Retrato Hablado
entrevista
Philip Roth, escritor estadounidense 

"Soy como un médico en
sala de urgencias... y yo soy la urgencia"

De acuerdo a sus amigos Philip Roth es un hombre divertido y apasionado. Su biógrafa, Judith Thurman, afirma que es "la antítesis de la apatía", y un hábil imitador.
María Scherer Ibarra
17 diciembre 2015 22:2 Última actualización 18 diciembre 2015 5:0
Philip Roth. (ilustración)

Philip Roth. (ilustración)

Cada año espero que le den el Nobel a Philip Roth porque es uno de mis escritores preferidos. Además, es yankee. Pero no. Simplemente no ocurre. Es un candidato perpetuo.

Según sus amigos, es un hombre divertido y apasionado. Su biógrafa, Judith Thurman, afirma que es “la antítesis de la apatía”, y un hábil imitador.

La segunda parte de Reportero, una compilación de los mejores artículos de David Remnick –director de The New Yorker– abre con un perfil sobre Roth, “un narrador que cree en abordar sin demora el problema, las tribulaciones de un personaje” en sus libros. Es directo; “esboza rápidamente el clima moral y político en el que se moverán” los protagonistas.

Remnick entrevistó a Roth varias veces, cuando se hizo un escritor consagrado, su voz se había “oscurecido” y sus historias eran más trágicas y dolorosas que divertidas y provocadoras, como La mancha humana.

Philip Roth vive en Connecticut. En una ciudad –escribió Remnick– que “en sentido estricto, carece de una ciudad”. “Aquí no hay playa, no hay ciudad, no hay a dónde ir, así que lo único que puede hacer uno es quedarse en casa”, declaró Roth.

Aunque se crió en Newark y ha vivido en Chicago, Manhattan, Iowa City, Roma y Londres, su casa no es fácil de encontrar, “lo cual forma parte del atractivo para su propietario. “Desde que se separó de la actriz inglesa Claire Bloom hace siete años, ha vivido solo. Recibe muy pocas visitas”.

En alguno de sus encuentros, el escritor le dijo a Remnick que “cuando eres más joven te mueven muchos deseos no saciados. Ahora solo hay una cosa: el trabajo”.

Roth madruga y escribe a diario en un estudio de dos cuartos con chimenea, una mesa y su computadora sobre un atril donde escribe de pie debido a sus terribles dolores de espalda. Ahí tiene fotos de sus padres y su hermano mayor y sus libros están ordenados en la casa principal, alfabéticamente y por categorías.

También tiene pesas y mancuernas porque “hace once años se sometió a una quíntuple bypass y está decidido a mantenerse en forma”. Por las tardes, pasea por las hectáreas que rodean su propiedad. “A menudo luce tweed. Viste como un estudiante de posgrado de finales de la década de 1950”.

“Vivo solo, no hay nadie de quien responsabilizarse o con quien pasar el rato –señaló Roth–. El calendario es solo mío. Por lo general escribo todo el día, pero si quiero volver al estudio por la noche, después de cenar, no tengo que sentarme en el salón porque alguien haya estado solo todo el día. No tengo que sentarme allí y ser entretenido o divertido... Así que trabajo, estoy disponible. Soy como un médico en una sala de urgencias. Y yo soy la urgencia”.

Al inicio de su prolongada carrera, Roth se propuso escribir sobre los judíos. “Y, a consecuencia de su audacia y sus bravatas, de su aversión hacia una literatura santurrona de virtud y victimismo, su reputación púbica empezó con escándalo, distorsión y una herida. Al principio fue un escándalo modesto, y luego se convirtió en una tormenta gran escala que bien podría verse retrospectivamente como una curiosa reliquia”, apunta el periodista.

Roth se enfrentó a la Liga Antidifamación después de publicar en The New Yorker El defensor de la fe, “una historia sobre un recluta judío destacado en una base del ejército en Missouri al final de la Segunda Guerra Mundial que intenta recibir un trato especial por parte de su sargento, también judío”. Según Remnick, su pecado fue escribir sobre un chico judío imperfecto, agresivo y conspirador en una revista nacional.

El defensor de la fe
ganó el National Book Award en 1960. El escándalo pareció manejable hasta 1962, cuando daba clases en Iowa. Su autor fue invitado a formar parte de un comité literario en la Universidad de Yeshiva, “el bastión académico de judaísmo ortodoxo”. Lo castigaron. Una y otra vez fue cuestionado: ¿Escribiría las mismas historias si viviera en la Alemania nazi?

Esa misma noche, Roth decidió que dejaría de escribir sobre los judíos, y sus siguientes dos libros fueron “los menos judíos”: Deudas y dolores y Cuando ella era buena. Pero “el deseo de escribir en una prosa tan enérgica como en los años sesenta, lo llevó hacia El lamento de Portnoy, un bestseller que vendió más de 400 mil copias el año de su publicación –1969–, y, para Remnick, se convirtió “un elemento tan destacado de la cultura popular como Woodstock y los Mets”.

Roth se había hecho grande, sin embargo, “el éxito de Portnoy no sólo lo introdujo en el extraño y desconcertante terreno de la celebridad estadounidense, sino que también fusionó de tal manera al personaje de Portnoy y a su autor que cualquiera –¡cualquiera!– se tomaba la libertad de identificar a Roth como un erotómano que deambulaba por Broadway en busca de shiksas (una mujer no judía)”.

El autor de Pastoral Americana (la novela con la que ganó el Pulitzer) aceptó que nunca había sido ingenuo respecto de la “naturaleza provocadora” de algunos de sus libros, pero los ataques lo empujaron a abandonar la ciudad y llevar una vida solitaria. “Me sentía visible y expuesto –aseguró–”.

Aunque ha transcurrido mucho tiempo desde que algunos miembros de la élite judía atacaron a Roth, todavía se escucha que sus novelas son un tanto “hostiles” hacia las mujeres. Pero a él, cuenta Remnick, “no le gusta hablar mucho de esas cosas por temor a provocar más discusiones y hostilidades”.

Harto de ser “el enemigo de los judíos” y “la pesadilla del feminismo”, un histérico o un narcisista, se resguardó en el campo.

Una vez más, Roth a Remnick: “Podría decirle que no creo en la muerte, no vivo el tiempo como algo limitado. Sé que lo es, pero yo no lo siento así –afirmó Roth. Podría vivir tres horas o treinta años, no lo sé. El tiempo no se apodera de mi mente. Debería hacerlo, pero no es así. Todavía no sé en qué acabará todo esto, y ya no importa, porque es imparable. Y, como ya sabemos, estas cosas no tendrán ninguna importancia de todos modos. Así que no tiene sentido contemplarlo siquiera, ¿sabe? Lo único que quieres hacer es lo obvio. Hazlo bien, y el resto es la comedia humana: las evaluaciones, las listas, los artículos de mierda, los insultos y las alabanzas”.

Philip Roth anunció su retiro de la literatura a finales de 2012.
Némesis fue su último libro.