Retrato Hablado
Roberto Banchik, consultor y librero

"La obsesión por la lectura
no termina nunca"

Banchik afirma que cambió sus días en la Central Termoeléctrica de Altamira y en los pozos de Ciudad del Carmen por el mundo de los libros.
María Scherer Ibarra
09 octubre 2014 21:34 Última actualización 10 octubre 2014 5:0
Ilustración Retrato Hablado Roberto Banchik

Ilustración Retrato Hablado Roberto Banchik

CIUDAD DE MÉXICO. Roberto Banchik Rothschild, director general de Penguin Random House, le debe el amor por los libros a su abuelo, quien fue tanto como su padre. Muchas horas de su infancia transcurrieron en la fantástica biblioteca del abuelo, dotada de ejemplares en alemán –inaccesibles para el nieto–, en inglés y en español. Ahí pasaba los domingos y si tenía suerte, uno que otro día entre semana. “Me desaparecía allí adentro. Ahí tuve mis primeros encuentros con Salgari y con Julio Verne, al que nunca acababa de entender”.

Banchik es descendiente de expatriados por ambos lados. Sus dos abuelos eran alemanes, los paternos de Besarabia, hoy Moldavia, que limitaba con Ucrania y Rumania. Los abuelos paternos se resguardaron en Argentina y el padre de Banchik, años después, migró a Estados Unidos, donde conoció a su esposa.

Dueño de tiendas de ropa femenina en el centro de la Ciudad de México, el niño atendía el mostrador. Su madre auxiliaba a su esposo o ejecutaba labores secretariales en la importadora de sus padres. Más adelante, se hizo de una profesión que mantiene: traductora de inglés y alemán al español.

En la preparatoria, Banchik, un estudiante destacado, condujo la edición del periódico escolar. Después, en sus palabras, su historia “se descarriló”, alejándose temporalmente de los libros.

Gracias a la residencia norteamericana que había tramitado su familia materna, ingresó a la Universidad de California en Davis. Optó por economía y relaciones internacionales. Mantuvo un pie en las letras, mediante el periódico universitario, Third World Forum, un medio tan subversivo como sus colaboradores.

“Me volví ultrarradical de izquierda, un convencido comunista”. Antes del fin de la Guerra Fría, crecía en el muchacho la obsesión por convertirse en diplomático y salvar al mundo.

Banchik se enroló en una iniciativa estudiantil en Nicaragua, y participó en manifestaciones a favor de los sandinistas y antiReagan, o contra el apartheid. Luego, pasó un año de intercambio en Delhi para completar sus estudios con economía del desarrollo, en el Saint Stephen College.

Aislado, al otro lado del mundo, Banchik escribía a sus familiares y amigos largas cartas, y se hundió en la lectura, sobre todo de novela rusa. “Busqué la manera de evadirme, así que me encerré unos meses ahí en mi cuartito y me dispuse a leer algo aún más deprimente que lo que estaba viviendo”.

A su regreso a Davis, se topó con la persona más inesperada: Elena Poniatowska, madre de Paula y Felipe, sus vecinos y amigos de la niñez. Elena daba clases de literatura en esa universidad y Roberto se convirtió en una especie de asistente para la escritora en el proceso de creación de Tinísima.

En México, Roberto y Paula se hicieron novios, de modo que se prolongó la colaboración con Poniatowska. Transcribía sus entrevistas y la acompañaba a reuniones con políticos e intelectuales. Era la época del Frente Democrático Nacional y el movimiento de izquierda.

Consiguió su primer empleo formal en la revista Comercio Exterior (de dicho banco), aunque fue breve y poco significativo. Eduardo Guerrero, su amigo de la preparatoria, lo “rescató” y lo hizo parte de un grupo de talentosos jóvenes que reclutó Ulises Beltrán para trabajar en el área de encuestas de Presidencia de la República de Carlos Salinas de Gortari.

__¿Y qué pasó con el izquierdista?
__Yo seguía siendo cardenista, no dejé de ir a las manifestaciones del PRD. En la oficina no les importaba en lo más mínimo que no fuera priista. Claro que el rollo del liberalismo social me empezó a hacer muchísimo sentido; estábamos haciendo las primeras encuestas en México y me tocó ver el primer cambio de gobierno en un estado (Baja California) y yo estaba en primera fila, haciendo exit polls. Fue muy emocionante.

Después, en Oxford, estudió una maestría en ciencia política y política pública, con la idea fija de formar parte del servicio exterior. Un año después, ingresó al Instituto Matías Romero y obtuvo uno de los más altos promedios. No obstante, su esfuerzo no llegó lejos, como el de sus compañeros de generación, Arturo Sarukhán o Manuel Gómez Robledo.
Para su fortuna…

“Me asfixió el servicio exterior. Yo era rebelde, expresé que el PRI era una dictadura y me había peleado por eso con Patricia Galeano (una de sus profesoras)”. Banchik libró la expulsión, pero lo castigaron con el trabajo mecánico de la fotocopiadora. Su renuncia llegó poco después.

En Columbia estudió una segunda maestría en asuntos internacionales y el doctorado en ciencia política, pero volvió antes de culminarlo. Su rumbo se modificó en este punto de manera radical: Bernardo Minkow reclutaba politólogos para la consultora Mackenzie. En unos años, Banchik se convirtió en un especialista en petróleo y energía; habitualmente asesoraba a Pemex y la Comisión Federal de Electricidad.

Por conducto de otro amigo, Banchik conoció a René Solis, presidente de Planeta, que rastreaba a un editor general para México, ajeno al mundo editorial. “Para mi sorpresa, me contrataron, y cambié mis días en la Central Termoeléctrica de Altamira y en los pozos de Ciudad del Carmen por el mundo de los libros. René fue un mentor increíble. Todo lo aprendí de él”.

De ahí brincó a Macmillan, un grupo internacional que edita libros de texto e infantiles, “y me salió de nuevo esa parte sandinista que me exigía que pusiera mi granito de arena para cambiar la educación”.

__¿Qué lee el director de ese monstruo editorial que es Penguin Random House?
__Es horrible...

Cuenta que está disperso, que abre libros simultáneamente y no los termina. Lo cual no está mal, coincidimos, porque ya no nos sentimos obligados a leer de cabo a rabo un libro que no nos atrapa. Sin remordimientos, además.

“Ahora es raro que termine alguno”, reconoce. Entre las excepciones están los volúmenes de divulgación científica y los de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, su comprensible obsesión.

__Y vaya que hay material para alimentarla...
__No termina nunca.