Retrato Hablado
entrevista 
Leonora Esquivel, activista

"No humanizar a los animales, una revolución moral"

Leonora Esquivel tiene dos gatos. Unas especies le gustan, otras no. Las defiende a todas en un acto de justicia y de responsabilidad y dice que no hay que defender sólo a los delfines, los pandas y los leones; también a las vacas, los cerdos, y los pollos. 
María Scherer Ibarra
03 marzo 2016 21:54 Última actualización 04 marzo 2016 5:0
Leonora Esquivel. (ilustración)

Leonora Esquivel. (ilustración)

Es curioso que Leonora Esquivel no haya tenido mascotas de niña. Sin embargo, fue educada en el respeto a la naturaleza. Su madre, Yolanda Frías, profesora universitaria y defensora de los derechos universitarios, era también una tenaz opositora a la tala urbana. Su padre, Javier Esquivel, era un experto en energía nuclear. Escribió un libro sobre Laguna Verde, aunque era abogado y maestro en Filosofía del Derecho. Así que la hija resultó casi una activista natural.

Su formación ecológica temprana fue la básica: le enseñaron a no malgastar el agua, a no tirar basura en la calle, a separarla. El impulso propio de la niña fue rechazar el pollo y la carne a la mesa, por pura intuición. Su madre le decía quisquillosa, que era de mal comer, hasta que el pediatra autorizó una dieta sin proteína animal, que sustituyó con lentejas, frijoles y otras leguminosas. Doña Yolanda insistió. Le ofrecía a su hija los alimentos “disfrazados”, albóndigas o croquetas.

Cuando Leonora Esquivel se independizó, muy joven, retiró de su dieta hasta el pescado. Pero la cuestión ética de su forma de vida la cimentó en Barcelona, donde vivió mientras se doctoraba y se especializaba en Ética Ambiental. En Cataluña también comenzó su historia como activista.

“Ignoraba el significado del vegetarianismo y las razones éticas pata no comer animales”, acepta, pero su desconocimiento la inspiró para ofrecer información a otras personas para que tomaran “decisiones respetuosas” hacia los animales. Un día se sumó a una manifestación contra el uso de pieles que presenció por casualidad. “Y me gustó protestar contra esta forma de maltrato animal por vanidad”. Se incorporó a una organización catalana de derechos para los animales y su enojo aumentó. “Los perros en la calle, las corridas de toros y las peleas de gallos eran la punta del iceberg… Cuando entras al tema de mataderos, granjas industriales, laboratorios, experimentación, delfinarios, acuarios, zoológicos, circos, vestimenta de pieles, es un universo de dolor”.

Esquivel fundó Anima Naturalis con la intención de despojar a la recién creada organización de la rabia que caracteriza otros movimientos afines, que es producto de la impotencia. “Sólo en un principio es terapéutico ir a gritar ‘asesinos’ a la plaza de toros. Pronto te das cuenta que no es eficaz”.

El planteamiento de la activista consiste en que todas las especies deben tener una consideración moral. Sostiene que como los individuos, los animales son “seres sintientes”, con capacidad de experimentar placer y dolor. “Y no hay que defender sólo a los delfines, los pandas y los leones; también a las vacas, los cerdos, los pollos, los ratones, los perros y los gatos”.

Anima Naturalis comenzó como blog para ofrecer información en español. Esquivel traducía contenidos de PETA (People for the Ethical Treatement of Animals) pero la organización creció rápidamente gracias al trabajo de cientos de entusiastas voluntarios. Abrió varias
sedes, de las que permanecen cuatro: España, México, Colombia y Venezuela.

Esquivel, autora de Abriendo jaulas, explica que es muy difícil obtener fondos para la causa animal. Sin embargo, no se acongoja. Ha alcanzado algunas victorias: junto con el Partido Verde consiguió la prohibición del uso de animales en circos y en España se ha abolido la tauromaquia en setenta ciudades.

—¿La tauromaquia tiene sus años contados?
—No le doy más de una década en el mundo.

Ciclista urbana y vegana convicta, Leonora Esquivel tiene dos gatos. Unas especies le gustan, otras no. Las defiende a todas en un acto de justicia y de responsabilidad, sostiene. “Hay miles de millones de seres sufriendo en manos humanas. Creo que cuando la gente se hace ciertas preguntas, decide diferente sobre cómo se viste, qué come, qué productos de higiene y de belleza compra y cómo se divierte”.

Para despejarse, practica kung fu, la contemplación y la meditación.
Después de dedicarse a la docencia por un breve periodo en la Facultad de Filosofía y Letras, se gana la vida como psicoterapeuta corporal, una terapia de la escuela del psiquiatra Wilhelm Reich, discípulo de Freud, cuya teoría dicta que toda emoción no expresada deriva, tarde o temprano, en la somatización o en tensiones musculares crónicas.

—Me cuesta trabajo ponerme en el lugar de un animal, y sobre todo me cuesta aceptar que algunas personas tratan a los animales como si fueran otra persona. A que los tratan a sus perros como hijos, por ejemplo. Detesto el término “perrhijo”.
—¿Pero tú quieres a todas las personas?, me pregunta.
—No, por supuesto que no.
—¿Les harías daño si no te dañan?
—No.
—Pues hay que ponernos en igualdad de términos en lo que somos iguales.

—¿Tú qué piensas de los que tratan a sus mascotas como hijos?
—Sólo se humanizan los animales de compañía. A los otros los denigramos y los calificamos con adjetivos negativos porque no sabemos mucho sobre el mundo emocional o cognitivo de las vacas o los cerdos. Además, no nos conviene generar empatía. Por el contrario, nos encantan los delfines, los leones, los pandas, y los protegemos.
Hemos hecho una diferencia; eso es el especismo, la discriminación en función de la especie, un término que trata de hacer un paralelismo con el sexismo o el racismo. Nosotros queremos para los animales más que salvaguardar sus derechos básicos: el derecho a la vida, el derecho a no ser torturados, el derecho a vivir en libertad y quizá el derecho más ambicioso es el derecho a no ser considerados propiedad (porque jurídicamente son bienes muebles).

“Creo que psicológicamente podemos afectar a los animales humanizándolos. Por lo demás, si uno gasta en un suéter para el perro o en caviar para el gato, es una elección individual. Si tienes el dinero, tu sabrás cómo lo gastas. En lo personal, no considero hijos a mis gatos. Tampoco mis amigos. Son mis compañeros de vida. Los últimos trece años los he visto más que a ninguno de mis parientes. Imagínate el cariño que puedo tenerles. Si considerar a los animales no humanos moralmente es una revolución, es la revolución moral más apremiante del siglo”.