Retrato Hablado
entrevista
Mariana Benítez, diputada federal 

"Quiero mucho a la PGR, algún día quiero volver"

Puedo asegurar que me gané el respeto de varios senadores de entonces, como (Carlos) Navarrete, Silvano (Aureoles), Manlio Fabio Beltrones o Rafael Moreno Valle. Por eso cuando llegué a la subprocuraduría, a nadie le pareció tan descabellado, acepta la abogada. 
María Scherer Ibarra
31 marzo 2016 21:16 Última actualización 01 abril 2016 5:0
Mariana Benítez. (ilustración)

Mariana Benítez. (ilustración)

Mariana Benítez Tiburcio fue una subprocuradora singular: fue una subprocuradora embarazada. Sebastián, su primer hijo nació el 30 de septiembre de 2014, tres días después de la masacre de normalistas en Ayotzinapa. Cuando el niño cumplió veintiún días de nacido, la madre estaba de vuelta en la oficina.

“Resolvía todo lo demás para que Murillo (Karam, su jefe) se concentrara en Ayotzinapa”. Cuando cumplió la cuarentena, Sebastián la acompañaba. Le acondicionó un cuarto de descanso anexo a su despacho para amamantarlo y, si el día le daba tregua, pasar un momento con él.

Mariana fue niña de escolta en la Carlos Gracida, una escuela privada y católica, con fama de ser la mejor de Oaxaca. Era irracional en su autoexigencia. Vivía con la determinación de demostrar quién era ella. Su único hermano, un año mayor, era un muchacho estudioso y destacado. Pero Mariana quería escuchar sobre sí misma lo que escuchaba sobre él. Estaba harta de ser la niña graciosa, la niña alegre. Quería reconocimiento intelectual. Quería dieces en matemáticas.

Alrededor de los nueve años, una amiga tan pequeña como ella le
preguntó qué hacía su papá.

—Ingeniero civil—, le dijo.
—¿Y el tuyo?
—Abogado.

Aquella palabra prendió. Abogado. Eso iba a ser ella, Mariana Benítez. Así lo decretó, sin saber de qué se trataba esa profesión. No había abogados en su familia. Encontró su vocación por suerte.

Cuando le llegó el momento, Mariana Benítez siguió a su hermano a la Universidad Nacional. Sus padres les habían dicho siempre que ahí iban a estudiar. El examen de Mariana la colocó en las condiciones más “kosher” que ofrece la UNAM: le tocó Ciudad Universitaria, en el turno matutino. En ese ciclo fueron aceptados unos trescientos estudiantes, entre tres mil aspirantes.

“Me lo había ganado. Y estaba fascinada”.

En 1999, cuando cursaba el cuarto semestre, estalló la huelga estudiantil. Los Benítez, como otros miles, pensaron que tendrían dos semanas de vacaciones forzosas y ahí acabaría el problema.

En esos meses trabajó en la notaría 219, de Marco Antonio Ruiz Aguirre, y se inscribió al ITAM con otros 40 estudiantes. “Muchos todavía recuerdan esa oleada migrante de unamitas, que elevó el nivel de los estudiantes”.

Benítez terminó su carrera en el ITAM. “Estaba dolida con la Universidad. Nadie podía asegurarme que no iban a cerrarla de nuevo. Pero al final, agradezco la experiencia. En la UNAM tuve a los maestros del prestigio histórico, a las famosas vacas sagradas y compañeros brillantísimos. El espíritu universitario es incomparable. En el ITAM también tuve grandes profesores y la oportunidad de hacer networking. Tomé lo mejor de los dos mundos”.

Benítez se movió de la notaría al despacho de un maestro suyo, el constitucionalista Carlos Abelardo Cruz Morales, en el que concluyó su pasantía. Graduada con mención honorifica, se pasó al despacho de Salvador Rocha Díaz, donde litigó durante siete años.

Su vida profesional cambió cuando se le asignó, junto con el abogado José Luis Zambrano, la redacción de una reforma a la ley de telecomunicaciones. En mayo de 2006, Manuel Bartlett, Dulce María Sauri y Javier Corral presentaron la acción de inconstitucionalidad de la famosa ley Televisa. La muchacha se echó un clavado en el mundo legislativo, y le encantó. “Me encerré una semana en mi casa para aventarme la mitad de la demanda. Me despertaba, me bañaba, desayunaba y a chambearle sin parar. Después de eso, me rehusé a volver a mis viejos casos entre particulares”.

Un profesor itamita la recomendó en el Senado. Estaba ahogándose en la oficialía de partes, arrepentida de haber dejado el despacho, hasta que alguien le dijo que Jesús Murillo Karam, entonces presidente de la Comisión de Gobernación, necesitaba un secretario técnico porque el suyo no era abogado. “Fui a Xicoténcatl con mi currículum por delante”.

Mariana Benítez habla con confianza, sin asomo de falsa modestia: “Hicimos una gran mancuerna. Él se consolidó como un senador con autoridad en temas de justicia y seguridad, pero la que estaba atrás escribiendo y chambeándole era yo. Murillo me dio mucho juego. Me lanzó al ruedo. Llegué a negociar yo misma una reforma constitucional con el secretario de Gobernación. Era una secretaria técnica, pero no era gratuito que estuviera sentada ahí”.

-Estabas jovencísima…
-Creo que muy al principio decían “Ay, Marianita…” pero ahora puedo asegurar que me gané el respeto de varios senadores de entonces, como (Carlos) Navarrete, Silvano (Aureoles), Manlio Fabio Beltrones o Rafael Moreno Valle. Por eso cuando llegué a la subprocuraduría, a nadie le pareció tan descabellado”.

Después de dos años como representante del PRI ante el Consejo General del IFE, Benítez viajó a Boston para estudiar una maestría en derecho internacional en la Escuela de Derecho y Diplomacia de Fletcher, en Massachusetts. Mucho tiempo antes había rechazado un lugar en Berkeley porque se la jugó para ser diputada federal y no obtuvo la nominación.

Se reincorporó con Murillo Karam –quien a la fecha le habla de usted–, a pesar de que él le reprochó que había tomado la peor decisión posible. Pero Mariana deseaba vivir la experiencia de vivir en el extranjero. Además, estaba en edad para hacerlo. Era soltera y no tenía hijos.

Se fue acercando cada vez más a los asuntos partidarios porque su jefe entonces también era secretario general del PRI (por tercera vez) y más adelante se integró al equipo de campaña del entonces candidato Peña Nieto.

Benítez fue secretaria técnica de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados brevemente, mientras Murillo la presidió, antes de que fuera nombrado Procurador General de la República y él a su vez la designó como Subprocuradora Jurídica y de Asuntos Internacionales de la PGR. “Es una institución a la que quiero muchísimo. Algún día me gustaría volver a trabajar ahí”.

Quiso ser candidata del PRI al gobierno de su estado, Oaxaca, y en su lugar fue elegido Alejandro Murat. Pero ha dejado de asesorar legisladores para convertirse en uno de ellos.

-Uno siempre siente que tiene algo que demostrar. ¿Tú todavía lo sientes?
-Cada vez menos.