Retrato Hablado
entrevista
Natalia Mendoza, antropóloga

De Altar a Mali:
el desierto le cambió
la perspectiva

Natalia Mendoza describe Altar como un lugar en el que había misa los domingos, narcos y mujeres de cejas depiladas, tiempo después estuvo en Mali porque tiene tradición en formas de oratoria pública y porque es desierto, como en Sonora. 
María Scherer
10 diciembre 2015 21:11 Última actualización 11 diciembre 2015 5:0
Natalia Mendoza. (ilustración)

Natalia Mendoza. (ilustración)

Natalia Mendoza al fin se acostumbró a vivir lejos del desierto. Renunció a las temperaturas criminales, al polvo, a los ranchos, a los vaqueros. Pero hay algo de lo que no puede desprenderse, porque lo lleva dentro. Es “la vieja moral ranchera”, que le cuesta definir. “Incluye una gran valoración de la independencia laboral, una resistencia a incorporarse al mercado asalariado, una ética del trabajo implacable, nostalgia por lo fronterizo –la añoranza del desierto, de los confines y afueras de la civilización, los ranchos, una especie de ‘barbarismo’–, pero también un sentido muy agudo, sobre todo entre las mujeres, de las normas y apariencias sociales, del honor y la hospitalidad, una hiper-masculinidad que a muchas mujeres les molesta, pero que a mi siempre me ha gustado, porque no es exclusiva de los hombres. También las rancheras se jactan de valentía, de entereza, de anti-sumisión”.

Creció en el DF, pero los cuentos de su padre la arrastraron a Sonora. Fue una decisión impulsiva, de adolescente. Descubrió otro mundo, uno en el que había misa los domingos, narcos y mujeres de cejas depiladas.

Para graduarse en el Colmex, escribió una tesis tan buena (Conversaciones del desierto: cultura, moral y tráfico de drogas) que fue publicada, con otro título, por el CIDE. Santa Gertrudis le llamó a Altar, el municipio natal de su padre, un rotundo páramo a menos de 100 kilómetros de la frontera norte, preludio del feroz desierto de Arizona.

Altar es su propia sombra. Fue un pueblo recio, agrícola y ganadero, que ahora pertenece al crimen organizado y al narco. Para su desgracia, Altar es clave para el tráfico de drogas y personas. Mendoza hizo un estudio etnográfico, entrevistando a nuevos y viejos amigos, parientes inmediatos y lejanos, varios de ellos entregados a la actividad ilegal. Quería comprender el rastro del crimen en la amada tierra de su padre.

En Altar, la migración es elevada y los lugareños piensan que ellos, los de fuera, son responsables de todo mal; los matones que vienen de Sinaloa, por ejemplo. Sin embargo, les gusta el dinero, y si es dinero fácil, tanto mejor. Mendoza explica que los altareños han separado el esfuerzo del mérito, que solía ser uno de los pilares de la sociedad ranchera. Poco a poco se ha devaluado el esfuerzo físico.

En sus palabras, Altar no suena peligroso. “Porque no lo era”, dice. Es un pueblo en el que la mayoría se conoce. En el 2006, cuando pasó una temporada ahí, se podían contar los homicidios con una mano, y eran siempre por conflictos de tráfico de drogas. Después se volvió arriesgado, pero sólo para los migrantes y los fuereños.

* * *

Altareño es el padre de Natalia Mendoza. Es hijo de un hombre trabajador: herrero, minero, ganadero, dueño del rancho La Esperanza, favorecido por los tiempos buenos del algodón.

Víctor Manuel Mendoza abandonó muy joven Sonora para estudiar psicología en la UNAM. Se integró a los movimientos estudiantiles de izquierda, hizo amistad con José Revueltas. Nunca se halló entre los chilangos, pero no había qué extrañar porque desapareció el mundo rural sonorense de su infancia. La pasión de su hija por los vaqueros, los contrabandistas y las historias de la Revolución era la suya. Era un aficionado a la literatura y la historia, y tenía un talento nato para hablar con todos. “Inspira confianza, tiene eso que llaman don de gentes”. Como Natalia Mendoza.

Su madre, por el contrario, es profesora del Cinvestav desde hace treinta años. Elsie Rockwell ha dedicado su vida a la investigación histórica y etnográfica de la educación rural en México, de Tlaxcala en particular. El norte no era lo suyo, lo suyo era el sur: Chiapas y Oaxaca. Es una formadora de maestros y una apasionada de la educación indígena. “Su despiste social es legendario”.

También es la editora de Natalia. “Ha leído prácticamente cada uno de mis textos desde la preparatoria”. Le debe a su madre su decisión de estudiar antropología y también incontables lecturas, conceptos y argumentos. “La mitad de mi formación académica”, señala.

La familia se instaló en Tepepan, un lugar lo suficientemente rural como para que al padre no lo matara la nostalgia. En un terreno cercano a la casa tenía una milpa, borregos y gallinas. Natalia iba a una escuela activa y más grande al Colegio Madrid, pero a media secundaria se fue para Altar, ese lugar que le cambió la perspectiva para siempre. Volvió para la preparatoria, pero cada año, en cuanto empezaban las vacaciones, arrancaba para Sonora.

Estudió relaciones internacionales en el Colmex, se fue un año a China a estudiar mandarín y entró al doctorado en Columbia. Hizo su trabajo de campo en Mali. Grabó reuniones políticas de todo tipo y recién terminó su tesis sobre discurso político, autoridad y sospecha. Escogió Mali porque tiene tradición en formas de oratoria pública y porque es desierto (de hecho, indica, está casi a la misma latitud que Sonora). Yo diría que sobre todo por lo último.

Ahora atraviesa una estancia postdoctoral en el Centro Hannah Arendt y como parte de sus responsabilidades, da clases en una cárcel. Es el programa de Bard College, que ofrece licenciaturas a reclusos de seis prisiones de Nueva York. Se ha probado que es la manera más efectiva de reducir la reincidencia.

Mendoza tiene quince alumnos: jamaiquinos, trinidarios, dominicanos, mexicanos, y puertorriqueños. No hay un “blanco”. Aprenden sobre la identidad y la autenticidad en el pensamiento latinoamericano, africano y caribeño y sobre la construcción de identidades nacionales y raciales en la literatura. Sus alumnos han leído a Octavio Paz, a Frantz Fanon, a Wole Soyinka, a Aimé Cesaire, a C.L.R. James, a Borges y a Arguedas. Algunos de ellos son parte del equipo de debate de Bard Prision Initiative, que este año derrotó al equipo de Harvard.

Mendoza está meditando sobre qué rumbo seguir, el trabajo académico o el trabajo periodístico. En cuanto a lo primero, tiene en mente un proyecto, para el cual busca financiamiento, que consiste en crear un diccionario interactivo del delito y la política en México. Especialistas definirían una serie de conceptos —“cartel”, “piso”, “halcón”, “acarreado”, por ejemplo— y luego se completaría con colaboraciones anónimas y abiertas al público, para crear un vocabulario y una base de datos que permita entender la intermediación política y criminal en México. Sería estupendo, pero faltan periodistas con su formación.