Retrato Hablado
entrevista
Ethel Krauze, escritora

“No hago planes, sólo quiero habitar el milagro que es la vida”

Krauze ha publicado libros de poesía, ensayos, novelas y obras de teatro. Es doctora en Literatura. En su obra destacan Cómo acercarse a la poesía, que se describe como un “clásico contemporáneo”.
María Scherer Ibarra
14 julio 2016 21:41 Última actualización 15 julio 2016 5:0
Ethel Krauze, escritora

Ethel Krauze, escritora

En el pasillo que lleva a las recámaras de su departamento en la Ciudad de México, Ethel Krauze ha colgado las fotografías que cuentan lo mejor de su vida. Varias son de Juan, su esposo, un médico internista nacido en la costa chica de Oaxaca. Su historia, dice, se parece un poco a la de El amor en los tiempos del cólera: se conocieron muy jóvenes, jóvenes cuando ella estaba casada con su primer marido: “Nos mirábamos intermitentemente a la distancia; finalmente, nuestro amor floreció muchos años después, en un rencuentro inevitable y prefigurado por los astros”.

De las dos paredes penden los retratos de Adelina, su hija, y sus antepasados: los bisabuelos polacos, que escaparon de los nazis junto con sus tres hijos, y los bisabuelos ucranianos.

Su madre, Rosa Krauze Pacht, nació en Wyszków, una localidad próxima a Varsovia. “Era la más bella de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM”. Su padre, Luis Kolteniuk Talesnik, jugaba futbol americano. Le apodaban El Ochichornia, un derivado de ojos negros en ruso, y título de una canción ucraniana. Tuvieron tres hijos. Ethel es la segunda.

“Firmo Krauze por razones eufónicas; mi primer apellido es Kolteniuk. Mi nombre completo suena un tanto cacofónico: Ethel Kolteniuk Krauze”.
Se casó niña para zafarse de una vida de abuso sexual. “A mis 62, no puedo juzgar a nadie. Comprendo que una biografía no se desvincula del contexto social que la envuelve, que ambas se trenzan y producen el sentido de una vida. Mi familia, paterna y materna, fue brutalmente perseguida. Nadie sabía defenderse”.

* * *

Su abuelo paterno, originario de Shmerinka –cerca de Odessa– era un hombre muy religioso, apegado a las tradiciones, respetuoso del Sabbat. Resistió la revolución rusa y libró la persecución de los cosacos, que masacraban pueblos enteros. Su padre, siendo niño, pasaba días con sus noches escondido en el pajar, horrorizado y muerto de hambre.
Él, su madre y su hermano alcanzaron al padre en México, que se ganaba la vida como vendedor ambulante de telas. En ésas, conoció al abuelo polaco, un sastre que tenía su taller en la calle de Colombia. “La comunidad judía en México era y sigue siendo muy reducida, y se ayudan reconociéndose entre sí”.

Sus papás se conocieron en un camión. Ella iba del brazo de su novio, otro jugador del equipo de americano. Se casaron ocho años después, una vez que ella terminó con su compromiso y se graduó como filósofa.
Su hija mediana fue repetidamente abusada por una persona de la confianza de la familia. “Yo pensaba que la vida, simplemente, era así. Y no me gustaba la vida. Me ha gustado desde los cincuenta y a partir de entonces incluso me congratulo de ser yo”, relata.

-¿Por qué tu familia toleró el abuso?

-Por sus historias. Ellos también fueron víctimas, también sufrieron abusos. Es difícil aprender a defenderse si nadie te lo enseña, si no lo ves a tu a derredor. Lo mismo me pasó a mí. Todos sufrimos ese síndrome de indefensión aprendida; los enseñaron a resistir, a aguantar, a dejarse apalear para sobrevivir.

-¿No dejaste de verlos cuando te casaste?

-No, porque eran amorosos e inteligentes y me apoyaron enormemente en mi formación como escritora. Contaba con ellos; mi madre fue una gran lectora y maestra. Mi padre era un gran médico, me dotó de ternura y de amor por los hombres y me mostró una cara llena de bondad. Estoy hablando de contradicciones: si todo fuera un infierno sería más fácil salir, pero estaba todo mezclado: infierno y paraíso. Por eso ahora los entiendo y puedo hablar de esto sin sentir que hago un desdoro de ellos hoy que están muertos.

Ethel Krauze se casó a los 18, para escapar del espanto. El matrimonio duró siete años. Entonces estudió Lengua y Literatura Hispánicas y se hizo aprendiz en el departamento de escritores de Canal 11. Escribía desde niña. Conservaba su “yo auténtico” en decenas de diarios íntimos. Fue una época muy productiva. Escribió Intermedio para Mujeres, se tituló y publicó su primer libro de cuentos y su primer libro de poesía. “En Canal 11 aprendí a conducir, a producir, a editar, a hacer un guión, aprendí una carrera paralela en televisión cultural”. Más adelante, condujo “Cara al Futuro”, un programa transmitido en el mismo canal.

Krauze ha publicado libros de poesía, ensayos, novelas y obras de teatro. Es doctora en Literatura. En su obra destacan Cómo acercarse a la poesía, que se describe como un “clásico contemporáneo”, parte del acervo nacional en Biblioteca de Aula y Salas de Lectura de la Secretaría de Educación Pública e Infinita (ambos de 1992), que aborda el lesbianismo, razón por la que dicha novela es calificada como “un hito” de la literatura homosexual mexicana.

Otros de sus libros son El gran viaje de Adelina editado por Andrés Bello, que escribió durante el embarazo de su única hija; Para cantar, Donde las cosas vuelan, El lunes te amaré, Ha venido a buscarte, Entre la cruz y la estrella, Mujeres en Nueva York, Juan, Amoreto, El secreto de la infidelidad, Todos los hombres y el más reciente, El país de las mandrágoras.

El victimario no se detuvo ni siquiera cuando Krauze contrajo matrimonio. “Es una historia tremenda, casi inverosímil, pero me acostumbré, me adapté e incluso asumí el abuso sexual como forma de vida”.

Catorce años después de su primera boda, se casó de nuevo. Encontró a Juan, su marido, en el velorio de su padre. En ese tiempo “tenía dos vidas: la personal, que era un asco” y su vida profesional, la de escritora, que crecía.

Algo pasó cuando estaba por cumplir cincuenta. “Hubo un rompimiento. Le escribí una carta larguísima a mi madre, casi un libro, 100 páginas. Ella murió y decidí abrirlo todo con mis hermanos. Estalló una revolución, una revolución emocional en donde se mezclaron amor profundo, ira, orfandad y duelo”.

“Me bebí una botella de champagne y llamé a ADIVAC (Asociación de Desarrollo Integral para Personas Violadas). Fue mi regalo de cumpleaños. Tomé valor e hice una cita. Hice una terapia de grupo especializada, de la que me ‘gradué’ y me di yo misma mi reconocimiento, y la reforcé con una terapia individual. Desde entonces sentí que ya tengo cabida en este mundo”.

“¡Ahora puedo enfrentarlo y hablar de esto sin desmoronarme, sin desaparecer! En adelante quiero seguir siendo lo que soy, una mujer feliz, que disfruta la vida y siente el prodigio de la existencia. No hago planes porque quiero, simplemente, habitar este milagro que es la vida”.