Retrato Hablado
Joe Girardi, el mánager de la crisis

"El juego de beisbol se basa sólo en aspiraciones"

"Al igual que la religión, el juego del béisbol se basa en aspiraciones que casi nunca se cumplen. Genera más fracasos que éxitos... Girardi me parece un monje vestido con un uniforme a rayas".
María Scherer Ibarra
22 enero 2015 18:47 Última actualización 23 enero 2015 15:49
Joe Girardi, retrato hablado

Joe Girardi, retrato hablado

Para mis Julios...

Una tarde de verano de 1974, relata Gay Talese –ese titán del periodismo–, un chico de nueve años dejó escapar una pelota de béisbol en el Busch Stadium de St. Louis, en un duelo entre los Cardinals y los Expos de Montreal.

El niño, Joe Girardi, “acabaría siendo un excelente receptor defensa en el instituto y la universidad, y después pasaría quince años en las Grandes Ligas: como receptor en los Cubs de Chicago (1989-92), los Rockies de Colorado (1993-95), los Yankees de Nueva York (1996-99), y de nuevo en los Cubs (2000-2002), y finalmente como receptor de refuerzo con los Cardinals de St. Louis”. Su último partido, también en el Busch Stadium, lo disputó en el 2003, a los treinta y ocho.

Talese perfiló a Girardi hace un par de años, en un espléndido texto publicado en The New Yorker, El mánager de la crisis: tiempos difíciles para Joe Girardi y los Yankees.

En ese tiempo, el mánager de los Yankees, a sus cuarenta y siete –“físicamente tan en forma como casi todos los jugadores del equipo”–, atravesaba su quinta temporada al frente. Con una estatura de poco menos de 1.80, hombros anchos, caderas estrechas, y el vientre plano y endurecido de ejercitarse diariamente con el programa CrossFit, Girardi pesa dos kilos y medio menos que cuando jugaba, que entonces eran 90 kilos. Lo único que recuerda su tremenda fuerza como receptor cuando bloqueaba la base meta son los gruesos músculos de sus antebrazos, que comenzó a desarrollar de niño ayudando los fines de semana a su padre, que era albañil. Así lo describió Talese. Agregó otros adjetivos, como imperturbable, afable y distante.

Hasta hoy, los Yankees sólo han ganado una Serie Mundial con Girardi al frente, lo cual “ha decepcionado a muchos aficionados”. Tampoco le ayudó que sustituyera a Joe Torre, un entrenador muy querido, ni sus evasivas con la prensa.

Detrás de un micrófono, con los focos de las cámaras acentuando las sombras de su semblante adusto y ascético, sigue esquivando preguntas de manera educada. Me lo imagino como una figura espiritual en un cuadro renacentista, un hombre resignado a los reveses de su vocación. Al igual que la religión, el juego del béisbol se basa en aspiraciones que casi nunca se cumplen. Genera más fracasos que éxitos. En la conferencia de prensa, Girardi me parece un monje vestido con un uniforme a rayas.

Para Girardi, la paternidad es (faltaba más) más importante que el béisbol. La madre de sus tres hijos, Kim Innocenzi, una ferviente cristiana evangélica, inició un grupo de estudio de la Biblia de los Cubs de Chicago con algunas otras esposas en cuanto su marido entró a las Grandes Ligas, en 1989.

Además de su pareja, la mujer más influyente en su vida era su madre, Ángela, una mujer menuda con el pelo perfectamente permanentado, de carácter amable pero intransigente. Aceptó la devoción de Joe por los deportes sólo si sacaba buenas notas en la escuela. Mientras que el padre de Girardi, Gerald, tenía tres empleos (albañil los fines de semanas, por las noches era barman en el local de Howard Johnson, y los días laborables era representante de productos de yeso), su madre se acostaba tarde, pues estudiaba para sacarse un máster en Psicología Clínica”. En 1977, le diagnosticaron a Ángela cáncer cervical. Murió en 1984.

Talese describe la oficina de Girardi, “decorada con cascos de fútbol firmados”, porque el atleta jugó de quarterback y corredor antes de entregarse al béisbol, en la Northwestern University.

En un estante situado a su espalda, había una pelota firmada por el jugador medio Derek Jeter, después de que éste consiguiera su carrera 3 mil... A su lado había otra pelota firmada por el lanzador suplente Mariano Rivera, después de que éste se convirtiera en el líder en salvamentos de las Grandes Ligas, y una pelota aún más antigua que lleva la firma de Yogi Berra, uno de los tres receptores de los Yankees que precedieron a Girardi a la hora de convertirse en mánager del equipo.

A los entrenadores les gustaba la actitud de Girardi, un chico educado y respetuoso que se destacaba por su agilidad y versatilidad.

En 1992, cuando ganaba tres mil dólares al año con los Cubs y era uno de los favoritos de la prensa local, el jugador de brazo fuerte fue declarado transferible. Fue a dar a los Rockies de Colorado. Tres años después lo traspasaron a los Yankees, según el periodista, y su arribo en los Yankees no fue fácil: La fría bienvenida sólo consiguió que Girardi trabajara con más ahínco, afrontando los retos de manera metódica, como un albañil.

La suerte del equipo dio un vuelco entre 1996 y 1999, periodo en el que ganaron la Serie Mundial cada año, excepto en 1997. Girardi, que siempre detestó la idea de decepcionar a su padre, le regaló su primer anillo de la Serie Mundial. Posteriormente regresó a los Cubs; en 2004 fue comentarista de televisión para la cadena YES de los Yankees, y en 2005 lo contrataron como segundo entrenador, a las órdenes de Joe Torre. Dos años después, se quedó con ese puesto.

Su decisión de escoger el 27 como su número de uniforme fue significativa. La franquicia de los Yankees había ganado hasta ese momento veintiséis títulos de las Series Mundiales, y la misión de Girardi era conseguir otro.

Su entrada se complicó de nuevo. La prensa lo dibujaba como una persona “controladora y exigente”, pero lo perdonó en 2009, cuando los Yankees triunfaron en la Serie Mundial del 2009 y Joe cambió su número por el 28.

Girardi adora a su padre, de más de ochenta años. El anciano padece alzhéimer y vive en una residencia cerca de Peoria. El hijo lo llama una vez por semana, aunque del otro lado se impone el silencio.

El mánager le había confiado a la revista de alumnos de la Northwest University que su padre siempre lo había apoyado, que él era quien le lanzaba la pelota cuando era niño y quien lo llevaba a los partidos de los Cubs.

Cuando los Yankees juegan en Chicago, Girardi renta un coche y visita a su padre. Talese lo acompañó a una de esas citas en la residencia.
Al cabo de un rato Girardi se puso en pie… Antes de salir de la habitación, volvió a mirar a su padre, se inclinó hacia delante y le besó la frente.

–Te quiero, papá– dijo.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la salida, saludando a los recepcionistas, y finalmente, antes de salir del edificio, repitió, esta vez para sí:

–Te quiero, papá.