Retrato Hablado
Carlos Navarrete, militante del PRD

"Sé ceder cuando el otro cede también"

Su militancia en la izquierda, no fue producto de la ideología, sino de su origen social, afirma quien pudiera ser el próximo dirigente del sol azteca.
María Scherer Ibarra
02 octubre 2014 20:58 Última actualización 03 octubre 2014 5:0
Retrato Hablado Carlos Navarrete

Retrato Hablado Carlos Navarrete

CIUDAD DE MÉXICO. Aunque no lo lleve en el nombre, es Chucho y de los de a de veras. Carlos Navarrete tomará este fin de semana la presidencia del PRD, “el único partido en México con un sistema parlamentario puro, con representación proporcional”, calcado del Frente Amplio Uruguayo.

“Nadie gana todo, nadie pierde todo”, afirma el dirigente, cómodo en “la diversidad partidaria”. Sólo así cabían en el mismo espacio comunistas, socialistas, guadalupanos, liberales, nacionalistas, revolucionarios, trotskistas.

A Navarrete no le pesa que lo descalifiquen. Pertenece a la tendencia socialdemócrata del PRD, dice orondo, “aunque nos digan neoliberales vergonzantes”. Tampoco esconde los capítulos sombríos de su pasado: la de su madre fue “la casa chica” de su padre, su primer y peor contienda –contra el alcoholismo–, los hijos que tuvo fuera del matrimonio.

Carlos Navarrete Ruiz nació hace casi 60 años en la colonia “El Ranchito”, al costado de la estación del ferrocarril en Salvatierra, Guanajuato.

Él y sus cuatro hermanos –una de ellas con polio y otra con síndrome de Down–, los hijos de Consuelo Ruiz, vivieron casi como nómadas. Se movían cada vez que se juntaban tres meses o más sin pagar la renta.

Jesús Navarrete, jefe de otra familia, mandaba algo, que no alcanzaba nunca. Carlos, en su inocencia, pensaba que así eran las cosas, que uno se mudaba sin cesar y que era natural la presencia efímera de ese señor que aparecía cada quince días por un rato. Don Basilio, su abuelo materno –un jornalero analfabeta– se impuso como su figura paterna.

La familia se mudó a Celaya cuando al padre fue trasladado a San Miguel de Allende para que administrara los molinos de nixtamal de Agustín Arroyo Ch., exgobernador de Guanjuato. Ahí, el niño, que no adolecía de iniciativa, aprendió el valor del trabajo. Antes de ir a la escuela –pública, siempre– debía comprar el petróleo para encender la estufa y hacer la compra diaria, porque no había refrigerador para almacenar los comestibles. En el mercado, por imitación, comenzó a cobrar por cargar las canastas de las señoras, y los centavos que obtenía le aseguraban una torta y refrescos para el recreo.

Su madre ignoraba la actividad secundaria del niño. Ella vendía tostadas, tacos y aguas frescas fuera de la escuela, pero festejó el dinamismo de la criatura. No era una rezandera, cuenta: “Confiaba más en el esfuerzo que en la religión”.

Carlos fue repartidor de periódicos y de pan, ayudante de carpintero y de zapatero y también vendedor.

Niño todavía, a los diez, jugaba un domingo cuando atestiguó a cientos de personas concentrándose en el jardín principal de Celaya. Llevaban pancartas, gritaban consignas y un orador sucedía a otro en el quiosco. Se manifestaban en contra de Juan José Torres Landa, el gobernador que había iniciado un ambicioso plan de reconstrucción del estado, lo que implicaba un tiradero de casas para abrir espacio a avenidas, bulevares, mercados y palacios municipales.

“Había una inconformidad enorme de los afectados por las obras –recuerda Navarrete–. Además, el presidente Díaz Ordaz lo quería tumbar”, por lo que alimentaba artificialmente la protesta política.

Navarrete descubrió a esos “oradores fogosos” que pronunciaban discursos vehementes, encendidos por el cognac. La situación lo atrajo de manera poderosa. Poco más adelante, a principios de los setenta, vio otro mitin en el mismo lugar. Estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla, encolerizados contra el presidente Echeverría, lo acusaban de cómplice en la matanza del 68. “Se me grabaron conceptos como explotación, corrupción y régimen priista”. Un año después, en el inicio del bachillerato, Carlos se hizo líder estudiantil. Fue militante del Partido Socialista de los Trabajadores, del Partido Mexicano Socialista y en el PRD.

Su ubicación a la izquierda, sostiene, no fue producto de la ideología, sino de su origen social. Su decisión no fue difícil: no lo atraían los panistas de Guanajuato, “un grupo de viejitos, farmacéuticos de Celaya” ni los priistas de quienes, acepta sin embargo, heredó algunas formas.

La grilla estudiantil lo condujo a la lucha popular y campesina. Algunos maestros lo acercaron al “mundo de las ideas”; acompañaba a Rafael Galván a las manifestaciones sindicales, acudía a las conferencias de Porfirio Miranda y José Méndez Arceo y un mentor especial, Eduardo Ocampo, lo alejó de “la tentación de la lucha armada”. “Me ayudó a comprender de qué se trataba y frenó mi ímpetu”.

––¿Qué más te ha tentado?
––El alcohol. Mis amigos me sacaron de ésa. Tres veces he estado cerca del alcoholismo; cuando fui líder estudiantil, me resbalé por el alcohol. Demasiadas parrandas, demasiadas reuniones... Cuando fui diputado local, caí de nuevo por la intensidad de la vida social. La última vez lo dejé por razones médicas. Tenía que pararle a los excesos. Me encanta la bohemia, la convivencia y la fiesta pero ya sé medirme.

* * *

Autodidacta y “lector desordenado”, Navarrete agradece a los novelistas el progreso de su lenguaje. A los viejos políticos guanajuatenses su estilo, el tono de su discurso, su gusto por ofrecer un abrazo cálido, la costumbre de hacer contacto visual.

Satisfecho por el resultado que anticipa de la elección que se avecina, “la primera que se resolverá por la vía de colectivos y no de personalidades”, presume que no es rencoroso y advierte que se reunirá con sus contrincantes para llegar a acuerdos, le digan como le digan. “Sé ceder cuando el otro cede también y sé resolver problemas. Si por eso me dicen moderado, que me digan”.

Navarrete ha ocupado todo el espectro de la vida política. Ha sido legislador, dirigente partidario, funcionario público.

__¿Qué es lo que va contigo?
__La actividad política al 100 por ciento. No soy administrador. Lo probé en la Secretaría del Trabajo del Distrito Federal y me asfixiaba la oficina. Me gusta la interacción con la gente. Sé dirigir colectivos, sé argumentar y convencer. Mi vocación es política por los cuatro lados y así lo haré sentir.