Retrato Hablado

Francois Esteves, jinete de salto

No hay franceses entre los ancentros de Francois. Su nombre se debe al oído caprichoso de su madre; era otra clase de jinete, uno de carreras, entregado a la velocidad.
María Scherer Ibarra
09 abril 2015 21:13 Última actualización 10 abril 2015 5:0
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Francois Esteves está en deuda con el azar, al que le debe su profesión excepcional.

Es un carioca que detesta nadar. Es hijo de un jockey que no pudo enseñarlo a montar. No hay franceses entre los ancentros de Francois. Su nombre se debe al oído caprichoso de su madre.

Su padre falleció a los treinta y ocho, en un accidente fatal. Era otra clase de jinete, uno de carreras, entregado a la velocidad. Su madre trató de alejarlo del hipódromo, ese universo de apuestas y adrenalina, pero con la suerte no se puede jugar. El niño encontró un vecino (sí, un vecino) que sabía saltar. Ese fue el arranque, fruto de la casualidad.

Francois Esteves es un hombre magro. Tiene cuarenta años. Pesa sesenta y seis kilos y mide un metro con sesenta y cinco. Llegó a México a los veintiséis, después de estudiar biología –una carrera que nunca ejerció– en la Universidad de Río de Janeiro y de una década entrenándose sobre el lomo de un caballo.

Estaba desesperado por salir de Brasil, “tan lejos de todo”. Tuvo a su favor una extraordinaria capacidad para aprender idiomas. Dominaba el inglés y el francés y se defendía con un portuñol que las películas subtituladas pronto transformaron en un español casi perfecto, al que sólo delata su acento brasileño. Pasó los primeros años en el espléndido hípico de Alfonso Romo, en Monterrey, uno de los más grandes del mundo. Francois abandonó ese paraíso unos años después porque no era atractivo montar caballos menos dotados y más jóvenes. El sitio se había convertido en un criadero, dedicado a la exportación de animales.

México no es un país donde abunden los jinetes. Sin embargo, explica Esteves, es alta la inversión en la cría de caballos. Paradójicamente, ésta no abastece al mercado interno. El mexicano vende los suyos en el extranjero y compra otros en Argentina, en Brasil, en Holanda, en Alemania, en Bélgica, en Suiza. “El ochenta por ciento de los caballos que tenemos aquí son europeos”.

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La suerte, otra vez, lanzó a Francois al rancho de los Chedraui, cerca de Lerma, en el Estado de México. Ahí volvió –y ahí se encuentra ahora en condiciones de exclusividad– después de trabajar en otros hípicos, como el del Estado Mayor Presidencial.

Es exigente la vida del jinete. No permite planeación ni anticipación alguna. Las competencias lo retienen lejos de su casa y de su hijo recién nacido la mitad de tres semanas de cada mes.

Un caballo ganador tiene que mantenerse en forma. Francois entrena todos los días a los suyos y a los de los Chedraui. Los monta, los corre, los lleva a competir y a los que están en forma, los promueve para su venta.

Sus cuatro corceles viven en el rancho de la acaudalada familia, en las mismas condiciones: mismas caballerizas, mismo transporte, siempre juntos.

Suele montar después del mediodía, primero los caballos ajenos, después los suyos, Zidane, Public View y Quintender. A estos y a los anteriores nunca, nunca se ha apegado. “Más vale no hacerlo porque un buen día los vas a vender. Un buen día se van a ir. Eso les sucede más frecuentemente a las mujeres. Terminan apegándose”.

__¿Quintender?

__Es hijo de un caballo llamado Quidam y una yegua de nombre Contender. El nombre resulta de la mezcla de los de sus papás. Se suele combinar los nombres de los animales originales para que la gente sepa de dónde proviene la descendencia.

__¿Cuándo vendes un caballo?
__Muy fácil, cuando hay una buena oferta.
Sus caballos son como atletas; tienen que esforzarse y ejercitarse lo justo para evitar lesiones que los alejen de las pistas. Francois y los veterinarios los estudian. Importa el impacto al que se someten, su peso, el tipo de adiestramiento que reciben, su condición física, su musculatura, hasta el aire que respiran.

Seis caballerangos forman parte del equipo que coordina el brasileño, al cuidado de dieciséis caballos que viven compitiendo, un desafío tras otro.

Dependiendo de la fortaleza de cada caballo, el tiempo que se le monta. Francois cabalga sobre un animal tranquilo una media hora al día, cuarenta minutos máximo. Pero un caballo más caliente, más vigoroso, más energético necesita agotarse. A esos les destina una hora por lo menos, hora y media cuando más. De modo que el jinete pasa entre tres y cinco horas aupado sobre los dorsos de cinco a ocho equinos.

––¿Qué hace un jinete para mantenerse en forma?
––Debería hacer ejercicios de fuerza en un gimnasio. Confieso que no es mi caso. Soy flojo. Sería buenísimo que nadara. Le hace bien a la espalda, pero sucede que odio nadar.

––¿Un carioca que odia nadar?
––Aquí lo tienes. Me gustan los pilates pero tampoco los practico. Te digo, soy perezoso.

––Dime que no eres un brasileño que detesta el futbol…
––¡No! Siempre estoy viendo futbol. Soy el típico brasileño que ama el futbol.

__¿No deberías controlar tu peso?
__Por supuesto. Aunque es lo mejor, en salto no hay un peso reglamentario, como se les exige a los jockeys. El máximo oscila entre los cincuenta y dos y los cincuenta y tres kilogramos como límite. Nosotros tenemos mayor flexibilidad.

__¿Se les exige también a los jinetes entrenamiento psicológico?
__Sí, claro. Se hace trabajo psicológico también. Hay que saber estar concentrado, estar enfocado, no dejar que el nervio te gane y haga de las suyas.

__¿Porque el jinete nervioso le transmite su estado de ánimo al caballo?
__Por supuesto. Cuando llegas a una competencia debes tener la certeza de que has terminado el trabajo, de que está hecho y lo único que queda es fluir.

Me pregunto y le pregunto a qué edad se retira un jinete. “Es lo bueno de este trabajo”, responde Francois. “Somos pocos y este deporte no es cruel. Da para vivir por largo tiempo. ¿Cuánto dura? Lo que el cuerpo aguante”.