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La economía espacial necesita ‘pepenadores’

Alrededor de la Tierra abundan desechos que viajan hasta a 8 km por segundo y que representan un problema para los operadores de satélites, pero otros ven una gran oportunidad de negocio en catalogar y rastrear dicha basura.
Bloomberg
07 marzo 2017 0:19 Última actualización 07 marzo 2017 4:55
Basura espacial (Especial)

Basura espacial (Especial)

Nunca lo ves en esas hermosas imágenes de la Tierra que comparte la NASA, pero el espacio que rodea nuestro planeta es un basurero cósmico. Los desechos abundan, se mueven a velocidades absurdas y representan un montón de problemas para los operadores de satélites.

Esta contaminación plantea un riesgo para una mayor comercialización del espacio, tanto a las grandes ambiciones de empresas como SpaceX, de Elon Musk, y Blue Origin, de Jeff Bezos, como a otros jugadores que ven futuros prometedores para una serie de actividades espaciales, desde el turismo hasta investigación farmacéutica.

En la órbita terrestre baja, los desechos espaciales viajan a velocidades que se aproximan a ocho kilómetros por segundo, por lo que incluso los fragmentos más pequeños tienen una enorme energía destructiva. Hoy en día, los operadores de satélites maniobran periódicamente sus artefactos para evitar choques, lo mismo hace la NASA con la Estación Espacial Internacional.

“Saber dónde están las cosas es la primera parte del problema”, dijo Bill Ailor, investigador de Aerospace, especializado en el rastreo de los desechos espaciales. “A más largo plazo, necesitamos mejorar los datos para que los operadores de satélites no se muevan innecesariamente”.


Con ese fin, algunas empresas ven una potencial de ganancia en ayudar a catalogar mejor todos esos desechos, resultado de décadas de misiones espaciales no tripulados y tripulados.

Uno de esos negocios es LeoLabs, con sede en Menlo Park, California. El año pasado, la compañía recaudó cuatro millones de dólares de un grupo de inversionistas, entre ellos Airbus Ventures, un fondo de capital de riesgo con sede en San José, California, fundado por el grupo de Airbus hace dos años.

El mes pasado, LeoLabs reveló que abrió una segunda instalación de rastreo, en Midland, Texas, uniéndose a la que ya tenía en Alaska. En última instancia, la compañía tiene como objetivo tener una media docena de sitios.

LeoLabs señala que sus dos centros actuales pueden rastrear el 95 por ciento de los 13 mil objetos más grandes. La compañía planea seguir a casi 250 mil objetos a medida que su red de radares se expanda.
“El espacio comercial en la órbita terrestre baja está creciendo tan rápidamente que realmente tenemos que correr para mantenernos al día”, dijo Dan Ceperley, director ejecutivo de LeoLabs, en entrevista.

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CADA VEZ MÁS ‘TIRADO’

 

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El desorden en la órbita baja ha crecido rápidamente durante la década pasada. En enero de 2007, el gobierno chino destruyó un satélite antiguo en una prueba del misil, creando un estimado de dos mil 500 pedazos de nuevos escombros. Luego se registró una colisión en febrero de 2009 de un ‘difunto’ satélite ruso Cosmos de 860 kilogramos contra un satélite de Iridium Communications de media tonelada encima de Siberia.

“Ambos eventos aumentaron en gran medida la cantidad de escombros en el espacio cercano a la Tierra, lo que empujó aún más la amenaza de los escombros orbitales hacia lo que se describió hace más de 15 años como ‘a punto de ser significativo’”, escribió el Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos en un informe de 2011.

Otra amenaza potencial es el satélite Envisat de la Agencia Espacial Europea, un monstruo de ocho toneladas que dejó de responder en 2012. Envisat orbita en un lugar donde podría convertirse en una fuente de escombros significativos si sufre un golpe. En su estado actual, el satélite orbitará alrededor de 150 años antes de que se degrade y caiga en la atmósfera.

Históricamente, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha sido el principal actor en el despliegue de tecnología para monitorear objetos que podrían amenazar satélites, militares y civiles, y misiones de la NASA. El ejército estadounidense ahora rastrea unos 20 mil objetos a través de radares y mantiene una base de datos pública que los operadores de satélites y otros pueden consultar.

La Fuerza Aérea también alerta a los operadores de potenciales colisiones y ha contratado a Lockheed Martin para construir el sistema de radar “Space Fence”, de mil millones de dólares, capaz de rastrear hasta 200 mil objetos.

“Será capaz de seguir objetos tan pequeños como un M&M relleno de cacahuete”, dijo un gerente de proyecto de Lockheed en noviembre, cuando la Fuerza Aérea y el Ejército abrieron un nuevo centro de operaciones en Huntsville. Se espera que el proyecto esté operando a finales del próximo año.

Ceperley, CEO de LeoLabs, dice que esta generosidad pública sobre el intercambio de datos no afectará al negocio de los monitores comerciales debido a que muchos operadores buscan datos automatizados más ricos. Entre sus servicios, LeoLabs puede personalizar los datos para las necesidades específicas de un cliente.

Es probable que la órbita baja vea más negocios en los próximos años.
A principios de este mes, la Organización de Investigación Espacial de la India lanzó con éxito 104 satélites para siete naciones a bordo de un solo cohete, la mayoría de ellos pequeños “CubeSats” para una firma de imágenes con sede en San Francisco. Estos satélites son mucho más pequeños y menos costosos que los diseños tradicionales, y, con el tiempo, miles podrían ser desplegados.

Además, empresas como Airbus y Virgin Galactic, de Richard Branson, también están explorando nuevas formas de lanzar minisatélites. Estos avances probablemente conducirán a más objetos que rastrear.

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¿RUMBO A ‘GRAVITY’?

 

(Pixabay)


La expansión de la basura espacial también plantea preguntas sobre el estatus y el ritmo de un efecto de “colisión en cascada” llamado Síndrome de Kessler, en el cual chatarra voladora choca y genera chatarra nueva, que colisiona con más chatarra nuevamente.

El efecto lleva el nombre de Donald Kessler, un astrofísico retirado de la NASA que describió el escenario en un artículo de 1978. Entre los investigadores de escombros existe un debate sobre si esto ya ha comenzado, dijo Ailor.

Esta situación de pesadilla fue ilustrada dramáticamente, aunque de forma imprecisa en la película de 2013 “Gravity”, del director Alfonso Cuarón, que representó la destrucción del transbordador espacial por escombros producto de la explosión de un satélite ruso. En una entrevista de 2007, incluso Kessler dijo que muchas personas habían exagerado los peores resultados de sus predicciones.

“Todavía no hemos llegado, y no quiero levantar la advertencia de que la situación está saliendo de control, porque simplemente no”, dijo Ceperley, calificando el escenario de Kessler de “una especie de ‘coco’ en el horizonte”.

En última instancia, es probable que los gobiernos necesiten regular las “mejores prácticas” de manera más estricta para los actores que operan en la órbita terrestre baja, con normas que ordenen la eliminación de vehículos y nuevos fondos para la investigación sobre cómo remover objetos más grandes, dijeron Ailor y Ceperley.

“Es como el Salvaje Oeste”, dijo Ceperley. “Hay una creciente comprensión de que los cada vez más satélites que van al espacio podrían convertirse en un problema”.

También hay algunas técnicas para la eliminación segura de un satélite al final de su vida. Los investigadores han comenzado a modelar una variedad de enfoques, incluyendo mallas gigantes y una nave espacial de 50 gramos, delgada como el papel, que envuelva la basura del espacio y la mande a la atmósfera para que se queme. “Es muy fácil conseguir traer algo de vuelta, y es de ‘diantres’ sacarlo”, dice Ailor.

La salud del negocio del espacio comercial será determinada en parte por el orden de ese estiramiento de la frontera final que alcanza dos mil kilómetros en el cielo. Cuanto más basura espacial haya, más a menudo los satélites necesitarán ser movidos, y mejor blindados para soportar frecuentes proyectiles espaciales. Ambos impulsan los gastos de operación.

“Es algo que forma parte de los seres humanos”, dijo Ailor. “Miras los océanos o el medio ambiente o algo así, y crees que es un recurso infinito, y no lo es”.

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