Retrato Hablado
entrevista
Samuel Pascoe, director de orquesta y compositor

Este sería un país diferente si todos cantáramos en un coro

Samuel empezó a componer a los cinco años. Su familia, protestante, frecuentaba Horeb, una iglesia bautista en Ermita. Tocaba el piano y el acordeón. A los 12, de manera intuitiva, dirigía el coro.
María Scherer Ibarra
07 mayo 2015 23:35 Última actualización 08 mayo 2015 5:0
Samuel Pascoe. (ilustración)

Samuel Pascoe. (ilustración)

Samuel Pascoe es uno de esos privilegiados que dan muy pronto en la vida con su vocación. El contacto temprano con la música y su evidente facilidad lo encaminaron desde sus primeros años.

Es el único músico de su familia. Sus padres –él controlador de tránsito aéreo y ella matemática–, jubilados ambos, impulsaron la pasión naciente de su hijo. Lo metieron a clases y pronto tocaba el armonio, el órgano, la flauta, el acordeón, y poco después el piano.

“Un día me levanté temprano y descubrí la relación de la clave de fa con la clave de sol; entendí que hay una nota en común, y de repente toqué con la mano izquierda. Mi papá dormía. Se levantó corriendo. Tiene buen oído. Yo tocaba cosas que aú nome habían enseñado”.

Samuel empezó a componer a los cinco años. Su familia, protestante, frecuentaba Horeb, una iglesia bautista en Ermita. Tocaba el piano y el acordeón. A los 12, de manera intuitiva, dirigía el coro.

El pastor de la iglesia, en buena lid, le metía presión. Lo impulsó a estrenar sus primeras obras largas para coro y orquesta. “Mi situación musical era un paraíso porque tocaba todos los domingos. Además, podía improvisar, una práctica poco utilizada, salvo por los jazzistas. La improvisación abrió mi musicalidad”.

A los 15, se inscribió en la Escuela Nacional de Música. La fortuna lo acercó a un extraordinario maestro, Néstor Castañeda, que orientó su incipiente carrera hacia la composición y la dirección de orquesta y de coros.

Al terminar la licienciatura en piano, la UNAM lo becó para estudiar la maestría en Dirección Coral y Composición en Princeton, en el Westminster Choir College. Es una escuela única, parte de Rider, una universidad privada para gente acomodada en Mercer County, Nueva Jersey.

El coro sinfónico de esa escuela canta con la Filarmónica de Nueva York y con la Orquesta de Filadelfia dos veces al año y ha sido dirigido por los mejores directores del mundo, entre ellos Ricardo Muti, Kurt Masur y Leonard Bernstein.

Pascoe tuvo que regresar a México para saldar su deuda con la Universidad Nacional. Desde entonces, es maestro de tiempo completo en la Facultad de Música. También dirigió los coros de la escuela y su orquesta sinfónica y ha sido director huésped de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, la Sinfónica y la Orquesta de Cámara de la Universidad de Boston.

Más adelante, con esposa e hijos, se mudó a Boston para estudiar el doctorado, que había pospuesto, en Dirección de Orquesta. El posgrado duraba cinco años, pero la beca sólo era para tres. Samuel los sumó a un sabático, pero tuvo que meter el acelerador y trabajar para mantener a su familia. De nueva cuenta dirigió el coro de una parroquia y una orquesta formada por alumnos que no estudiaban música.

Pascoe pasó con holgura exámenes durísimos y fue el primer graduado del doctorado en Artes Musicales por la Universidad de Boston. En lugar de escribir una tesis, se le permitió componer una obra, “La Sinfonía de la Paz”.

__¿Nunca pasaste por el Conservatorio?
__No, y la verdad es que la decisión fue de lo más arbitraria. Decidí ir a la Escuela de Música porque Coyoacán me quedaba más cerca que Polanco.
__La mejor escuela es la que está más cerca, decía mi madre…
* * *

La más reciente obra de Pascoe se llama Khromaticon. En un par de semanas se presentará en Granada, con la Orquesta de Jaén, en el Simposio Internacional sobre sinestesia, ciencia y arte.
La sinestesia es la asimilación de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo. Es decir que un sinestésico, como Samuel, relaciona los colores con los sonidos, o los colores con los sabores.

“Si me dices que cante un fa, pienso en verde. Yo creía que era normal –y no es que no lo sea, o que constituya una habilidad, sino que es una condición. Yo quise aprovecharla y tomarla en cuenta para componer una obra, una sinfonía de colores”.

En Khromaticon, cada movimiento representa un color: azul, verde, blanco y rojo, los que tienen un significado musical para su autor.
A la fecha, Pascoe dirige tres coros; dos en la Facultad de Música y el coro Promúsica, para aficionados, que próximamente cumplirá 30 años, nueve de los cuales, él ha estado al frente.

__¿Cómo es la experiencia de dirigir coros de profesionales y aficionados simultáneamente?
__Es todo un reto… Por un lado tengo un coro prácticamente profesional en la Escuela de Música y por otro, dirijo aficionados que no sólo no son cantantes, que en su mayoría no leen música. Tengo que cambiar de chip constantemente…

__Me imagino que el coro de diletantes debe representarte un descanso. Ahí no hay conflictos de ego, como entre los profesionales.
__Sí, claro. Como en todo, existen pros y contras. Aunque parte de mi chamba es controlar esos egos.
Entre los principiantes, si alguien no funciona, no puedes darle las gracias, mandarlo a prepararse más y cambiarlo por otro. Ahí la mecánica es diferente porque el objetivo del coro es diferente.

__Y en el caso de los amateurs, enseñarles a usar la voz, ese bellísimo instrumento.
__Sí, claro. Hay quienes tienen un mejor instrumento que otros, de entrada, y ahí hay poco que puedes hacer. Por supuesto, siempre se puede mejorar lo que tienes.

__¿Tú cantas?
__Puedo hacer demostraciones y puedo explicarle a otros como quiero que canten, pero cantar como tal, eso no. Nunca lo he hecho.

__Dicen que la música podría cambiar el mundo, Samuel…
__Eso creo. Desde el punto de vista de lo social, es muy interesante el trabajo que hago con el coro de aficionados. Este sería un país muy diferente si todos cantáramos en un coro. El procurar contacto con las grandes obras musicales mediante el canto es una maravilla. Tiene un poder transformador. Para la gente del coro, los ensayos son momentos durante los que se sumergen en otros mundos, completamente diferentes, más calmados, mejores. Yo disfruto y aprecio mucho ser parte de eso.