en un esfuerzo por incluirlos en la campaña de “máxima presión” de Estados Unidos contra Irán. El panorama era ominoso, eco de aquella invasión de Irak en 2003. Sin embargo, a los europeos les consolaba la idea de que el presidente no quería realmente empezar una guerra.

Trump también lo dice. Pero ello no ha impedido que ejerza el poder económico sobre Europa de una manera que no es para nada consoladora. Los europeos quieren mantener vivo el acuerdo nuclear de 2015 con Irán después de que Estados Unidos lo abandonó hace un año. Y han tratado de configurar un vehículo especial que permita que el comercio entre Europa e Irán fluya sin ningún tipo de dinero involucrado (básicamente un sistema de trueque) de modo que no desencadene sanciones. Pero la administración de Trump ha señalado que cualquier país que sirva de conducto podría perder el acceso al sistema financiero estadounidense.

La amenaza de las sanciones estadounidenses, impuestas de tal forma que implica que efectivamente tienen jurisdicción global, eclipsa cualquier incentivo que los políticos de Europa puedan ofrecer a sus propias compañías para que comercien con Irán. Brian Hook, el enviado especial de Estados Unidos para Irán, lo explicó el 30 de mayo: “Si a una empresa se le da la opción de hacer negocios en Estados Unidos y hacer negocios en Irán, elegirá siempre a Estados Unidos”.

Otro asunto que disgusta a Europa son las actuales y posibles restricciones al comercio con Rusia, un socio de la eurozona mucho más importante que Irán, y cuyo gas rivaliza con el gas natural estadounidense, “el gas de la libertad” según lo rebautizó el Departamento de Energía de Trump. El mercado más grande por el que compiten Moscú y Washington es Alemania.

El gobierno norteamericano advirtió que estaba listo para imponer sanciones que podrían obstaculizar la construcción de un gasoducto de once mil millones de dólares para llevar gas desde Rusia hasta Alemania. Pero suavizó la amenaza este año después de que Alemania anunció la construcción de dos terminales que podrían recibir gas de Estados Unidos.

Tal vez el mejor ejemplo del doble uso que hace Trump de las sanciones y los aranceles se produjo cuando Turquía fue golpeada por ambos el verano pasado. Cuando el presidente turco Recep Tayyip Erdogan fue tras decenas de miles de presuntos conspiradores después de un fallido intento de golpe de Estado en 2016, cometió el error de detener a un pastor estadounidense. Trump y sus aliados evangélicos enfurecieron. El 1 de agosto de 2018, el presidente de Estados Unidos impuso sanciones a dos ministros de Erdogan. Nueve días después, lanzó el otro embate y duplicó los aranceles sobre las exportaciones turcas de acero y aluminio, hundiendo así los mercados financieros de Estambul. El pastor fue liberado y algunas de las sanciones fueron levantadas.

Lo sorprendente de todos estos ataques es que, al igual que las órdenes militares, solo toman un instante. No hay necesidad de convencer o amenazar a los legisladores para construir una coalición. Y el efecto es inmediato. Esta es precisamente una de las razones por las que el proceso se ha vuelto tan preocupante para muchos, dice Emons. “Coges el teléfono a las 03:00, y ahí está el anuncio, un tuit y las consecuencias son enormes”, apunta. “Sería diferente si el mercado no estuviera escuchando a Trump o no lo tomara en serio. Pero como efectivamente puede hacerlo los mercados dicen: ‘¡Te creemos!’”.

La estrategia choca frontalmente con los más de dos años que le tomó a Obama negociar el acuerdo nuclear de Irán, o lo que ha tomado revisar el TLCAN que, como descubrió un frustrado Trump en la primera mitad de su mandato, se ha convertido en un maratón que no ha terminado todavía.

A más largo plazo, el uso repetido de este tipo de armamento económico de alto impacto puede tener diferentes efectos. El gobierno de Trump dice que su atención está en China, que le pisa los talones a Estados Unidos como la mayor economía del mundo y en algunas medidas ya lo ha superado. Dado que China no tiene reparos en mostrar su músculo económico, y muchos países comparten la sospecha de Trump acerca de sus prácticas comerciales, existe un posible apoyo para una acción firme, pero este apoyo se agrieta cuando esos probables aliados están bajo la misma clase de presión y no saben qué esperar.

La utilización que hace Trump de la economía estadounidense como arma y la constante emergencia que invoca para justificar cada movimiento, pueden “crear problemas reales en el futuro”, dice Sachs. “Es una mecánica muy extraña para una economía de 20 billones de dólares y una supuesta democracia”.