Un cuarto de siglo sin Dalí
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Un cuarto de siglo sin Dalí

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Un cuarto de siglo sin Dalí

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23/01/2014
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Mauricio Mejía
 
 

En la imaginaria, una portería se pasea por toda la cancha buscando un balón para anotarse un gol y así aliviar su actitud paranoica crítica. La persistencia de la memoria le recuerda un tanto anotado pasado mañana cuando el Barsa se hace del último próximo título convertido ya en espectro de una apariencia furtiva.
 
Nada es real, sólo lo hiperreal o lo vicerreal. Rafael Alberti llama al futbol, eso es cierto, como una carta abierta:
 

"Globo libre,
el primer balón flotaba
sobre el grito espiral
de los vapores.
Roma y Cartago frente
a frente iban,
marineras fugaces
sus sandalias".
 

Dalí prefirió ver la cancha con 22 muebles de formas casi humanas con cabezas como ramilletes de flores y relojes derretidos que marcan el minuto 75 al borde del área grande, en donde militan la desazón y el sinsentido. Trazos perfectos que anulan la perfección. El escenario parece absurdo, en absoluto lo es. Nada es tan excéntrico como suponer lo contrario, que el deporte más lindo es una cosa sencilla de goles, patadas y disparos al arco. En el último de los casos, la niñería de la pelota no es otra cosa que una ruina antigua después de la lluvia. Y es verano.
 
 
En un mundo en el que es fácil vivir con los ojos cerrados, hubo un hincha culé, al que otros, casi inocentes, llamaron pintor y le dieron por nombre Eugenio Salvador Dalí, adicto a la telaraña del surrealismo, esa proporción excéntrica parecida al caleidoscopio de trazos enteramente posibles.
 
 
Allá, al otro lado del campo, Ortega y Gasset, juega a ver lo que no está, pero vaya que existe, falta mirarlo con detenimiento: “Era menester que bajo los tubos cilíndricos de tela en que ese horrible traje consiste, se afirmase el cuerpo del futbolista”.
 
 
Se cumplen 25 años de la despedida final, adiós que al irse saluda, de un fantasma del sex appeal que estuvo presente, presencia ausente, ida, como las verdaderas presencias, en las bodas de platino del club que, surrealistamente, es siempre más que un club. Se lo ve, con los ojos al viento, los bigotes a la libertad, esa absurda gabardina de leopardo que no fue pantera y con la bufanda del blaugranismo y sin el menor remordimiento, como siempre. Algo del balón refiere a Cadaqués o a Figueres, pero más al simbólico ejército de Cataluña, como llamaba al FC Barcelona Manuel Vázquez Montalbán, al que, por camaradería, todos llaman Manolo, como si todos los conocieran. Con Dalí, sucede, extrañamente, que todos los conocen en la medida en la que les parece extraño. Extraño, por lo demás.
 
 
En las playas de Barcino, frente al mar, diría León Felipe, el astro del surrealismo se muestra tan digno como aquel bigotudo, largo y flaco, que terminó sin peto y sin espaldar en una lejana llanura, tan lejana como el ahora que ya se ha ido para siempre. El arte es, entre otras cosas, lo que deja el tiempo sobre la alfombra. “El mundo es un gigantesco museo de objetos raros”, aseguró Giorgio de Chirico, gran influencia para el Dalí del delirio; manía de la edad de oro.
 
 
Nadie en su sano juicio puede hacerse del credo culé. Cuando pierde sucede esa mutilación del alma que desespera, gasas entre mertiolate que sanan nada, y cuando gana, asegura Joaquín Sabina, cree que hay Dios y es azulgrana. También Dalí lo pensaba, cuando se detenía a pensar, a pintar. Pero, diría Julio Cortázar, todo es adalid, ja: “Dalí me ha servido siempre para adivinar el rumbo de quienes lo juzgan”. Dice el cronopio, acostumbrado a sacar la pasta de dientes desde la mitad del empaque:
 
 
“Cuando alguien se acerca y dice: ‘Es un estupendo hijo de mala madre’: hay contacto, y todo puede andar bien. Si en cambio la respuesta se acorta por el lado de: ‘Dejando a parte su pintura, es un ser moralmente despreciable’, cierro el cajón y me despido lo antes posible porque está claro que me ha tocado aguantar a un señor bien y pocas cosas me cuestan más que eso en la vida”.
 
 

Pocas cosas agradan tanto, en efecto, como las cosas imperfectas, la caries, los dientes amarillos del cigarro o las farras desenfrenadas que encuentran lo que no buscan. Dalí tiene el mérito de la imperfección. ¿Cuándo se ha visto que un campeón cumpla con las reglas de tránsito?
 
 

Dalí se hace hincha del Barsa justamente por eso, por la incomodidad. Ahora es políticamente correcto sumarse al ejército simbólico porque Guardiola o Messi, o Xavi o Iniesta, pero antes de la guerra el equipo blaugrana era una piedra en el zapato, una grosería para los buenos entendidos que se miraban sin ascos al Madrid del Generalísimo. Dalí es un pecado que no transitó al futuro. Un sofista que cantó las penurias casi harapos de un equipo que se conformaba con la heroica batalla, siempre perdida, ante el mundo. Son célebres sus cascaritas con Josep Samitier y Emilio Sagi, tanto como su cartel en homenaje al 75 aniversario del club blaugrana, cuando Franco daba sus últimos respiros y Alberti lloraba las lágrimas del destierro que no devuelve nada, menos la vida.
 
 
 
García Lorca pinta mejor que nadie al pintor:
 
 

"¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!
No elogio tu imperfecto pincel adolescente
ni tu color que ronda
la color de tu tiempo,
pero alabo tus ansias de eterno limitado".
 
 

Dalí, lunar y Luna, herida y lo que ayuda a sanarla, pinta Gol en apoyo al Sant Andreu, equipo que pasaba penurias económicas en 1977 y en 1986, a propósito de la inaguración del estadio municipal de su natal Figueres, deja para la posteridad el Els Atletes Cosmics, en donde el reloj marca el tiempo que sucederá no el sucedido.
 

Lo encantador de Dalí es que lo avisó con toda claridad: soy un hijo de mala madre. Dijo, por ejemplo: “Picasso es español, yo también; Picasso es surrealista, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco…”
 

Ahora que la moral ampara al club catalán lleno de triunfos, de copas, vale la pena poner los codos sobre la mesa y hablar con la boca llena: la irreverencia es la manera de comportarse para el buen artista, salud, Dalí, postura que niega lo que afirma.