Retrato Hablado
entrevista
Jacqueline Peschard, académica de la UNAM

"Soy docente de alma"

Una vez que brotó su pasión por la academia, Peschard se vinculó con profesores, investigadores y con soltura, ganó la plaza de profesora que conserva hasta hoy.
María Scherer Ibarra
21 mayo 2015 20:49 Última actualización 22 mayo 2015 5:0
Jacqueline Peschard. (ilustración)

Jacqueline Peschard. (ilustración)

Sólo porque lo cuenta ella misma: Jacqueline Peschard era una niña que pertenecía a una familia convencional, en la que se sobreprotegía a las mujeres y se les preparaba para el matrimonio, después de pasar por una escuela religiosa; el Oxford, en su caso.

Jacqueline –dócil, muy dócil, acepta la tercera hija de siete– terminó la high school, sin validez oficial alguna. Y se sintió afligida. Hablaba un “bonito inglés”, eso sí. Y como no sabía qué hacer sólo con eso, a los diecisiete comenzó de nuevo, y cursó la secundaria y la preparatoria con una idea fija: ir a la universidad, “aunque no era lo esperado en mi mundo”. Por las tardes, daba clases de inglés en el colegio.

Tarde, y en medio de un pequeño escándalo familiar porque no escogió una carrera más apropiada –como historia o arte– ingresó a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales después de extraviarse brevemente en Ciencias.

Fue la venturosa influencia de un maestro de sociología en la Prepa ocho la que envió a Peschard a la Universidad Nacional. Eso, y el trabajo social que había hecho con los jesuitas en colonias pobres de la ciudad.

En 1971, la Facultad de Ciencias Políticas ebullía. Parecía que el 68 había sido antier. Maestros como Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea y Francisco López Cámara convivían con los alumnos en las cafeterías y “había una enorme retroalimentación intelectual”.

Hasta ahí llegó la miss de inglés. Una vez que brotó su pasión por la academia, Peschard se vinculó con profesores, investigadores y con soltura, ganó la plaza de profesora que conserva hasta hoy.

Después de dividir el tiempo –como muchas mujeres profesionistas, entre lo suyo y su familia–, reanudó su carrera con una maestría, “en un momento en el que todavía había relevo generacional en la UNAM”.
Al inicio de los noventa, se inscribió en el Colegio de Michoacán y terminó su doctorado en Ciencias Sociales. Unos años después, formó parte de ese Instituto Federal Electoral irrepetible, encabezado por José Woldenberg.

__Te sacaron de la academia…
__Claro. Era la gran cosa ir al Instituto. Además, yo ya estaba muy clavada en temas electorales cuando vino la reforma del 96 (la que le dio autonomía al IFE) y acepté, entre otras cosas, porque el proceso de selección de consejeros no tenía nada qué ver con lo que es ahora. Salvo uno, todos éramos académicos. La composición era magnífica; había densidad intelectual. No tengo idea de por qué me propuso el PRI, pero haber estado ahí fue una gran fortuna.

__La academia arropa.
__Arropa. Pero ya no les importa. Lo que hay son cuotas, a lo bestia. Y la reforma actual no ayuda. Es un asco.

Hacia finales de 2003, Peschard se albergó de nuevo en su alma máter. Durante tres años, fue propuesta para formar parte del Instituto Federal de Acceso a la Información, pero uno de los comisionados –Horacio Aguilar– se amparó para mantenerse en el cargo una vez que había concluido su periodo. Eso retrasó el ingreso de Peschard hasta el 2007.

Ese también fue un organismo formado mayormente por académicos, como Alonso Lujambio, María Marván y Alfonso Gómez Robledo.

Jacqueline Peschard presidió el pleno del Ifai cuando Lujambio fue nombrado secretario de Educación Pública por Felipe Calderón. “Fue puro churro”, dice ella. La presidencia estaba vacante y había comisionados que automáticamente estaban descartados para ocuparla, como Marván Laborde, que ya había sido presidenta y porque otros dos estaban próximos a terminar sus respectivos periodos. Sin embargo, dos años después fue reelecta. “La segunda generación de comisionados dejó mucho qué desear. Empezó a llegar gente muy vinculada al presidente”, opina.

La autora de Las elecciones federales de 1988 en México; La cultura política democrática; Las elecciones federales de 1991; Cultura Democrática y Hacia la Sociología regresó, felizmente, a la Universidad Nacional.

Conversamos en su cubículo de uno de los edificios de posgrado, un sitio silencioso y privilegiado dentro de la caótica Ciudad Universitaria.
Cuando se reincorporó como profesora e investigadora, le planteó al rector el desarrollo de un seminario de transparencia. La universidad, dice Peschard con razón, tendría que ser un valuarte de la transparencia en este país oscuro.

Es la coordinadora de dicho seminario, al amparo del cual se organizan cursos, coloquios y se publican libros, cuya más reciente aportación es un volumen sobre transparencia para la colección Los Grandes Problemas Nacionales, de El Colegio de México.

En su entrañable facultad, Jacqueline Peschard sigue dando clases. “Soy docente de alma”, sostiene.

También es promotora de Voto Informado, una iniciativa ciudadana, respaldada por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales para que los candidatos para diputados federales hagan del dominio público su currícula. Mil trescientos treinta y un candidatos han publicado su información hasta ahora. Son más de cinco mil.

__Son pocos, Jacqueline…
__Sí. Creo que no la han subido más por desidia, tal vez porque cambian mucho de partido.

__¿No es un mero afán de ocultamiento, de falta de cultura de la transparencia?
__No habría por qué. Primero, porque no creo que hay mucha gente que vaya a revisar qué es y qué no es verdad, pero brotan los hechos evidentes como que un candidato del PAN haya pertenecido al PRI o al PRD. No acabo de entender cuál es la razón. Quizá es, simplemente, porque no están obligados.

No obstante, la exconsejera no pierde el optimismo. En la última semana, se han sumado cien candidatos por día, en promedio. “Y espero que a medida en que se acerca el final de las campañas se sumen otros. Sí hay aspirantes que buscan una palomita”.

Desde principios de abril, este sistema ha recibido 448 mil 590 consultas.

Hablamos de otras iniciativas, como Candidato Transparente, y aquellos que han sido exhibidos por rendir su declaración patrimonial incompleta. Con todo, ella conserva el entusiasmo:

“Esto no tiene marcha atrás. La presión de la sociedad sobre los candidatos cada vez será más y más”.