Retrato Hablado
entrevista
Carlos Verástegui, empresario

"No hay que creérsela,
porque es acomodarse y es inaceptable"

El dueño de la agencia Ache afirma que si te confías, entras en la zona a zona de confort, y si te vuelves ambicioso, dejas de disfrutar el proceso.
María Scherer Ibarra 
12 noviembre 2015 23:3 Última actualización 13 noviembre 2015 5:0
Carlos Verástegui. (ilustración)

Carlos Verástegui. (ilustración)

Carlos Verástegui es un hombre de treinta y dos años que tiene miedo a envejecer. A descomponerse, a pudrirse. Esas son las palabras que usa. Piensa que la vida es trivial. Cree que casi nada hace la diferencia y que sólo hay una salida: trascenderse.

Por eso está en eterna competencia. Desafía a quien se le ponga enfrente, pero sobre todo, rivaliza con sí mismo. Se despierta un poco antes, sube un piso más, pedalea un kilómetro extra. Se define como un “hambreado”, un término que utiliza para explicar que nunca tiene suficiente, que está dispuesto a esforzarse más. El “sí se puede” para él es un deber.

Es dueño, con Héctor Toledo, de Ache –una de las cinco mejores agencias de comunicación y marketing en México–, de restaurantes (Lucas es el más nuevo), y de revistas, TimeOut entre ellas. Verástegui repite que no es nadie porque a partir de ahí puede llegar a algún lado. No hay que creérsela, dice, porque lo otro es acomodarse y eso es inaceptable.

Sus padres se divorciaron tres meses después de su nacimiento. Habían perdido a su hija mayor, de muerte de cuna. Son pocas las parejas que pierden un hijo y permanecen unidas, muchas menos las que libran el insoportable peso de la culpa. Carlos, el menor, quizá fue el último recurso de su madre para salvar el matrimonio.

Manuel Hernández heredó siendo niño. Vivió en un internado y cobró un cuantioso fideicomiso apenas fue legal. Derrochó su fortuna. Lo hizo todo al revés, según su hijo. Ahora, que podría gozar de un retiro tranquilo, trabaja como burro.

Desaparecía y aparecía con regalos y algo de dinero, pero la madre –pedagoga con rango militar– era quien se encargaba de la familia. Lily Verástegui perdió a sus papás y a un hermano en un choque. Su cuerpo se fracturó en cien puntos. Luego murió su otro hermano y dos de sus tres hijos. Tiene, como ella sostiene, más familia muerta que viva. Sin embargo, es una mujer alegre. Comprende que ha pasado lo peor.

Su segundo hijo falleció en un accidente de coche, a los veintidós. Carlos Verástegui todavía no era adulto y ya estaba solo. Su madre estaba abstraída y su padre peleado con el único hijo que le quedaba. Nadie iba a guiarlo en el camino de su vida.

* * *

Verástegui no guarda la plata, la pone a producir. Es bueno haciendo negocios y multiplicando el dinero. No le teme al riesgo. Su primer millón de pesos se le desvaneció a los veintiuno. Lo que se pierde se puede recuperar.

Es un obsesivo compulsivo, exagera. Sube diez veces o más los diez pisos de la calle a su oficina, más de un Empire State al día. Es su rutina de desintoxicación mental. Alinea los lápices de su escritorio. Adora el orden. Como detesta los coches, se mueve en bicicleta. Si para el viernes no ha pedaleado cuarenta kilómetros, o lo que se haya fijado como meta, los anda de golpe.

También odia los gimnasios. Hace ejercicio en su casa, con lo que hay a la mano o carga su propio peso en repeticiones de sentadillas, abdominales, lagartijas, fondos. No perdona; su cuerpo está condicionado a la carga y horarios que le ha impuesto. A fuerza de disciplina, se ha convertido en un razonable jugador de tenis.

Pertenece a una generación sobreprotegida que a veces lo irrita. Sí, acepta, como los de su tiempo, es hijo de la bonanza pero no comparte con ellos el desgano. Todo les parece fácil; todo está a su alcance si estiran la mano; todo lo dan todo por sentado.

Verástegui es todo lo contrario. Consiguió su primer empleo a los quince, de lavaplatos en la tortería de abajo del departamento donde vivía con su madre, en la Condesa, donde se ha asentado. Desde los diecisiete hace relaciones públicas para eventos. Llevaba clientes a fiestas de paga y antros. Detectó que tenía facilidad para tratar con las personas, el llamado don de gente. “Soy un charmer (un encantador) –admite sin modestia– pero lo administro; decido cuando y con quién”.

Estuvo a punto de cumplir el sueño de sus padres y estudiar medicina, en La Salle, donde se formó en la preparatoria. Desertó porque no lo turbaron los cadáveres en su primer visita a la morgue. Algo no cuadra, se dijo. Su papá le advirtió que no respaldaría su opción por Ciencias Políticas y Sociales. No hace falta, respondió Verástegui –que se presenta con el apellido de su madre–, porque estaba inscrito en la UNAM.

En uno de sus primeros proyectos, trajo a Boy George, un famoso cantante en los ochenta, con el grupo Culture Club, que ahora hace de diseñador de moda y DJ. Por alguna razón llegó a México sin su maquillaje y canceló la primera fecha de sus conciertos. Las presentaciones se le cayeron a Verástegui como fichas de dominó. Ése y un segundo fiasco con Blondie –(la banda estadounidense de pop rock comandada por Deborah Harry) que entonces no era vintage cool, como se le considera ahora– hicieron que esfumara el dinero del inversionista.

¿Qué se siente perderlo todo, de un plumazo? Es raro, contesta, sin dramatizar. Tiene sentido lo que cuenta: que mientras lo tienes sientes que perderlo sería una desgracia, pero cuando sucede todo sigue igual. O no tanto, porque desde entonces Verástegui se niega a tomar la posición de acreedor. Ni siquiera por un momento. La cuestión es muy simple: si debe dinero, no puede dormir. Y un día sin sueño o sin comer como Dios manda para él es un mal día.

Verástegui se repuso económicamente en la sociedad con Ache. Logró que José Cuervo, uno de los clientes fundadores de la compañía que hasta entonces facturaba un par de millones de pesos anuales, engordara siete veces su cuenta. No quiso percibir un sueldo. Pidió el diez por ciento de la empresa. Así lo hizo por años hasta que se quedó con la mitad.

Pensé que ahora que le sobra, no le importaría perder dinero. Me equivoqué. Aún se siente espantoso, afirma, pero la sensación es tan breve como apretar un botón. “Tengo mentalidad de pobre. No de marro, que conste”. Es decir, que vive al día, como si no fuera dueño de nada. “Porque si te confías, entras en la zona de confort, y si te vuelves ambicioso, dejas de disfrutar el proceso. Mejor me quedo en medio y pretendo que no tengo nada. Esa es mi filosofía”.