Retrato Hablado
entrevista
Julia Santibáñez, escritora y poeta

“Que nunca se te olvide cómo sonreír”

Julia Santibáñez, es autora de tres libros; dejó la literatura para dedicarse a las revistas "frívolas" y admite que es un desafío "hay que lograr que cada número sea distinto, pero no mucho”. 
María Scherer Ibarra
23 julio 2015 23:31 Última actualización 24 julio 2015 5:0
Julia Santibáñez, escritora y poeta. (ilustración)

Julia Santibáñez, escritora y poeta. (ilustración)

Julia Santibáñez era una niña, como tantas, apegada a su padre. Él solía contarle cuentos fabulosos e historias fantásticas, a los que Julia se hizo propensa. Una cortada al rasurarse la barba se convertía en la evidencia de una feroz lucha con dinosaurios o marcianos.

Un día, cuenta –sin querer–, su padre trazó su destino: “Serás la próxima Cornell Woolrich de la familia”, le dijo. Woolrich, su pariente lejano, era un escritor y guionista estadounidense. Uno de sus relatos más famosos fue llevado al cine por Alfred Hitchcock con el nombre de La Ventana Indiscreta.

Julia tiene un carácter muy peculiar. Sus padres son oaxaqueños, de Tehuantepec. Su familia paterna tiene ascendencia inglesa y la materna norteamericana. Sus tres hermanos y ella, la menor, nacieron en el Distrito Federal.

Un severo trauma infantil y la violenta muerte de su padre la acercaron más a la literatura. Aunque él no era un gran lector ni era dueño de una biblioteca sensacional, había más que suficiente para una niña que necesitaba una vía de escape. “Me refugié en los libros. Primero en las novelas, después en la poesía”.

__¿Cómo brincaste de pequeña lectora a pequeña escritora?
__No lo sé. Me sentía diferente a las demás niñas. Percibía una barrera entre ellas y yo. Por supuesto, yo era la rara. En la primaria descubrí que también me entretenía escribiendo y que no sólo ya no me regañaban, sino que escribir me daba reconocimiento. Luego empecé a leer a los poetas más convencionales y a aprenderlos: me sabía las 12 estrofas del Nocturno a Rosario (de Manuel Acuña), En Paz, de Amado Nervo. A mi padre le hacía mucha gracia escucharme recitando Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida...

__De niña, ¿quién te orientaba? ¿Cómo escogías qué leer?
__Fui una empírica hasta que entré a la facultad. Ahora tengo muchos amigos que me dicen no puedes dejar de leer esto o lo otro.

Julia Santibáñez, autora de tres libros (El laberinto de Fortuna: claves de lectura del poema de Juan de Mena –que es su tesis de crítica literaria reformulada y reescrita–, Coser con tu nombre –una recopilación de anécdotas, pensamientos y recuerdos sobre su hija–, y Rabia de vida –el primero de poesía–), no fue niña de muchas amigas.

Era tímida e insegura. La danza, el teatro y la música le dieron un espacio que la hacía olvidar que no cuadraba ni en su casa ni en la escuela.

Recién cumplió 17 años, su padre fue asesinado. Un paciente enloquecido al que el médico militar le había amputado una pierna lo balaceó en su consultorio. Cayó en coma y murió el 6 de marzo de 1984, mes y medio después. Julia vivía con emociones inmanejables:
tristeza, rabia, miedo. No encontraba forma de darle sentido a la muerte de su papá y no hallaba consuelo. Creyó encontrarlo en un grupo protestante que hacía referencia a otro padre, uno que perdonaba, cuando el perdón era lo que más necesitaba. La culpa la rebasaba; los últimos años junto a su padre no fueron los mejores. Él le provocaba lo mismo idolatría que repulsión.

“Murió cuando yo estaba en plena formación. Enfrenté mi vida de manera intuitiva, sin tomar conciencia de lo que ocurría. Estaba muy enojada con su muerte. Teníamos una conexión especial. Cuando entró en coma, sólo me importaba que aguantara para poder decirle lo que tenía que decirle. Quería que despertara para que no me dejara con ese paquete en la espalda, pero no sucedió, y yo lo viví como una traición.

“Me acuerdo que íbamos camino al Hospital Militar; mi hermano, hecho un mar de llanto. Era de noche y miré mi reflejo en la ventana. Me jalé las mejillas con los índices y me dije: ‘Que nunca se te olvide cómo sonreír’. Mucho tiempo después aprendí un término que me hizo mucho sentido: la resiliencia. A pesar de todo, quería levantar la cabeza, no invalidarme emocionalmente, no amargarme y no odiar al mundo. Y creo que lo logré: soy una persona alegre y no me canso de agradecerle a la vida”.

***

Su tiempo en la iglesia, afirma, fue un “hoyo negro” en su historia. No escribía salvo versos religiosos y leía solamente la Biblia. La iglesia desplazó incluso a la universidad. “Es que me clavé de cabeza. Muchos tiempo después comprendí que expiaba mis culpas: los dolores de la infancia, la exploración sexual, la culpa por la muerte de mi papá”.

A los 24 entró a la Facultad de Filosofía a estudiar Letras Hispánicas. “Quería estudiar en la UNAM para entender a este país. Vengo de un mundito donde todos usan los mismos zapatos y se van de vacaciones a los mismos lugares. Ahí empecé a confrontar mi esquema de pensamiento, cuadradito, religioso y maniqueo”.

Julia volvió a escribir, tomó terapia y se recuperó lentamente. Abandonó la iglesia y al poco tiempo se embarazó de Dana, su hija única. Terminó la maestría y entró a trabajar en la Univesidad Nacional Autónoma de México. En el 2000, la encontraron dos crisis: la huelga en la universidad y el ocaso de su relación.

Muy pronto le quedó claro que la carga económica de su hija caería por completo sobre ella. “Soy, de facto, madre soltera”. Tomó lo que se presentó: chambas de traducción y de corrección de estilo. Pero necesitaba un ingreso seguro, un salario fijo. Aceptó un puesto menor en la desaparecida Editorial Armonía, y fue escalando: Condé Nast, Impresiones Aéreas, Editorial Premier. Actualmente es directora ejecutiva editorial del área de contenidos para México de Editorial Televisa.

__Dejaste la literatura para hacer revistas. Revistas “frívolas”.
__Sí. Fue un desdoblamiento. Llevo 15 años trabajando en el mercado de las revistas y no precisamente en revistas culturales... Ni madres. De eso como y no me apena. De eso mantuve a mi hija. No me causa ningún conflicto aunque no creas, me topo con más de una ceja alzada.

Hacer revistas es todo un desafío, explica. Hay que lograr que cada número sea distinto, pero no mucho. El título debe conservar su ADN, su personalidad, sus rasgos. “Es como cortarte el pelo, pintártelo y maquillarte. Te ves diferente, pero sigues siendo la misma. Eso tiene que suceder para que una revista se compre de nuevo, una y otra vez”.