Retrato Hablado
entrevista
Darío Ramírez, director de Artículo 19 

De poco sirven las nuevas fiscalías en crímenes contra periodistas

Viajó a Centroamérica para evaluar la credibilidad de personas retenidas en Honduras, Nicaragua y Cuba, donde escuchó historias que le rompían el corazón.
María Scherer Ibarra
20 agosto 2015 21:41 Última actualización 21 agosto 2015 5:0
Darío Ramírez.

Darío Ramírez.

Los padres de Darío Ramírez rompieron violentamente, antes de que él tuviera edad para recordarlos juntos. Su madre nunca se repuso. Su padre, diplomático, llevó a sus hijos a Washington, donde vivieron un par de años. Ahí murió su hermano Luis, de diecisiete, en un accidente automovilístico.

En un fallido arranque de rebeldía, Darío decidió estudiar en la Ibero, y no en la UNAM. No se sentía cómodo entre jovencitos mimados, aunque él era uno de ellos. Su padre le había dado la gran vida: le compró un departamento en la Condesa, en el que vivió solo mientras terminaba Relaciones Internacionales.

Antes de eso, se mudó con unos amigos a La Haya para completar su carrera. Avanzó poco. Holanda no se prestaba para el estudio full time. Para la diversión y la aventura, sí.

En México se puso al corriente y aplicó para hacer su servicio profesional en la ONU, tras escuchar una conferencia del Oficial de Protección de la Oficina del Alto Comisionado para las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Comenzó con una pasantía que se prolongó hasta que se abrió un sitio y fue contratado.

El muchacho entrevistaba a solicitantes de refugio, africanos en su mayoría, que huían de crisis y matanzas. Y viajaba a Centroamérica para evaluar la credibilidad de personas retenidas en Honduras, Nicaragua y Cuba. Escuchaba historias que le rompían el corazón.

En Naciones Unidas aprendió que la defensa de los derechos humanos exige amar a los otros, exige solidaridad, exige cuidado. Se lo figuraba cuando el recién nombrado representante de ACNUR en Angola le pidió que se fuera con él en calidad de Oficial de Protección para el norte de aquel país, que soportaba la crueldad de la guerra civil.

Una semana después del ofrecimiento estaba volando a Luanda, una de las ciudades más caras del mundo por su producción petrolera y una de las más miserables también. Alcanzó la frontera entre Angola y El Congo en helicóptero, donde estaba el campo de refugiados donde haría trabajo humanitario. Había 30 mil desplazados que huían del conflicto armado en Angola y refugiados congoleños, que escapaban de su propio conflicto. “Es la historia de esos refugiados, eluden una guerra para morir en otra”.

De ese tiempo cuenta incidentes horrorosos. Su primer gran error fue empeñarse por ahorrarles una noche de sufrimiento a los muertos de hambre. En una zona de conflicto, se le había prohibido el reparto de alimentos cerca del anochecer. Darío, de 24 años, ignoró las advertencias y soslayó los protocolos de la ONU. Su ímpetu quedó borrado por el terror. En cuanto los lugareños advirtieron que el grupo no estaba armado, se amotinaron exigiendo más comida. Uno de ellos fue golpeado hasta la intervención oportuna de los cascos azules.

En un campo más pequeño, se le encomendó que acompañara a una mujer deshidratada mientras llegaba el médico. Darío le hablaba sin cesar. Cuando al fin apareció el doctor, tomó los signos vitales y preguntó a qué hora había muerto. Se quedó helado. Le había contado historias a un cadáver. “Entonces empecé a blindarme para protegerme de tanto dolor, porque uno no puede ir lloriqueando por los campamentos, aunque quizá debiéramos hacerlo”. Como aquella vez en que no tuvo más remedio, porque visitó un galerón con piso de terracería y sin luz, habilitado como hospital. Se hacía lo que se podía: alimentar a cientos de moribundos por picadura de la mosca tse-tse, la llamada enfermedad del sueño. Ahí yacía una mujer que no olvida, casi muerta, aferrada a su niña, tan muerta como la madre.

Cerca de los tres años, terminó la misión. Darío enfermó de malaria. Registraba seis de siete procampos, la medida para calcular su gravedad. Estaba mareado, vomitaba, le estallaba la cabeza. Apenas podía mover las piernas. No comía ni bebía. Unos días después fue evacuado. Convaleció en Luanda durante dos semanas y se despidió de la ONU. Se mudó a Amsterdam para cursar una maestría en Derecho Internacional y después periodismo en la Universidad de Londres.

* * *

La hazaña había terminado. Volvió a México y lo peor, a casa de su padre. Por un amigo supo de una vacante en la Secretaría de Gobernación. Ramírez redactó el Programa Nacional de Derechos Humanos de Vicente Fox, un trabajo que se fue al cesto de la basura.
Dejó la dependencia poco después de que Carlos Abascal sustituyera a Santiago Creel, justo cuando Artículo 19 –una organización internacional e independiente que protege y promueve el derecho a la libertad de expresión– abría una oficina en México. Además de dirigir esta organización (desde hace casi nueve años), Ramírez produce el Milagrito y es socio de la mezcalería La Clandestina.

En un inicio, Artículo 19 se especializó en el análisis de leyes de transparencia y acceso a la información. Luego pasó a documentar los casos de agresiones contra la prensa como actividad preponderante. 

Al inicio, batallábamos hasta para colocar la noticia sobre el homicidio de un periodista en los periódicos. También para contabilizar los casos. Estoy seguro de que tenemos un subregistro bestial

Ramírez no es un personaje popular en el gremio. Sin embargo, el trabajo y los informes que genera su oficina son cada vez más conocidos. El programa de defensa de periodistas creció y obtiene mayores presupuestos. Sin embargo, dice algo desalentado, “nada cambia”. “De poco sirven las nuevas leyes y las nuevas fiscalías”.

__Pienso que tenemos muertos, no periodistas muertos. Me hace ruido el foco, aunque entiendo la labor única del periodista.

__Yo no creo en el heroísmo ni me satisface la perspectiva de que el periodista lo deba ser.  

El Estado tiene que salvaguardar la integridad del policía, la integridad del periodista, la integridad de todos y cada uno de nosotros, pero la violencia sistemática y generalizada contra la prensa es otro asunto. No hay 88 periodistas asesinados y 17 desaparecidos en ningún otro lugar del mundo

Por la dimensión social del periodismo, el asesinato de un colega es diferente en términos del impacto, no de la vida en sí misma. Pero a Artículo 19 le corresponde denunciar lo que le pasó, por ejemplo, al fotorreportero Rubén Espinosa, y a otros les toca hacer otro tipo de denuncias. Que cada quien haga su parte.