Retrato Hablado
entrevista
Juan Villoro, escritor

“Mi madre se volvió alérgica al pedante mundo intelectual”

Estela Ruiz se convirtió en la joven esposa (tenía 21) de un prometedor profesor de filosofía. “Me imagino que debe haber sido bastante aburrido para ella, porque los filósofos no son las personas más amenas del mundo."
María Scherer Ibarra
18 febrero 2016 20:21 Última actualización 19 febrero 2016 5:0
Juan Villoro. (ilustración)

Juan Villoro. (ilustración)

A las personas se les conoce también a través de los suyos. Algo sabíamos de su padre, el filósofo Luis Villoro. También del propio Juan. Para complementar su retrato, hace falta saber de su madre, Estela Ruiz Milán, nacida en Mérida, pero avecindada en su infancia solitaria en Progreso, la cuna de su madre, Estela Milán.

Juan Ruiz huyó de España a los trece años, oculto en un barco. Nació en Leo, una comunidad minúscula, en la que los habitantes no superaban en número a los dedos de pies y manos, enclavada en los Maragatos, unas montañas gélidas donde pastoreaba a su rebaño.

“Era un prófugo del frío” que no entendía por qué al helado se le llamaba nieve. Tampoco que la nieve, su enemiga, tuviera sabor a guanábana. Cuando vivió de la venta de azúcar, se fue a Yucatán. Ahí tendría futuro su negocio y ahí encontró futuro su presente. Conoció a Estela, le fascinó la nieve de guanábana y le fascinó que se la vendiera ella. Se casaron y se establecieron en Mérida. Estela Ruiz Milán nació en 1933, ocho años después de Alfonso, el mayor.

Estela fue educada en casa. Estudiaba para concertista de piano con su tío José Rubio Milán, discípulo de un discípulo de Liszt (que abandonó su carrera porque su esposa le reprochaba su ausencia debido a las giras), y trabajaba en la nevería Milán.

Cuando Estela tenía doce, la familia se mudó al edificio Basurto, en la colonia Condesa. Al abuelo le quedaba chica Mérida, y tenía negocios qué hacer en el Distrito Federal (así se llamaba entonces). Estela tendría un mejor médico para aliviar sus jaquecas.

En México, su hija salió de su aislamiento. Por primera vez fue a la escuela y empezó a socializar con otras niñas católicas de clase media del Colegio Motolinía. Siempre se sintió “un poco extraña porque venía de Yucatán”, por más que perdió el acento que conservó su madre.

También recuperó su gran pasión por la lectura. Estudió Letras, pero interrumpió su tesis porque nació Juan, su primer hijo, quien cuenta:

“Mi papá le llevaba once años; era una relación de maestro-alumna, aunque nunca lo fue. Se conocieron en Guanajuato. Mi mamá había tenido un novio que a la familia le parecía inconveniente. Según la visión familiar, era un bueno para nada, así que la mandaron a distraerse con algunos cursos a Guanajuato, una ciudad universitaria importante. La quisieron alejar de un novio y la acercaron a otro. Mi papá, nacido en Barcelona, daba clases de filosofía y actuaba en los entremeses cervantinos, el origen remoto del festival. Se encontraron en una fiesta universitaria”.

Luis Villoro provenía de una familia española monárquica. “Por inclinación política se volvió próximo a los republicanos, pero llegó a México por azares de la vida. No es un refugiado, vino porque su madre era mexicana”.

El español de familia conservadora recibió la aprobación de los Ruiz Milán. Villoro se reponía de una decepción amorosa. “Había tenido un noviazgo muy intenso con la hija del General José Miaja, el defensor de Madrid. Era un republicano eminente y su hija, que pertenecía a esta familia de rojos españoles, se enamoró de mi papá. Fue un romance muy turbulento porque las familias estaban muy opuestas”.

Los Villoro, hacendados potosinos y monárquicos, rechazaban al general. El general pensaba que Luis Villoro era “señorito conservador”. Pero el romance creció, como el intercambio de poemas de amor, y la pareja planeó la fuga. Miguel Villoro, hermano de Luis, jurista destacado y sacerdote jesuita, les ofreció su coche para que huyeran y así se convirtió en cómplice. Estaba entusiasmado con esta historia de amor ajena”.

Villoro estudiaba medicina en la Plaza de Santo Domingo. Citó a Teresa Miaja afuera de la iglesia para iniciar una nueva vida juntos, pero ella lo plantó. Y gracias a eso, yo existo”.

Estela Ruiz y Luis Villoro se casaron casi de inmediato. Ella se convirtió en la joven esposa (tenía 21) de un prometedor profesor de filosofía. “Me imagino que debe haber sido bastante aburrido para ella, porque los filósofos no son las personas más amenas del mundo. Creo que se sintió un poco incómoda en ese mundo de intelectuales donde la pedantería es muy común y donde la gente cita a Hegel para pedir un café. Eso la volvió alérgica al medio más puramente intelectual”.

El matrimonio duró diez años. Divorciada, con un hijo de nueve y una de siete, Estela Ruiz Milán volvió a los estudios. Se doctoró en psicología y trabajó un largo periodo en el Hospital Psiquiátrico Infantil. Dirigió un centro de teatro infantil del INBA, volvió a tocar el piano y se enamoró de un músico brasileño de bossa nova que tocaba en Tamba Trio, el grupo que grabó la chica de Ipanema.

Estela Ruiz, fundadora de la Sociedad de Psicoanálisis y Psicoterapia en la Ciudad de México, viajó dos veranos a Suecia para aprender el idioma cuando elaboraba un análisis clínico de August Stindberg, dramaturgo y precursor del teatro del absurdo. “Hasta la fecha, no deja de hacer locuras. Hace poco actuó en una obra de teatro que dirigió Sandra Félix en la Biblioteca México, en un montaje de la Historia de México según Rius. Mi mamá salía de Cura Hidalgo. Hacía un papel muy divertido, regañón y reivindicativo, un poco como es ella en la vida real”.

-Me parece que tienes más de tu madre que de tu padre.
-Es una mujer muy sensible, que vive mucho a través de las emociones. Mi papá fue una persona mucho más racional y se distanciaba fácilmente de las cosas para interpretarlas. Por ejemplo, escribí El Filósofo y tenía miedo que se fuera a sentir ofendido porque la obra pone en escena la profunda neurosis de los intelectuales e incluso la torpeza y el idiotismo de la inteligencia, ese grado de deficiencia psicológica que proviene de la inteligencia que provoca que gente muy buena para el razonamiento abstracto no pueda ponerse una corbata o untarle mantequilla al pan. Pero no, le encantó. Aunque yo escribiera de un padre parecido a él, consideraba no tenía nada que ver porque era un padre literario, y debía ser interpretado como un personaje. En cambio mi madre se identifica de una manera exagerada. Si escribo de una madre, aunque no se parezcan en nada, se siente esa madre”.