Retrato Hablado
entrevista
Gabriel Sandoval, periodista 

Apasionado por la lectura, por las historias

Gabriel Sandoval nació peruano pero acabó chileno. “Uno no es de donde nace, sino de donde se hace persona; pertenece a aquel lugar que te cambia la vida”.
María Scherer Ibarra
14 abril 2016 22:59 Última actualización 15 abril 2016 5:0
Gabriel Sandoval. (ilustración)

Gabriel Sandoval. (ilustración)

Gabriel Sandoval nació peruano pero acabó chileno. “Uno no es de donde nace, sino de donde se hace persona; pertenece a aquel lugar que te cambia la vida”.

Gabriel, el menor de tres hermanos, fue “una reconciliación mal enfocada” de sus padres. Ella lo parió en plena madurez, algo riesgoso a mediados de los años setenta. Se crió como hijo único en un barrio limeño asfixiante, de clase media alta. Intereses inconmpatibles lo separaron de sus amigos de la infancia, que se inclinaban hacia la administración para manejar las empresas que heredarían. Sandoval conservaba sólo a uno, un músico suizo-perano que recién murió de sobredosis, así que en Lima sólo le queda el amor paciente de su madre.

Su papá, empleado en el Instituto Cultural del Consulado Británico, se ha jubilado. Su historia laboral es como las de antes: sedentaria, segura, sin ruido. Se quejaba, pero se quedó ahí.

El niño Gabriel aprendió a leer y a escribir de manera prematura, y de la misma forma terminó al colegio. A los dieciseis, estaba en la Universidad Católica del Perú, en Filosofía y Teología.

Hay muchas historias en las que los libros son salvadidas. Una de ellas es la de Gabriel Sandoval. Su padre abrió distancia porque se negó a estudiar economía, o algo así. Su madre era depresiva. Él se marchitaba tratando de agradarla; se descosía para procurarle una felicidad que no estaba a su alcance. “Me comportaba como un viejo. Mi mamá era mi responsabilidad y eso me generaba montones de angustia”.

Coleccionaba enciclopedias de animales y más tarde descubrió las novelas. Recuerda tomos empastados en dorado de Esopo y de los hermanos Grimm que leyó en la biblioteca de uno de sus tíos. Adoraba esos libros. “Me hacían mucho más leve la realidad”.

La inconformidad del muchacho, que conserva, le exigía hacerse de herramientas para entender el mundo que se había hecho grande en la universidad. La lectura le permitía plantarse frente a cualquiera y acceder a esos otros mundos, más diversos y más sabrosos que el suyo, ese apretado barrio limeño.

La biblioteca pública del parque del Olivar, en pleno San Isidro, también le ensanchó la óptica. Ahí se sucedían, gozosas, sus tardes. Y también sus sábados.

El alumno Sandoval completó dos años de filosofía. Mientras corrían, se rebeló contra su familia y contra Lima, esa ciudad opresora y prejuiciosa –“al menos, así la recuerdo”–, lamenta. Casi no pisaba su casa.
Deseaba hacer valer la libertad que se había ganado a punta de gritos y desplantes de adolescente tardío.

“A los dieciocho me largo”, se prometió. Lo cumpió antes de tiempo, y su trayecto culminaría en Florianópolis. Pero antes iba a conocer un buen pedazo de Sudamérica. Anduvo una parte de la sierra de Perú, la frontera con Bolivia, pasó por Cusco, bajó por Arequipa, cruzó el desierto de Tacama, Arica, y descendió aún más, hasta Santiago de Chile. Hasta ahí llegó la plata. Sobraba para dos o tres días. “Era totalmente irresponsable; creía que el mundo se me iba a abrir. Dormí varias noches en la terminal de buses para estirarlo un poco”.

En Santiago, Sandoval resistió trabajando como mozo en un hotelito.
Su madre se ofreció a pagarle los estudios, siempre y cuando él cargara con su vida “hipsteril” –se había dejado rastas, apelmazándose el pelo con miel–. “Genial”, pensó él, y se inscribió en periodismo en la Universidad Nacional Andrés Bello, que dirigía Mónica Madariaga, la controvertida prima y exministra de Justicia de Pinochet que le dio la espalda al régimen.

A pesar de su atención dispersa, Sandoval sacó adelante la carrera con un mínimo esfuerzo. Al mismo tiempo, encontró trabajo en la salsoteca El Tucán. Buscaban personal de seguridad pero el dueño quedó impresionado por su pisco sour. Lavó copas y limpió el antro y durmió muy poco durante meses, hasta que, hacia el cuarto año de periodismo, encontró un mejor empleo en El Biógrafo, un restaurante que estaba al lado de un cine con el mismo nombre, donde se agrupaba la intelectualidad de la izquierda chilena. Gabriel les servía, y al final, barría el sitio. El administrador, que trasnochaba con un caricaturista asiduo, le invitaba un whisky al final de la jornada.

Poco después, su amigo El pelado Rosas lo subcontrató como su asistente. Su padre, que era gerente comercial de Santillana en Chile le había facilitado que completara su servicio social catalogando libros y elaborando fichas para licitaciones gubernamentales. Al final de la práctica, le ofrecieron trabajo a Sandoval.

Pronto lo ascendieron y su modesto sueldo practicante se dobló. Eso, y las ayudantías en la universidad le dieron estabilidad financiera. En cinco años, subió de un cargo a otro en Alfaguara y terminó como editor. Publicó a Marcela Serrano, a Alberto Fuguet, a Carlos Cerda y a otro montón de escritores, varios de los cuales conocía de los tiempos de El Tucán.

En 2002, aceptó una oferta de la competencia y se convirtió en director editorial para Planeta en Chile. Cuatro años más adelante, le ofrecieron la dirección editorial del grupo para Estados Unidos, México y Centroamérica.

Gabriel Sandoval ama, más que a los libros, las historias. Es un cinéfilo, y no es exigente. Ahora mismo quiere ir a ver Zoolander. Y le gusta escuchar. Todavía hay mucho de periodista en este peruano-chileno-mexicano.

Era autor de una columna en El Mercurio, que escribió durante años bajo el pseudónimo de Gustavo Santander. Se trataba de un soltero cuarentón, que hablaba de la vida de todos los días, compartía desastres emocionales propios y ajenos y, sobre todo, lo echaba todo a perder cuando parecía que al fin se avecinaba algo bueno.

Sandoval cuenta que retomará su columna pero que se cansó de ese personaje. Retomará la columna pero la protagonista será una mujer, plantada dos días antes de la boda por un cobarde aterrado con el compromiso. La chica sufrirá un colapso nervioso y su familia –“que es muy pituca”–, la encerrará en una clínica de reposo. El psiquiatra le pedirá que lo cuente todo en un diario, que se desahogue.

Y después, guiones de cine, de radio, de televisión. Historias. De historias vive Gabriel Sandoval.