Sociedad

Cargar la pesada cruz de la tradición iztapalapense

Cristo, dijo desde la cima de su cruz: “todo está consumado”. Junto a su última exhalación, suspiró también el pueblo fiel que por 171 años cumple con su legado. Y el Monte Calvario volvió a ser Cerro de la Estrella. E Iztapalapa dejó de ser Jerusalén.
Rafael Montes/fotos Alejandro Meléndez
19 abril 2014 12:46 Última actualización 19 abril 2014 13:17
Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez

Cada año se cumple la promesa de representar la pasión y muerte de Cristo en Iztapalapa. (Alejandro Meléndez)

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CIUDAD DE MEXICO.- Con los brazos extendidos sobre el madero y las manos y pies destrozados, el joven de 31 años que dio vida y muerte a Cristo, dijo desde la cima de su cruz: “todo está consumado”. Junto a su última exhalación, suspiró también el pueblo fiel que por 171 años cumple con su legado. Y el Monte Calvario volvió a ser Cerro de la Estrella. E Iztapalapa dejó de ser Jerusalén.

Todo se acabó y los más de 11 mil policías, granaderos y auxiliares, a caballo o a pie, pudieron descansar. Dejar de lado escudos y cascos, abandonar el rostro pétreo para sonreír frente a una cámara fotográfica y pensar en volver a casa, a tener identidad.

También descansaron los 329 paramédicos de la Cruz Roja que ponen a prueba su vocación de servicio entre sudores y sangre de jóvenes que se lanzan a arrastrar los pies sin protección ni conciencia del dolor. Descansaron las dos bandas musicales que se someten al calor y los tumultos; las cinco valientes mujeres de la casa de los ensayos, que procuran la comida caliente para todo el que llegue a ver a Cristo en su cárcel.

Y descansaron también los cientos de romanos, las decenas de vírgenes, los miles de sirvientes, los doce apóstoles, Judas, María, el comité organizador y las 1.6 millones de almas que acompañaron en su penitencia a Eduardo Guzmán Flores, el muchacho que el año pasado no fue seleccionado para ser Jesús, pero que esta vez sí lo logró.

Se desvaneció, entonces, el peso de la cruz de la tradición de Iztapalapa. Ésa que sin falta pasa de generación en generación. La que hace que los jóvenes se martiricen para expulsar la culpas o pedir favores. Esa que reúne a ocho barrios y cierra sus calles para dar espacio a la fe. La que congrega a más de cinco mil actores que financian sus propios vestuarios y hacen posible el clímax de cada viernes santo en Iztapalapa.

Esa pesada cruz que se carga en los hombros de quienes son leales a su condición de iztapalapenses. Porque saben que ser de aquí y no participar, es como desafiar a la autoridad de la vox populi.

Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez
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“MUCHOS QUISIERAN ESTAR DONDE ESTAMOS”

“Este es nuestro trabajo, somos una banda”, dice Joel Meraz, de 39 años, mientras bebe un vaso de agua de jamaica que le ofrecen las mujeres de la casa en la que pernoctarán el jueves para estar listos temprano el Viernes Santo. Él y su familia, 14 miembros, conforman la banda de los Hermanos Meraz, una de las dos que tocan la Marcha Dragona, la tonada fúnebre que acompaña a Cristo en su camino hacia la muerte.

“Es una sola pieza. Por eso ya casi no es necesario ensayar, ya nos la sabemos. Nos llevaron las partituras un día y como sabemos algo de música, pues nos la aprendimos”, comenta.

“Estamos contratados, no es que hayamos venido sólo por gusto. Nos ven trabajando en los barrios, venimos a las parroquias, a los eventos, y de ahí nos ven. Y nos contratan”, platica el hombre originario de Texcoco, pero bien conocido en Iztapalapa.

Él y los suyos le dan el toque trágico a esa caminata del mesías rumbo a su destino. Hacen que el retumbar de las tubas, los trombones y las trompetas cimbren a los ocho barrios. “También vienen clarines. Primero son los clarines y nosotros contestamos. Así nos vamos todo el viacrucis”.

Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez
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“AQUI EMPIEZA TODO”

Un callejón, el segundo de la calle de Aztecas, en el centro de Iztapalapa es el origen de todo. Ahí está la casa del señor Martín Cano Juárez, que hace muchísimos años fue de los fundadores de esta representación. Él ya no vive, ni tampoco su hijo Juan, pero cinco mujeres mantienen vivo su recuerdo y vigente, la herencia que les dejó, de abrir la puerta de par en par para que todo sea posible.

“Yo recuerdo que desde que era chica, que era jovencita, ya se hacían aquí los ensayos. Era la sede”, dice Rutila Cano, una de las hijas de don Juan, a quien un día antes de la muerte de Cristo le rindieron un homenaje. Llegaron como a las 2 de la tarde del jueves. La casa era un hervidero porque se estaban maquillando las chicas y los hombres para la procesión de las siete casas. Las trompetas invadieron el espacio y convocaron la atención. Fue un toque fúnebre y un grito de honra: “¡Juan Cano Martínez!”, gritaron unos. “¡Presente!”, respondieron otros. Así, tres veces.

“Nosotros planeamos todo desde diciembre. Más que nada, un presupuesto económico para solventar esta tradición. Es incalculable. Somos cinco hermanas las que participamos en esto. Aquí empiezan los ensayos desde el primer domingo de enero. Ya desde el primer domingo de enero, la casa pasa a ser la casa de ensayos”, dice doña Rutila.

No importa que el primer domingo de enero sea 1 de enero. Ese día, empiezan los castings para elegir al Cristo del año. Y a sus vírgenes. Después, los ensayos. Desde el tercer domingo de enero, hasta la Semana Santa. Casi tres meses en que la casa de doña Alicia Reyes Hernández se convierte en la casa del pueblo y en el refugio de Cristo.

“Aquí es la sede, aquí se viste a Cristo, parte todo de aquí. El domingo de Ramos también. El jueves, el viernes, el sábado. ¿Qué dejamos de hacer? Todo. Se convierte para nosotros, como hermanas, como en una manda. Hay que sacar el compromiso” dice Rutila.

El jueves, aquí llega el Cristo. Hace un descanso después de todos los concilios y su aprehensión. Lo traen al terminar los actos en la explanada de la delegación.

“Está un ratito en la cárcel que tenemos allá abajo y posteriormente, se va a descansar a su casa. Al día siguiente, llega a las cinco. Nosotras seguimos en lo nuestro, en la comida para los periodistas, para la banda, para todo el que venga. Él está concentrado, maquillándolo, preparándolo. Llegan los periodistas, gente de la delegación, políticos. Hay gente que aunque es política no deja de sentir amor a la tradición porque esos políticos son parte del pueblo. Aquí no hay partidos”.

Luego, cuando se lo llevan a crucificar, empieza el desenlace. Se encierra en una recámara y pide que la señora de la casa le dé la bendición. Y entonces, ya con la bendición de la mujer, fiel y leal, Cristo, sea quien sea que lo represente, tiene las fuerzas para salir a cumplir su cometido.

Se siente tristeza, dice Rutila, porque se termina todo. “Cristo regresa como a las 4:30 de la tarde, ya que lo bajan de la cruz, viene a convivir con nosotros. Viene a comer. Después de que lo bajan del cerro, viene. Hay actos a los que no entra la prensa. Eso de que viene, ya es otro ambiente diferente. Cuando él regresa, ya es un ambiente diferente”.

Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez
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“YO DEJO HUELLA EN LOS VESTUARIOS”

Rocío Peralta es diseñadora de modas. Desde 2009 viste a los personajes del viacrucis. A los que el sorteo le indica. Ese año le tocó el mismísimo Jesús y su madre, pero allí, más que emoción, sintió frustración.

“Somos cuatro diseñadores y cada año nos asignan a diferentes personajes. Este año me tocaron los personajes de Domingo de Ramos y de martes Santo. Fueron alrededor de 30, como 60 o 70 vestuarios. Mi labor es estudiar personajes desde el mes de noviembre, trabajar con ellos y después, ver su físico, su color, para que yo pueda asignar colores y darles su diseño. Son diferentes en las telas, las caídas. Si son vírgenes, utilizan el vestido más amplio. Los chicos, los sirvientes, son cortos. Hay vírgenes, sirvientes, hebreos, sacerdotes, gente del Concilio”, platica la mujer.

“Para mí es importante, porque soy iztapalapense, soy nativa de los ocho barrios, radico en el Barrio de la Asunción y para mí es una tradición, es algo muy bonito y me gusta hacerlo. En 2009 me tocó a la Virgen María y a Jesús. Ha sido lo más importante, pero como diseñadora, me gusta ser creativa y con Jesús y con la Virgen María, me quedo reprimida, porque no se pueden salir de ese diseño, ahí me siento limitada, pero con los demás personajes, yo puedo estar creando, en cada personaje yo creo y dejo huella”.

Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez
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“TODO ESTA A CARGO DE NOSTROS”

La estructura de la tradición de la Pasión está a cargo del Comité Organizador, una asociación civil que mantiene todo bajo control. “Hay diferentes comisiones, de escenario, de seguridad, de los ensayos, de la caracterización. Prácticamente todo está a cargo de nosotros, con colaboración de las autoridades de gobierno”, dice Miguel Ángel Morales, secretario de la organización.

“Trabajamos todo el año, tenemos reuniones cada dos meses. Los 50 socios toman la votación para elegir al Cristo, después de un casting de entre 25 y 30 aspirantes, quienes ya pasaron por pruebas físicas, médicas y familiares. Valoramos la estatura, la complexión, aunque no es factor determinante y su seguridad, que no tenga pánico escénico”, explica.

Bajo a su cargo está cada movimiento de la representación. “Son 168 personajes con parlamento, más alrededor de 100 personas en los grupos de fanfarrias y clarines y alrededor de 50 extras. Más nazarenos, mujeres de pueblo, todo eso son alrededor de 5 mil actores. Se trata de coordinar con una comisión de nazarenos, que son los que los tratan de ordenar, aunque es complicado coordinar a dos mil, tres mil personas”.

Ser del comité, implica dejar muchas cosas de lado. Familias, trabajos, diversiones. “Es dedicarle tiempo a la representación”, reconoce. Pero además, es una cosa de manejar dinero. “Los vestuarios, lo absorben los actores y nosotros, los gastos de operación. En escenografía y gastos de operatividad, como 80 mil pesos. El Cristo gasta alrededor de 10 mil pesos a 15 mil, de ahí hacia abajo. Lo más fuerte es el Cristo por la cantidad de vestuarios que tiene que tener”.

Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez
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“ESTAMOS PARA DARLES TRANQUILIDAD”


“Llegamos desde las seis y media, siete de la mañana. Nos dividimos en escuadras, de tal manera que podamos cubrir diferentes partes de todo el evento y poder estar atendiendo a las personas que lo soliciten, sobre todo a los nazarenos o a las personas que pueda sufrir un golpe de calor, cansancio excesivo o lo que se vaya presentando”, dice uno de los más de 300 paramédicos de la Cruz Roja que dan alivio a los dolores de los nazarenos. Ellos son las otras cruces del viacrucis.

“Estamos en la carrera de técnicos en urgencias médicas, hay diferentes niveles, nosotros somos básicos”, dice el joven, uno de los apoyos fundamentales para dar tranquilidad a los que asisten a cumplir con su fe.

“Con la preparación que tenemos y con traer algo de hidratación y equipo básico, damos el servicio de socorro. Ya tenemos algunos pacientes”, comenta Daniel Labastida, de 26 años, un joven que es profesionista de la mercadotecnia, pero también paramédico, porque esto de ayudar es cosa de vocación.

Su compañero, Manuel Vargas, de 23 años, explica que “la mayoría de la gente tiene lasceraciones en los pies y nos han tocado dos desmayados por golpe de calor, deshidrataciones, es lo que más se ve aquí. Una de las cosas muy importantes es que te guste, que ames lo que haces para que posteriormente puedas seguir brindando el servicio profesional. La reacción de la gente es que se espantan porque no es normal que vean que alguien se desmaya, pero estamos para darles tranquilidad y confianza”.



Son miles de rostros los que hacen posible que esa promesa hecha al Señor de la Cuevita, la deidad oriunda de esta zona del oriente de la ciudad, pueda cumplirse. Esa promesa de representar la pasión y muerte de Cristo en recompensa por haber salvado al pueblo de la epidemia de cólera que los azotó a mediados del sigo XIX.

Viacrucis en Iztapala, Alejandro Meléndez