Retrato Hablado
Javier Quijano, abogado

"Soy de esos que llevan
la ley en la sangre"

Desde principios de los años noventa, Javier Quijano es secretario general de la Unión Iberoamericana de Colegios de Abogados, con sede en Madrid y se le considera un as en resolución de conflictos.
María Scherer Ibarra
20 noviembre 2014 23:1 Última actualización 21 noviembre 2014 5:0
Ilustración Retrato Hablado Quijano

Ilustración Retrato Hablado Quijano

CIUDAD DE MÉXICO. Javier Quijano, el más reciente académico de número que ingresó a la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación, tropezó con su vocación. Fue ésta quien encontró a uno de los más reconocidos abogados, lo mismo que bibliófilo.

Quijano no se considera un académico. “Soy un abogado, no un hombre de estudio”, dice.

Y afirma que ha sido de izquierdas “desde siempre”. En su juventud –cuando laboraba en el archivo de la Embajada de los Estados Unidos– se jactaba de su castrismo y de su conocimiento sobre Trotski.

Sus padres se divorciaron cuando él apenas era un bebé, y su hermano mayor un poco más que eso. Tenían tres y cinco años. Los niños permanecieron con su madre en casa del abuelo paterno –el Castel Baz, una casona con siete habitaciones–, a donde habían vuelto a cobijarse bajo la protección de Don Luis Baz sus otros hijos, uno con todo y mujer, otro divorciado y un último soltero.

Isabel Baz se casó en segundas nupcias con Percival Ouchterlowny, barón de Kellie –un hombre de negocios sueco, de origen escocés– que prohijó a los niños. Quijano me muestra su fotografía, que tiene en un sitio privilegiado de su despacho y cuenta que el padre, a la usanza europea, los envió a un medio internado al Colegio Williams, del que salían los fines de semana para convivir con su familia.

En el Williams, Quijano aprendió un inglés perfecto. En el comedor del fenomenal palacio, que fue la casa de campo de José Yves Limantour, ministro de Hacienda de Porfirio Díaz, colgaba un letrero que advertía: It is strictly forbidden to speak spanish.

Al concluir la preparatoria en la Universidad Militar Latinoamericana, en el Desierto de los Leones, Quijano pensó que su opción era la arquitectura, pero el barón pensaba diferente. Lo amonestó y le hizo saber que su responsabilidad llegaba ahí. En adelante, tendría que arreglárselas para mantenerse solo.

En franca rebeldía, Quijano se probó como torero. Su familia completa era aficionada a la fiesta. La casona que habita, en Avenida Colonia del Valle, quedaba cerca de la plaza. Un típico domingo del clan Baz comenzaba con la asistencia a dos juegos de futbol, el preliminar (de segunda división) y el estelar –a mediodía–, el almuerzo en casa y más tarde, la corrida.

Su hermano mayor estudiaba leyes y vivía por su cuenta. “Mi destino era el mismo”, pensó. Se mudó con él y soportó por un tiempo la vida con cierta estrechez, que mitigaba su madre por debajo del agua. Al fin, se dispuso que estudiaría derecho. “Decía uno de mis profesores que un gorila podía recibirse de abogado siempre y cuando le dejaran escoger los maestros, pero yo encontré mi vocación el primer día de clase”.

Fue un estudiante ejemplar, de diez de promedio, aunque nunca descuidó la parranda. “Me cautivó la ciencia, la jurisprudencia, la filosofía del derecho, la sociología jurídica, el mundo normativo”.

Simultáneamente, trabajaba en la Embajada de Estados Unidos, y cobraba una pequeña fortuna para un muchacho de su edad: 100 dólares mensuales, “libres de polvo y paja”. Quijano se ocupaba de hallar los registros de los pasaportes de quienes solicitaban visas. En sus ratos libres, curioseaba en el archivo los apellidos que conformaban la left wing list o la nazi list. A las seis en punto, dejaba la esquina de La Fragua y Reforma para llegar media hora después a Ciudad Universitaria.

La distancia y el apremio lo orillaron a cambiar su empleo por uno menos remunerado y divertido. Quijano se convirtió en burócrata del Instituto Nacional de la Vivienda. “Era como estar becado, trabajaba poco y no ganaba mal”.

Formó parte de un grupo que quiso formar un sindicato. Con las firmas de más de tres mil albañiles, se registró ante la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado. Los muchachos presentaron la planilla el último día, y salieron a festejar con el sello de recibido. “Íbamos a despacharnos con la cuchara grande del sindicalismo mexicano”, bromea, pero pasaron por alto que la estampilla llevaba impresa la fecha equivocada y el documento fue rechazado por extemporáneo.

Luego de la pifia, Quijano fue confinado al almacén, “una tlapalería gigante”. Pronto renunció a su “beca”, a su aventura política, y entró ya como abogado en plena forma a su primer despacho –Baker, Botts, Miranda, Santamarina y Steta–, del que se apartó para irse al de su profesor de derecho civil. “Ahí descubrí mi vocación de litigio”.

Luego se movió a Rocha y Hegewisch, y después de nueve años, fundó Quijano, Cortina y de la Torre.

Adolfo Aguilar y Quevedo y otros afamados abogados lo recomendaron. Con eso, y su tejido de relaciones, despegó pronto. Aguilar y Quevedo decía que Javier Quijano era un abogado nato, de esos que escasean, que llevan la ley en la sangre. “Tengo todas las virtudes para ser un buen abogado, según mi cuate Bolívar Fuentes: juego dominó, doy unos cierres a blancas de lujo, me gustan la cerveza de barril, los ostiones en su concha, los toros, la poesía, la bohemia y la siesta”.

Amigo cercano de Andrés Manuel López Obrador, a quien defendió durante el caso del desafuero, ingresó en 1972 a la Barra de Abogados (la presidió más tarde) y después se vinculó a la American Bar Association. Es miembro y fue vicepresidente de la Union Internationale des Avocats, de París, miembro de número de la International Academy of Trial Lawyers de San Diego, California, y secretario general del Consejo de Delegados de la Unión Iberoamericana de Colegios y Agrupaciones de Abogados (en Madrid). Desde principios de los años noventa es secretario general de la Unión Iberoamericana de Colegios de Abogados, con sede en Madrid. Quijano ha sido premiado con la Cruz Distinguida de Primera Clase de la Orden española de San Raimundo de Peñafort y se le considera un as en resolución de conflictos.

Aunque los agradece, poco le importan los homenajes.

__¿Por qué? ¿Qué denotan?
__Que estás al final de la vida. Los reconocimientos suelen venir a lo largo de una carrera.