Retrato Hablado
Antonio Chalita, ultramaratonista

“La gente está harta de pisar coladeras”

Hay dos tipos de carreras, afirma Chalita, aquellas donde la meta está asegurada y las que no sabes si concluirás o no la competencia.
María Scherer Ibarra
30 octubre 2014 21:45 Última actualización 31 octubre 2014 5:0
Ilustración retrato maratonista

Ilustración retrato maratonista

CIUDAD DE MÉXICO. A sus 41 años, Antonio Chalita ha corrido más de cinco mil kilómetros, y no en planito. Es un corredor de ultrafondo –o un ultramaratonista–, casi un súper hombre. Los 42.195 kilómetros de un maratón son para él cosa de risa. Hace dos años recorrió una distancia siete veces mayor –333 kilómetros– en el Desierto del Sahara, a nueve horas de Marrakesh, prácticamente sin descanso. Lo hizo en cien horas y 45 minutos.

__Dime que dormiste…
__Sí, periodos breves, de una o dos horas.

A los ocho años, Antonio fue víctima de abuso sexual en el transporte escolar del Instituto Simón Bolívar. El agresor fue un compañero de la secundaria. No supo del todo lo que había ocurrido, aunque recuerda que cambió su carácter. Nada dijo por años. Aun así, asegura que su infancia no fue tan mala como la de otros niños.

Su madre –una chilanga emprendedora– abrió varios negocios, entre ellos un taller mecánico, mientras transcurría el embarazo de su primer hijo. Su padre era gerente de una agencia de la Volkswagen, Del Valle Motors. En la práctica, el taller fungía como el área de hojalatería y pintura de la concesionaria.

Antonio abandonó la preparatoria y se incorporó al Heroico Colegio Militar, para salir corriendo una semana después: “Estuve muy confundido un tiempo, durante la adolescencia. No podía decidirme entre ser sacerdote o militar. Me gustaba el uniforme y me llamaba la disciplina. Cuando al fin entré, me obligaron a marchar con unas botas del siete, porque no había de mi número. Yo calzo del once y medio. No te imaginas la tortura”.

Con cierta frustración, concluyó la preparatoria y se refugió en el culto a su cuerpo. Chalita levantaba pesas y practicaba el fisiculturismo. Admiraba a Bruce Lee, Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone, y se volvió un fanático de sus métodos de entrenamiento.

Licenciado en administración de empresas, con maestría en calidad y una carrera técnica, mecánica automotriz, Chalita ha trabajado siempre en el taller de su familia. Recién egresado de la Universidad La Salle, empezó a entrenar para recorrer distancias cortas –diez y veintiún kilómetros– en carreras locales sobre asfalto.

La vanidad lo zambulló en el mundo del running. Chalita fue su propio entrenador, armado en principio sólo con revistas de atletismo y dietas que él se impuso.

Perfeccionó el acondicionamiento y corrió, entre otros, los maratones de Chicago, Nueva York, Ciudad de México, París, San Diego, San Francisco y Los Ángeles. Dominada esta distancia, elevó el reto; se inscribió a su primer carrera de montaña, Sólo para Salvajes, un circuito mayor a los quince kilómetros sobre veredas, terracería, cumbres y colinas en medio del bosque. Los trayectos con desniveles son desde entonces sus predilectos. Recientemente, recorrió 170 kilómetros en Andorra, donde el desnivel acumulado es de 13 mil metros –4 mil 150 metros más que el Everest– que se levanta a 8 mil 850 metros sobre el nivel del mar. Estas competencias tienen otros inconvenientes: si el corredor se lesiona, nadie va a recogerlo. Él debe bajar –o peor aún, subir– al punto de rescate más próximo.

“Hay dos tipos de carreras; aquellas donde la meta está asegurada y la incertidumbre consiste en cuánto tiempo te llevará cruzarla. Y las que a mí me emocionan: en las que tantas variables intervienen, que no sabes si concluirás o no la competencia”.

__¿Ahora cómo te entrenas?
__Sigo sin instructor. Me he entrenado a prueba y error, y a través de recomendaciones de atletas más experimentados que yo. Lo que menos hago es correr. No creo que ayude dar vueltas en los parques y acumular millas, sino en la fortaleza física y mental. Hay que robustecer los músculos de propulsión en el gimnasio o en la montaña. Yo cargo pesas, nado y los fines de semana me pierdo en la montaña.

* * *

Chalita, uno de los contados ultramaratonistas mexicanos, ganó el mérito atlético en el segundo Congreso Mundial del Deporte después de completar, en el Sahara marroquí, la Marathon des Sables, su primer carrera extrema. Participan poco menos de mil atletas en esta prueba de origen nostálgico: veteranos ingleses y franceses querían revivir situaciones similares a las que experimentaron en campaña, en combate o durante su entrenamiento.

Un año después, atravesó 222 kilómetros del Amazonas, en la Jungle Marathon. El día previo, los 136 participantes recibieron un curso básico de supervivencia en la selva que haría desistir a cualquiera. Se les recomendó no cruzar el río a pie si tenían alguna herida sangrante (para no provocar a las pirañas); no orinar en él para evitar al infame candirú, un pez que se introduce en los genitales y, una vez dentro, extiende sus espinas para chupar la sangre del “huésped”; no mirar a los ojos a un felino y no huir de su eventual encuentro para no convertirse en presa.

Por inconcebible que parezca (a mí, por lo menos) cada vez son más populares estas competiciones. “La gente está harta de pisar coladeras”, dice el deportista.

__¿Corren con mapa, con brújula o con GPS? ¿Qué hacen para no perderse?
__En Brasil, amarraban cintas biodegradables en los árboles; en las montañas, cada 200 metros se pintan flechas en las piedras; en el desierto, te guían con diodos emisores de luz (LEDS); cuando la ruta no está marcada, envían los puntos preestablecidos para guardarlos en GPS.

La tecnología falla. Eso precisamente le ocurrió a Chalita. Su localizador se averió y se perdió una noche en medio del Sahara, cerca del penúltimo check point, que confundió con la remota luz de un tractor. “Ese es el condimento especial que tienen estas carreras”.

En otra prueba transahariana –en Tamanrasset, Argelia– lejos de rematar los 270 kilómetros, perdió su alimento. Por azar, encontró una pila de manzanas en estado de podredumbre, que los tuareg (grupos nómadas de ese desierto) amontonan para que se alimenten sus rebaños.

Chalita ha decidido darse una tregua. Dice, y lo dice en serio, que solo se comprometerá con carreras “cortas”, de 160 kilómetros. No es que esté cansado: “Mi vida es correr, pero necesito un poco de equilibrio”.