Retrato Hablado
Roy Campos, presidente de Consulta Mitofsky.

“Me siento vivo con las matemáticas”

Matemático, actuario y encuestador, Roy Campos es un gran conversador. “Los encuestadores no sabemos de nada, pero podemos hablar de todo”, dice.
María Scherer Ibarra
17 julio 2014 20:3 Última actualización 18 julio 2014 5:0
Retrato hablado Roy Campos

Retrato hablado Roy Campos

CIUDAD DE MÉXICO. De milagro Roy Campos no es periodista. Lo fue su abuelo –fundador de La Afición–, su padre, que escribió una columna deportiva durante medio siglo y ejercen la profesión dos de sus hermanos.

Su padre, chilango de origen, era un joven aventurero. Como los viejos periodistas, carecía de estudios. Vivió en Ciudad Obregón y luego en Culiacán, y ahí se estableció porque se enamoró de una muchacha de Mocorito. El matrimonio tuvo cinco hijos. El jefe de la familia vendió máquinas de coser y páginas de publicidad para mantenerlos. No ahorró un peso. “Lo único que voy a heredarles –les advirtió un día a sus vástagos– es la buena costumbre de leer”. La madre se encargó de la administración del hogar y de construir un patrimonio para todos.

Roy creció informándose sobre todos los deportes, particularmente su favorito, el béisbol. No era un aficionado común. Se aprendió las reglas y la historia de cada uno. Coleccionaba estampitas de los jugadores que compraba en los estadios y recortaba fotografías de los periódicos. Las pegaba en un cuaderno, el mismo donde llevaba una especie de récord de popularidad, en función de las veces que se publicaba la imagen de cada pelotero.

El presidente de Consulta Mitofsky es un gran conversador. “Los encuestadores no sabemos de nada, pero podemos hablar de todo”, dice. En su oficina, una casa que ha ido creciendo en la colonia Nápoles, cuenta como, de niño, deducía los resultados de los ejercicios matemáticos ignorando las fórmulas. La maestra lo felicitaba no sólo por acertar, sino por llegar al resultado por su propio camino. “Eso me hizo entender que se puede pensar en vez de memorizar”.

Platica también de un inolvidable viaje a Mazatlán, en el que un amigo de su padre entretenía a los cinco hermanos que iban apretujados en el asiento trasero del coche:

Grita el gavilán: “Adiós mis cien palomas”. Una se voltea y responde: “No somos cien, pero nosotras, más otra vez nosotras, más la mitad de nosotras, más la cuarta parte de nosotras, más usted, seríamos cien”. ¿Cuántas palomas eran?
Me quedo perpleja. Ni siquiera intento hacer el cálculo. Roy se apiada: “Treinta y seis”.

El encuestador es el hijo perfecto del sistema de educación pública: pasó por la Escuela Tecnológica Industrial No. 23, el Instituto Tecnológico Revolucionario de Culiacán 17 y la UNAM, donde estudió dos carreras y dos maestrías, en matemáticas y actuaría y en estadística y, otra vez, actuaría.

Por el tiempo en que le tocaba entrar a la universidad, Roy esperaba que abrieran la carrera de informática en el Tecnológico de Culiacán. Un pleito menor con su padre precipitó su salida de la casa materna. La mayor de sus hermanas estudiaba ingeniería química en México, y en las vacaciones lo fascinaba con sesiones emocionantes de los libros de matemáticas.

__Se tiene o no se tiene, ¿verdad?
__Un poco, y se desarrolla otro poco. Yo me siento vivo con las matemáticas.

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El 11 de abril del 1977, Roy llegó a México. Se mudó a una casa de estudiantes sinaloenses. Tres días después ya trabajaba en Telégrafos Nacionales, de cargador. Ganaba el salario mínimo: tres mil 192 viejos pesos.

__¿Estás seguro?
__No olvido fechas ni cantidades.

En seguida empezó a atender, de oyente, clases de álgebra, cálculo y geometría. Cuando inició el semestre, se inscribió a actuaría. “Aspiraba a lo que todo provinciano: comprar carro y casa y pagar escuela para la familia que eventualmente formaría”. En quinto semestre, también ingresó a la carrera de matemáticas.

Su vida profesional comenzó en un par de empresas de la iniciativa privada y continuó en el Seguro Social, donde además lo becaron para que estudiara el posgrado en estadística. Más adelante entró a Telmex, que aún era paraestatal. Ganaba un sueldazo como jefe del departamento de Programación de la Fuerza del Trabajo, que por supuesto recuerda: 96 mil pesos. Campos aplicaba modelos probabilísticos para calcular cuántas operadoras se requerían en cada central telefónica del país para que el 85 por ciento de las llamadas a la operadora se contestaran antes de diez segundos.

Edmundo Berumen, su maestro, colega y amigo, le ofreció un empleo en el INEGI y colocó a Campos en un predicamento. Su sueldo bajaría a 60 mil pesos. Sin embargo, consideró otra variable –trabajar con una persona a quien admiraba– que bien valía el sacrificio. “El INEGI fue más mi escuela que la UNAM”, afirma.

Unas semanas después de haber estrenado chamba, a los 24 años, Roy tuvo un infarto. Era explicable. Tenía una vida desordenada que incluía todos los factores de riesgo: ganaba mucho dinero y se enfiestaba, estudiaba un posgrado, estaba estresado, vivía solo, tenía los peores hábitos alimenticios (una dieta basada en carne de puerco y Coca-Cola) y fumaba cincuenta cigarros al día. En el hospital, viendo desfilar a sus amigas, su madre le susurró: “hijo, no me digas ya que no has vivido. Ya cásate”.

En 1987, su vida dio un giro definitivo. En plena campaña por la Presidencia, tras unos meses de vida tranquila en Morelia en un centro de población y estadística, Campos fue nombrado director de encuestas del INEGI y el enlace con un enviado del candidato Carlos Salinas: Ulises Beltrán. “Aprendimos juntos; yo de política y él de encuestas”.

Poco después fundó Consulta Mitofsky, junto con los socios originales, Marcelo Ortega y Juan Carlos Cervantes, en la taquería “Los Parados”. Uno por uno dejaron el INEGI, durante el año y medio que se tardó en despegar la nueva empresa, que en sus orígenes sólo era subcontratada por los grandes encuestadores de entonces: Berumen, Nielsen, Gallup.

La sala de juntas en la que conversamos no tiene más que una mesa rectangular y las sillas dispuestas alrededor. “Así es mi casa –menciona–, minimalista; no hay cuadros, no hay floreros, no hay cuadros, salvo uno. No hay nada que no tenga utilidad”.

__¿Sólo los números la tienen?
__¿Qué te digo? Yo no sé pensar de otra manera.