Retrato Hablado
René Drucker, científico

"Tenemos una pésima calidad de vida"

El excoordinador de Administración Científica de la UNAM afirma que la clase política en México es, en general, incompetente, al estar asociada a la corrupción.
María Scherer Ibarra
18 septiembre 2014 20:15 Última actualización 19 septiembre 2014 5:0
Ilustración Retrato Hablado Drucker

Ilustración Retrato Hablado Drucker

CIUDAD DE MÉXICO. El cardiólogo llegaba a su casa, en la colonia Cuauhtémoc, cargado de alimentos y, a veces, hasta gallinas. Su mujer le recriminaba que apareciera cargado de porquerías. “Lo que quiero que traigas es dinero”. “¿Y cómo? –replicaba el médico– si la gente no tiene con qué”.

El “altísimo sentido social” de su padre caló hondo en René Drucker, secretario de Ciencia y Tecnología del Gobierno del DF. “Vivíamos frugalmente pero nunca nos faltó nada. Creo que gracias a ello nunca he aspirado a acumular. Mientras menos cosas tenga uno, simple es la vida”.

René fue hijo único y la hermana de su madre no tuvo hijos. La familia de su padre se quedó en su patria, Francia. Fue un niño solitario, pero sociable. Era un deportista prometedor, que prefería sobre todos el beisbol. Su equipo era los Indios de Cleveland, porque ahí jugaba el segunda base mexicano Beto Ávila.

En 1954, un cazatalentos de las Grandes Ligas vino a México en busca de valores nacionales. A Drucker, que jugaba de pitcher, le ofrecieron un contrato para irse con los Piratas de Orlando, a Florida. Pero su padre, al conocer la noticia, hizo pedacitos el documento y le advirtió al adolescente: “Pónte a estudiar, que es lo que vale”.

René era un pésimo estudiante, indisciplinado. “Era bueno para todo lo que no servía para nada, para las canicas y la rayuela”.

En la UNAM estudió medicina y psicología y conoció a su mentor, el afamado neurofisiólogo Raúl Hernández Peón, fundador del Centro de Investigaciones Cerebrales. Ahí arrancó su formación como investigador, lo mismo que su fascinación por la biología del sueño.

El 1968 fue un año doblemente desafortunado para Drucker. Hernández Peón le informó que al término de las vacaciones de Semana Santa iniciaría las gestiones para que estudiara el doctorado en el Brain Research Institute de UCLA. Pero su maestro se mató en un accidente en la carretera a Acapulco.

Drucker tuvo que olvidarse de California y se fue en coche, con su mujer y sus dos hijas, a la Universidad de Saskatchewan, en Canadá. Un profesor con quien tenía amistad le consiguió una beca. Su tesis doctoral, sobre el impacto de la privación de sueño en la fragilidad capilar, se publicó en la revista Science y el doctor comenzó a ganar notoriedad.

Drucker buscó una plaza de investigador en la UNAM, pero no hubo manera. Dio clases en el Instituto Nacional de Neurología, en la Facultad de Psicología y obtuvo un empleo bien remunerado en el Instituto Miles, una empresa farmacéutica que pertenecía a Bayer, pero no disfrutaba su trabajo. Entonces compitió y ganó un sitio en la UCLA, ya con un currículum respetable y varias publicaciones. Volvió un año después para ocupar la añorada plaza en el recién creado Departamento de Biología Experimental de la UNAM, que hoy es el Instituto de Fisiología Celular, donde Drucker ha investigado por cuarenta años.

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Al sinuoso camino de la política, el científico entró una vez que había creado fama. Drucker tenía una simpatía natural por la izquierda, desde el triunfo de la Revolución Cubana. “Tenía esta inclinación un poco romántica de cómo se cambian las cosas, de cómo se hace para que la mayor parte de la gente tenga las mismas oportunidades y que se reduzca esta brecha entre los have y los have not”.

El exjefe del Departamento de Neurociencias del Instituto de Fisiología Celular se convirtió en una celebridad en abril de 1987, cuando figuró su nombre y el de sus colegas en la primera plana del The New York Times, por dos exitosos trasplantes que fueron parte de un tratamiento para el Parkinson.

Investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores y expresidente de la Academia Mexicana de Ciencias consideró siempre su deber ciudadano. “Debemos ejercer nuestra responsabilidad social y no mostrarnos ajenos ante los problemas del país y sus lastimosas condiciones sociales”.

Por esa razón aceptó participar entre los convocantes a la fundación del PRD, invitado por su líder moral, Cuauhtémoc Cárdenas.

“Siempre he creído en la importancia que se le debe de dar a la ciencia y a la tecnología en cualquier esfuerzo o movimiento político. La ciencia es la herramienta más poderosa para resolver problemas y transformar a la sociedad. Esa es mi intención y no ser político, eso nunca me ha interesado. No quiero ser diputado o senador. He procurado impulsar la ciencia usando mi voz para que la clase política le dé importancia, pero he sido un fracaso en ese sentido porque el gobierno sigue sin apoyarla como se debe”.

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Padre de cuatro y abuelo de siete, ha sido estimulado con la beca Guggenheim, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Premio Universidad Nacional en investigación científica, el reconocimiento por trayectoria científica de la International Behavioral Neuroscience Society y el Premio Kalinga de Divulgación Científica otorgado por la Unesco en 2011, entre otros.

Entre sus orgullos, destaca la fundación de la primera clínica de trastornos de sueño del país, en el Hospital General, y haber traído el primer PET (tomógrafo por emisión de positrones) a México, un instrumento de imagenología y diagnóstico que permite observar cambios bioquímicos en el organismo.

Al excoordinador de Administración Científica de la UNAM con Juan Ramón de la Fuente, no le faltan planes en la Secretaría de Ciencia y Tecnología del DF: está por inaugurar la primera trajinera hecha de material de deshecho junto con el Instituto de Investigación de Materiales de la UNAM. Varios proyectos lo entusiasman, y particularmente el prototipo de transporte urbano elevado personalizado, un modelo parecido a un funicular horizontal, que se utilizará en el espacio aéreo de la capital. Todo un sueño para quienes lidiamos con el tráfico.

“Los mexicanos tenemos una pésima calidad de vida y nuestra clase política es, en general, enormemente incompetente y lamentable. Esta incompetencia está asociada a la corrupción porque no les importa más que defender sus intereses o los de sus grupos. Yo espero, desde aquí, poner otro poco de mi parte”.