Retrato Hablado
Javier Garciadiego, historiador y presidente del Colmex

“El yo creo y el yo opino no me satisfacen”

Los académicos estamos obligados a hablar de lo que ha sido producto de una investigación y de una reflexión, de conocimientos sólidos, afirma Javier Garciadiego.
María Sherer Ibarra
28 agosto 2014 21:59 Última actualización 29 agosto 2014 5:0
Ilustración Retrato Hablado Colmex

Ilustración Retrato Hablado Colmex

CIUDAD DE MÉXICO. A pesar de su amabilidad, percibo que Javier Garciadiego Dantan –presidente de El Colegio de México– se resiste a hablar de sí mismo. Dice con franqueza que es un mexicano producto de su generación, su tiempo y sus circunstancias. “No tengo biografía, tengo bibliografía”, afirma.

Nació en 1951, en la aún “risueña” Ciudad de México. Fue el tercer hermano y el primer varón de tres hijos de una típica familia clasemediera de entonces. Los Garciadiego, originarios de Guadalajara, se trasladaron a la capital en la época de la persecución religiosa. Los Dantan –según la mitomanía familiar, aclara– proviene de Danton, el revolucionario francés. Después de que fue excomulgado, de acuerdo con la fábula, sus descendientes disfrazaron el apellido.

Cursó la educación básica y media en escuelas católicas, el Colegio Simón Bolívar y el CUM, y la profesional en universidades públicas, la UNAM y el Colegio de México. La tercera institución con la que el académico se siente en deuda es el Fondo de Cultura Económica. “Me volví lector cuando irrumpió el boom latinoamericano”, cuenta. En su biblioteca hay primeras ediciones de Carlos Fuentes, de José Emilio Pacheco, de Juan Rulfo.

En la UNAM, Garciadiego se inscribió a ciencia política, impactado por el movimiento de 1968. En la facultad, sin embargo, se decepcionó del sistema político mexicano, “plano y monofónico”, con la sola voz del presidente de la República o la de su partido, en términos ideológicos. Pero se aburría.

“Me di cuenta de que la legitimidad del Estado mexicano no era una legitimidad electoral, democrática, ganada en elecciones. Era una legitimidad histórica. Es decir, que cada grupo estaba convencido de merecer el poder porque eran herederos de Zapata, de Villa, de Carranza, de Juárez, de Cuauhtémoc, de Morelos o de Hidalgo”.

Así que brincó a los estudios históricos. “Sentí que la historia sí estaba viva”.

En el Colmex, su actual presidente comenzó a trabajar en la Revolución Mexicana cuando fue invitado a Chicago por Friedrich Katz, el historiador “de dimensiones brutales”, que consideró a Garciadiego su más cercano discípulo. En aquella ciudad terminó la maestría en historia y uno de sus doctorados, en historia de América Latina.

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Garciadiego, miembro de la Academia Mexicana de Historia, fue premiado con el Salvador Azuela, que otorga el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, fue reconocido por su biografía de Manuel Gómez Morín por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y condecorado por el gobierno español con la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.

No hay calidad de vida como la del académico, sostiene. “Dar clases, investigar, publicar libros... Nuestra actividad es aprender y transmitir las enseñanzas obtenidas. Es un privilegio. Es cierto que el salario no es especialmente bueno, pero creo que es la vida más digna que uno puede tener”.

En 13 meses, el historiador dejará la presidencia del Colmex. Anticipa su regreso al cubículo. Hablamos en una sala de juntas. En una pared figuran los retratos de sus antecesores: Alfonso Reyes, presidente fundador, Daniel Cossío Villegas, Silvio Zavala, Víctor Urquidi, Mario Ojeda, Andrés Lira. “Todos hemos regresado al cubículo. La tradición del Colegio lo exige”.

__¿Qué es lo que ha sacrificado por la presidencia?
__Tiempo de investigación.

__Y sueño…
__También. Mucha vida social y muchas horas de sueño.

El historiador estará pronto lejos de la presencia pública y la actividad política que impone su cargo. Dice que no siente alivio, porque el puesto es que lo hace visible: “Volveré al anonimato felizmente”, anticipa, “aunque también he disfrutado con intensidad esta enorme
responsabilidad. Creo que la presidencia del Colegio es el puesto más hermoso de la vida académica mexicana”.

__¿Es usted uno de los escasos intelectuales de derecha? Garciadiego responde a su biografía:
“Provengo de una familia católica por ambos lados, con inclinaciones y simpatías panistas. Mi padre tenía simpatías o amistad con algunos personajes vinculados o cercanos al PAN. Por ejemplo, en la boda de mi hermana mayor, Gómez Morín fue testigo. Yo crecí con cierta simpatía, reconocimiento y admiración por algunos de sus personajes, pero nada más que eso. Por otro lado, me formé con García Cantú, que es un jacobino mexicano típico, comecuras, y luego aquí en el Colegio que es una institución de republicanos y en Chicago con Katz, el villista número uno del mundo. Entonces de derecha, no soy. Me considero un hombre moderado, que reconoce que en las tres corrientes ideológicas fundamentales de este país hay aportaciones. En un país donde hay una tradición católica tan fuerte, un porcentaje altísimo de católicos y una clase media creciente en algunas partes, creo que el PAN sostendrá una base regional y social por muchos años. En un país en donde hay una tradición de un Estado fuerte, producto de una Revolución con una ideología propia, me imagino que el PRI va a ser un partido con presencia territorial por mucho tiempo. Y en un país donde hay tanto pobre, supongo que la izquierda también va a ser una alternativa. Veo aportaciones en las tres corrientes, y por eso me considero un feliz habitante del centro que mira las cosas desde un punto equidistante. Y por cierto, yo no me considero un intelectual”.

__Sabía que me iba a decir eso...
__Pues sí, soy un académico. Los intelectuales tienen perspectivas más amplias, panoramas enormes, información sobre muchos temas y se atreven a hablar de todo. Yo no, yo trato de no opinar porque como académico le doy mucho peso a la información y a las opiniones fundadas. El yo creo y el yo opino no me satisfacen. Los académicos estamos obligados a hablar de lo que ha sido producto de una investigación y de una reflexión, de conocimientos sólidos.

Ocupante de una de las sillas de la Academia Mexicana de la Lengua para historiadores, Garciadiego confiesa que tiene dos aficiones “enfermizas” que arrastra desde la niñez: los toros y las Chivas. Desea que el equipo descienda a segunda división, como única posibilidad de que su dueño se desprenda del equipo. Los toros, reconoce, están en extinción. “Son una salvajada. Creo que conforme se racionalice el ser humano, este tipo de festejos deben desaparecer”.