Retrato Hablado
Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz

“Malala, libre como un pájaro”

Malala Yousafzai, la ganadora más joven del Premio Nobel de la Paz, cuenta cómo su madre –analfabeta, valerosa y desinteresada– cocinaba de más para las visitas y los pobres. Adora la física, porque su objeto es la verdad.
María Scherer Ibarra
11 diciembre 2014 23:50 Última actualización 12 diciembre 2014 5:0
Malala, retrato hablado

Malala, retrato hablado

Un matrimonio no arreglado, cosa rara en Paquistán, vio nacer sin vida a su primogénito. La segunda hija nació sana, pero en el valle de Swat –a 160 kilómetros de Islamabad, la capital– no se festejó su nacimiento. Los pashtunes no celebran el de ninguna niña, seres humanos de segunda clase.

Malala Yousafzai, la ganadora más joven del Premio Nobel de la Paz, cuenta como su madre –analfabeta, valerosa y desinteresada– cocinaba de más para las visitas y los pobres. La hospitalidad es un valor preeminente para los pashtunes, divididos entre Pakistán y Afganistán.

Su padre, Ziauddin Yousafzai, estudió el Corán en su juventud y en la secundaria añadió a su formación el inglés como parte de una educación más moderna. Años después, transmitió a sus hijos su amor por el conocimiento y “una aguda conciencia de los derechos humanos”.

A Malala no le gusta madrugar ni andar descalza, como las niñas en la aldea de su madre. Siempre ha sido la primera o segunda de su clase. Iba al Colegio Khushal, fundado por su papá. Quiso ser médico, inventora y ahora se inclina por la política.

“Hace un año salí de casa para ir a la escuela y no regresé. Me dispararon una bala talibán y me sacaron inconsciente de Paquistán. Algunas personas dicen que nunca regresaré a casa, pero en mi corazón estoy convencida de que volveré”, narra en su autobiografía.
La niña fue amenazada por defender, como su padre, el derecho a la educación, que los talibanes niegan a las mujeres. Sabía que cuando creciera, estaba destinada a quedarse en casa, cocinando y sirviendo a los varones de su familia. “Había decidido desde muy pequeña que no sería así”.

Y su padre la alentaba: “Malala serás libre como un pájaro”.
Los talibanes –fundamentalistas islámicos– “obligaban a los hombres a dejarse barbas tan largas como linternas y a las mujeres a llevar burka... Se las metía en la cárcel y se las golpeaba sólo por llevar las uñas pintadas. A mí me daban escalofríos cuando me contaba todo aquello”, cuenta en su libro.

Malala tenía diez años cuando los talibanes llegaron a Mingora, su ciudad, su paraíso. Hasta entonces, ella y su mejor amiga deseaban convertirse en vampiros, como en la cinta Crepúsculo, y se divertían mirando Ugly Betty en la televisión. Pero los talibanes cambiaron su forma de vida: desconectaron la televisión por cable, prohibieron varios juegos de mesa y hasta las excursiones escolares. Los talibanes desplazaban a la policía en aldeas y ciudades. El gobierno del presidente Musharraf estaba pasmado, y Estados Unidos preocupado por su ineficacia.

Bajo la tiranía talibán, Malala y otras niñas iban a la escuela con sus mochilas escondidas debajo de un velo. Dejaron de portar el uniforme, que las delataba. Muchas niñas dejaron las clases por miedo.

Malala –briosa, como su madre– intervenía junto a su padre en entrevistas a los medios de comunicación. En enero de 2009, comenzó a escribir un exitoso blog para la BBC, que firmaba con pseudónimo.
Fue protagonista de un documental del New York Times (Class Dismissed) y se convirtió en personaje, con todo y la pesadumbre de su madre, que temía por su seguridad.

Más de un periodista y amigo advirtió al padre que estaban en la mira de los talibanes. Aun así, rechazaron la protección de la policía. Ni siquiera se mudaron. Aceptaron sólo modificar su rutina.

Los talibanes habían dictado que ninguna niña debía ir a la escuela, sin embargo, ante la presión internacional, llegaron a un acuerdo de paz con el gobierno paquistaní encabezado por Asif Zardari (viudo de Benazir Bhutto) y permitieron que las niñas volvieran a las aulas siempre y cuando usaran velo. Malala, que adora la física “porque su objeto es la verdad” y es fanática de Stephen Hawkins, estaba dichosa. Pero nada cambió. Los talibanes se convirtieron, de hecho, en un grupo de “terroristas amparados por el Estado” y, ante la alarma mundial, avanzaron hacia la capital.

Los Yousafzai abandonaron Mingora, su hogar en el valle, sumándose a otros dos millones de personas.

* * *

Malala era, como cualquier adolescente, un poquito vanidosa. Le gustaba cambiar de peinado. Medía un metro con 53 centímetros y le rezaba a Dios que la hiciera más alta.

Su apariencia perdió todo significado el día en que fue abruptamente detenida la camioneta de su escuela. Un joven, con la cara cubierta por un pañuelo, se acercó por detrás y preguntó por Malala. La delataron las miradas de las otras niñas. Recibió tres disparos de una Colt 45.
Una bala entró por la parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo del hombro derecho. Le cercenó un nervio que cambió su rostro para siempre.

Fue trasladada en helicóptero a un hospital militar, a pesar de la desconfianza de su padre. La intervino el neurocirujano más experimentado del ejército paquistaní. A pesar de la atención, oportuna y especializada, fragmentos de hueso hincharon su cerebro. Le retiraron una parte del cráneo para descomprimirlo. Después de intensas negociaciones, la niña fue trasladada al Queen Elizabeth Hospital de Birmingham. Los médicos ingleses consideraron que sus posibilidades de recuperación corrían peligro en Paquistán por las deficiencias en el posoperatorio.

Los talibanes reivindicaron el atentado, que tuvo una inmensa repercusión internacional. Lo condenaron personajes como el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon y Barack Obama.

Malala se despertó una semana después, sola y en otro país. Todo le era ajeno. El gobierno, timorato, retrasaba la partida de su familia, preocupado porque una eventual solicitud de asilo político de los Yousafzai.

Aunque estudia en una buena escuela, se siente sola. Sus nuevas compañeras no entienden sus bromas. La joven musulmana, de 17 años, cree que “un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.

Malala Yousafzai recibió el pasado miércoles el Nobel de la Paz, en Oslo. En la ceremonia, explicó que contó su historia no porque sea única, sino precisamente porque no lo es. En efecto. Después del ataque en su contra, los talibanes han encabezado decenas de ataques a otras escuelas, en los que han resultado heridos, mutilados y muertos otros niños.