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José Alfredo Jiménez, "El rey"que aún vive

El Mausoleo en el que descansan los restos del compositor, José Alfredo Jiménez es un gran sombrero de charro, en cuya parte inferior se encuentra un pebetero y en letras de bronce el epitafio: “La vida no vale nada”.
Redacción
05 septiembre 2014 12:26 Última actualización 06 septiembre 2014 5:0
Casa Museo de José Alfredo Jiménez. (Imagen tomada de Conaculta)

Casa Museo de José Alfredo Jiménez. (Imagen tomada de Conaculta)

Al ritmo de “No vale nada la vida, la vida no vale nada”, inician los recorridos en tranvía por las calles de Dolores Hidalgo. Un caballito de mezcal ameniza el paseo, mientras los transeúntes saludan a quienes van a bordo, cantando algunas de las melodías compuestas por uno de los principales referentes de la música mexicana: José Alfredo Jiménez.

Y es que fue precisamente en este municipio cuando el 19 de enero de 1926, nació el también cantante conocido como “El rey”, dejando a su paso sitios que lo recordarán por siempre, abiertos al público que desee conocer un poco más de su historia y legado musical.

Durante el trayecto se comentan algunas de las historias que José Alfredo vivió en este destino y donde pasó gran parte de su infancia, hasta poco después de la muerte de su padre en 1936.

Uno de los principales puntos donde se vuelve necesario hacer una pequeña parada es en el número 11 de la avenida Guanajuato, donde se localiza la casa en la que el compositor vivió con su familia los primeros diez años de su vida. Esta edificación, ahora convertida en museo, fue adquirida por su padre, don Agustín Jiménez Tristán, farmacéutico de profesión, famoso por establecer en el año de 1900 la botica “San Vicente”.

Su madre, al no tener conocimientos del negocio, le fue imposible darle continuidad, por lo que decidió vender la farmacia y mudarse con sus hijos a la Ciudad de México, donde José Alfredo desempeñó múltiples oficios, entre ellos los de camarero y jugador de futbol.

Artículos periodísticos, textos que cuentan su historia, fragmentos de canciones, fotografías y hasta algunos cheques recibidos por sus primeras presentaciones, son algunos de los elementos en exhibición, de los que no pueden faltar vestuarios, reconocimientos a su trayectoria y, por supuesto, discos de acetato.

UN BRINDIS PARA RECORDAR

El trayecto continúa hasta el panteón de Dolores, sitio en el que descansan los restos del cantante y compositor, quien falleció el 23 de noviembre de 1973 a la edad de 47 años, debido a cirrosis hepática,
enfermedad que padecía desde años atrás.

No es tan difícil encontrar el Mausoleo en el que descansan los restos del compositor, compuesto por un gran sombrero de charro, en cuya parte inferior se encuentra un pebetero y en letras de bronce el epita- fio: “La vida no vale nada”.

Emerge del sombrero un sarape multicolor hecho en azulejo de Dolores Hidalgo, en cuyo cuerpo están incrustados los títulos de las canciones más famosas compuestas por él. El autor del proyecto fue el arquitecto Javier Senosiain, esposo de Paloma Jiménez Gálvez. La tumba es visitada por 300 personas al día, aproximadamente.

Además, debido a que en vida manifestó su deseo de ser enterrado en el panteón municipal de su pueblo natal, junto a su madre, Carmen Sandoval, a la muerte de ésta sus restos fueron colocados a un costado de los de su hijo.

Todas las tumbas del panteón de Dolores se encuentran colocadas con dirección a la entrada principal, a excepción de la de José Alfredo, pues tal y como lo dice en su canción: “Entonces yo daré la media vuelta, y me iré con el sol, cuando muera la tarde”, por lo que el mausoleo fue colocado de frente a donde se oculta el sol, haciendo pensar que se marcha con él.

La cruz de su mausoleo está formada por 113 cristales de color azul, que representan el número de habitación en la que el cantante murió, de la clínica Londres.

Un pequeño brindis frente a su tumba marca el fin del recorrido, los visitantes se despiden de José Alfredo Jiménez, mientras se dirigen al tranvía, donde retornarán al Jardín de la Independencia, lugar en el que inició el paseo. Para despedir el lugar que vio nacer al “hijo del pueblo”, una buena opción es probar la nieve que lleva su nombre, hecha con tequila y xoconostle.