Retrato Hablado
Luis Estrada, cineasta

"Juego a la provocación"

El director de La ley de Herodes y El infierno también detesta las relaciones públicas y los festivales de cine; advierte que no ha bailado nunca en su vida y que odia ver bailar.
María Scherer Ibarra
16 octubre 2014 19:58 Última actualización 17 octubre 2014 5:0
Retrato Hablado Luis Estrada

Retrato Hablado Luis Estrada

CIUDAD DE MÉXICO. Luis Estrada fue el único hijo de una de pareja joven e “irresponsable”, que se divorció pronto, cosa rara en los sesentas. “No sé si se comieron la torta antes del recreo, pero tampoco me tortura”, dice el director de La dictadura perfecta, un día próximo al estreno, en el que fuma hasta cuarenta cigarrillos.

Cuenta que la precocidad fue el sello de su infancia. Entró con cinco años a la primaria Cristóbal Colón, para sosegar la conciencia católica de su familia materna. No objetó su padre, José El Perro Estrada –comunista y ateo–, que se partía entre su amor al teatro y al cine.

Estrada se recuerda como una criatura solitaria, que leía enciclopedias y cuya “imaginación un poquito desbordada” le acarreó uno que otro problema. Dibujaba caricaturas despiadadas –como lo hace ahora– de las personas que le antipatizaban y escribía retratos mala leche, incluso de miembros de su familia. Se le daban las letras: ganó un concurso de la SEP sobre el hombre en la luna que fue premiado con su publicación en uno de los libros de texto gratuitos.

Su madre, administradora de empresas, se casó de nuevo y tuvo hijos. También su padre, y más de una vez, antes de renunciar en definitiva al matrimonio. “Era carismático, ocurrente, brillante, talentoso y seductor, pero era el peor papá del mundo”.

Hábilmente, El Perrito se las ingenió para que lo llevara a las filmaciones. Se portaba bien, paradito detrás de la silla de director, mirando por encima del hombro de su padre. Caía en gracia el niño, que se desplazaba por la vastedad de los estudios como Pedro por su casa. “Ya conoces la naturaleza barbera de la gente de este país; todo mundo festejaba mi presencia y hubo un momento en que todos me reconocían. Me colaba en el laboratorio, en el zoológico, en el pueblo del oeste”.

En la pubertad, el productor y guionista vio todas las películas de la biblioteca de su papá y más; también lo leyó todo sobre cinematografía, y no sólo lo relativo a la teoría, a la forma de expresión, al lenguaje o a la historia, sino que igual engullía textos sobre técnica, iluminación, escenografía o utilería.

A los 14, su afán independentista lo llevó a montar un negocio arriesgado e irregular de películas prohibidas, que exhibía en ciclos en salas universitarias. A mediados de los setenta, se acumulaban las películas vetadas por su contenido político o erótico, como el documental sobre Woodstock o la legendaria Easy Rider. El negocio no marchaba siempre, pero cuando los emprendedores proyectaron Emmanuelle y La Historia de O, “hubo ostias para entrar. Nos forramos”. Meses después, vivía en un cuarto de azotea, tenía su propio coche y un negocio que terminó tan abruptamente como comenzó. En esas condiciones de libertad absoluta, entró a la Prepa 4 y después al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos.

Estrada habla sin pausa, como tira una metralleta, y fuma al parejo. Advierte: “Si esto es un perfil, tienes que saber que no he bailado nunca en mi vida y que odio ver bailar. Me parece ridículo, me da pena ajena”.

––Los tipos duros no bailan se llama una novela de Mailer…
––Lo conozco: Tough Guys Don´t Dance.

El director de La ley de Herodes y El infierno también detesta las relaciones públicas y los festivales de cine, aunque las acepta como parte ineludible de su trabajo.

Al tiempo que ingresó a la escuela de cine, cursó algunas materias de filosofía y se inició como asistente de dirección, apoyado por su padre, de quien fue aprendiz.

––¿No estabas resentido con él?
––No. Mi pasión por el cine hizo que nos volviéramos cómplices. Nuestra relación no funcionó de manera tradicional, pero pudimos articularla de otra manera.

En la construcción de su carrera profesional como asistente, Estrada trabajó con los directores que más admiraba –entre ellos Cazals y Ripstein– pero la praxis le robó sentido a la escuela, de no ser por compañeros como Alfonso Cuarón o Emmanuel Lubezki.

“Para mí, poder filmar en la escuela fue la gloria. Pero realmente lo mejor fue hacerme de un equipo de trabajo y de unos amigos que luego se volvieron mi familia”.

Un año antes de terminar, Estrada fue expulsado por rodar una película “con el espíritu de Boogie el Aceitoso”, un film noir –Vengance is mine– cuyo protagonista norteamericano odiaba a los mexicanos, a los negros y a las mujeres, “unos por huevones, otros por apestosos y ellas por putas. Fue un escándalo”.

Después de asistir en la dirección de 25 películas, se asoció con algunos compañeros en una especie de cooperativa y filmaron Camino Largo a Tijuana, una película independiente y barata aunque ambiciosa, en la que actuaron Pedro Armendáriz, Ofelia Medina, Carmen Salinas y Daniel Giménez Cacho.

El mérito de esa película, dice, fue haber puesto en el mapa a una generación “que cambió la manera de entender el negocio del cine”. Después realizó Ámbar, una producción de aventuras fantásticas, basada en un texto de Hugo Hiriart. “Se inventaron leyendas negras en las que yo me había chingado todo el presupuesto del Imcine para hacer mi bodrio”.

En agosto de 1986, murió de manera inesperada y fulminante El Perro Estrada, a los 47 años, víctima del cigarro y de un infarto. Algo anticiparon dos paros previos. “Como Rosita Alvirez, estaba de suerte: de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte”.

El fin de semana del fallecimiento fue previo al inicio de la filmación de la que sería la primer película de padre e hijo, basada en Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco. Luis pidió dos semanas para reorganizarse, y días después encontró en el periódico que Alberto Isaac era el nuevo director de su proyecto.

––¿Y cómo te repusiste de eso?
––De lo de Isaac, que además era íntimo de mi papá, demostrándole que yo era un director mucho más chingón que él. De la muerte de mi padre, no sé si me repuse del todo.

El Perrito se jacta de su autosuficiencia y su cinismo. “Son mis trademarks”, sostiene.

––Te gusta decir que eres provocador, pero en realidad nunca te marcaron límites.
––Es cierto. Fui un maverick, un caballo que no pertenecía a la bandada, que se mantenía salvaje en la pradera. Siempre desafié a la autoridad y juego con la provocación, pero el asunto no es que yo sea un provocador sino que haya a quien provocar.

Eso podemos darlo por descontado…