Retrato Hablado
Laura Morelos, primera bailarina

“Nadie nació para pararse en las puntas”

Tenía cinco años cuando la llevaron al ballet. Desde lejos, en la primera fila del segundo piso, miraba a las bailarinas convertidas en bolitas por sus esponjados tutús. Hoy, es primera bailarina.
María Scherer Ibarra
23 octubre 2014 23:25 Última actualización 24 octubre 2014 5:0
Ilustración Retrato Hablado Laura Morelos

Ilustración Retrato Hablado Laura Morelos

CIUDAD DE MÉXICO. Jorge Morelos, exseleccionado nacional y portero del Necaxa, tiene entre sus hazañas haberle ganado 3-2 al Santos de Pelé en 1961. Amaba la música –la ópera sobre todo– y la danza. En esta pasión lo sucedió su hija Laura, que hasta entonces no tenía otra que jugar futbol con sus dos hermanos mayores.

Tenía cinco años cuando la llevaron al ballet. Desde lejos, en la primera fila del segundo piso, miraba a las bailarinas convertidas en bolitas por sus esponjados tutús.

Arrobada, entró a la escuela de ballet y danzaba en el cuarto de sus papás, que para su fortuna tenía piso de madera, por el que se deslizaba fácilmente, y un clóset de laca en el que la niña miraba su reflejo.

Bailaba dos veces por semana. El resto de los días, largos, entrenaba futbol en su casa de Tlalpan, cerca de Nativitas. Así fue hasta que en la escuela eligieron a un grupo especial para recibir lecciones de técnica inglesa y cubana. La directora, Ana del Castillo, estaba a tal grado interesada en Laura que cuando nadie podía llevarla a clase, ella mandaba a recogerla.

El salto natural fue a la Escuela de Bellas Artes. El ritmo era mucho más que demandante: clases de lunes a sábado, de siete a siete. Cuenta, sin asomo de tristeza, que nunca fue la mejor de su grupo. Se abultaban los factores en contra: “No tenía la mejor línea, no subía las piernas más alto, no tenía el pie más apuntado, no tenía más giro. Pasaba de panzazo; no tenía facilidad física natural”.

La directora de la Compañía Nacional de Danza no era una virtuosa, pero tampoco le importaba, mientras la dejaran bailar. En su primera oportunidad –Imágenes del Quinto Sol, un ballet para conmemorar el aniversario del Palacio de Bellas Artes– obtuvo un papel especial. Luego vino el estancamiento; durante años, Morelos fue parte del cuerpo de baile. El camino ascendente era prolongado: vendría el corifeo (dos a cuatro bailarinas que se despegan del cuerpo de baile para realizar una pequeña variación) antes de ser primera solista para llegar, finalmente, a la cumbre: primera bailarina.

__¿Qué tiene una primera bailarina además de una técnica superior?
__Tiene destreza y aguanta la presión, porque uno siempre tiene funciones malísimas. También debe tener suerte, porque no siempre hay espacio. En la Compañía Nacional de Danza hay setenta lugares.

__¿Qué tuviste tú?
__Fui tenaz. Y sentía miedo, por supuesto, pero no lo demostraba. Una vez, una solista se lastimó, y yo la suplí. Lo hice bien. Logré transmitir que no tenía miedo ni nervios, y así me convertí en el comodín.

__¿Eras fuerte?
__Muy fuerte, y si me dolía algo me aguantaba. Y entrar cuando alguien faltaba y hacerlo bien me dio confianza y seguridad, me hizo crecer. Supe que el que se pudiera contar siempre conmigo era mi carta bajo la manga.

__¿Cómo se vive con dolor? ¿Cómo es la vida de una mujer joven y atlética, pero adolorida?
__El cuerpo del bailarín sufre un desgaste porque hacemos movimientos antinaturales. Los huesos, los ligamentos, toda la estructura física se desajusta. Nadie nació para parase en las puntas. El cuerpo se lesiona con el tiempo por la repetición de estos movimientos. Cuando eres joven no te das cuenta pero cuando cumples treinta, tu cuerpo nunca vuelve a reaccionar igual.

El triunfo en una competencia de parejas en Varna, Bulgaria, le dio a la bailarina el empuje que necesitaba. Luego fue becada dos veces por el Fonca, una para hacer un viaje itinerante por las mejores escuelas europeas y otra para Nueva York. Cinco años consecutivos tomó clases con David Howard y Willie Berman, que figuraron entre los mejores profesores del ballet mundial. Berman –un alemán estricto, maestro de Julio Bocca– le dijo un día: “Eres como una bailarina del siglo pasado.

Bailas a la antigua, como pasada de moda”. Para entonces, Laura ya era primera bailarina en México. “Decidí no descansar hasta que simplemente dijera ‘bien’. Creyó que nunca iba a regresar. Muchos años después, me presentaba con orgullo como su alumna”.

* * *

Cerca del final de su carrera como bailarina, Laura entró a estudiar psicoterapia. Las escuelas de danza no suelen apoyar el desarrollo psicológico de sus alumnos. “Yo creo que es vital, para cualquier ser humano, el apoyo terapéutico. Hay gente que es una maravilla pero no da una en el foro porque carece de capacidad para vencer el miedo”.
Después de 18 años en la compañía, el retiro se vislumbraba.

__¿Quisiste anticiparte? ¿Lo temías?
__Creo que no lo supe del todo. En Europa sabes que a los 40 años termina tu contrato; tienes esa conciencia. Yo estaba cansada, pero me era difícil decir cuándo se moriría la bailarina. Lo ves todo tan lejano… Por eso en otros países los bailarines hacen una carrera aparte. Se ahorran la depresión del retiro.

__¿Esa fue tu intención cuando estudiaste psicoterapia?
__De alguna manera, sí. Pero en el momento en el que me retiré, mi vida se cimbró enormemente para bien y para mal. Me despertaba y ya no me dolía el cuerpo, fatigado por tantas lesiones; podía comer lo que se me antojaba, podía reposar después de décadas de entregarme a una carrera tan demandante.

“El primer año del retiro fue muy liberador porque fui terriblemente disciplinada. Pero pronto se impuso la necesidad darle vuelco a la necesidad de expresarme. Hice teatro, di terapia, abrí una escuela de danza. Me dediqué a buscar un nuevo amor, digámoslo así.

“Como terapeuta encontré un regalo muy grande: ser testigo de los cambios positivos de tus pacientes. En ese terreno, he tenido experiencias tan relevantes como haber bailado en el Palacio de Bellas Artes o en el extranjero, representando a México”.

Tenía cuarenta y dos años. Apenas.

__Me impresiona mucho que las personas que viven de su cuerpo, en efecto, sienten muy jóvenes que la vida se les va.

__Así es. Yo padecí crisis emocionales propias de una persona de sesenta años.

Hay algo de lo que Laura Morelos se niega a hablar: de futbol. “Lo odio, no lo soporto. Vi todo el que tenía que ver de niña”, concluye y –resuelta– sepulta el tema.