Política

“Tengo un conflicto de autoridad”

José María Yazpik, actor y productor, confiesa que la fama es limitante, afirma que le gusta que le aplaudan, pero como actor. Generalmente, se siento incómodo fuera de su casa.
María Scherer Ibarra
24 abril 2014 23:21 Última actualización 25 abril 2014 5:0
Retrato hablado José María Yazpik

Retrato hablado José María Yazpik

CIUDAD DE MÉXICO. Se le manifestó en la preparatoria, de manera sutil. Se negaba rotundamente a usar corbata, a llevar el uniforme del colegio, a recortarse el pelo y la barba. Se enorgullecía de esos pequeños síntomas de rebeldía. Quería ser un pillo. El tipo malo. Eso decía su mamá.

__ Me parece que tienes un conflicto con la autoridad.
__ Lo tengo.

__ ¿Desde cuándo?
__ Desde siempre- responde José María Yazpik. “No me gusta que me digan cuándo ni lo que tengo qué hacer”.

Reprobaba con frecuencia, pero nunca desarrolló complejos. “Era güevón”, pero se las arreglaba en el último momento y aprobaba sin mayor esfuerzo las materias de la Saint Augustine High School, en San Diego. Luego dejó los estudios de comunicación en la Universidad Iberoamericana antes de terminar el primer semestre. Abandonó también, recién iniciada, la carrera de derecho en la Universidad Autónoma de Baja California. No era muy distinto al resto de sus compañeros. Solo que en su caso, el conflicto se prolongó. Se resistió a aceptar papeles secundarios en telenovelas de Televisa, y le fue rescindido su contrato de exclusividad.

Paradójicamente, reflexiona, desde entonces ha estado a las órdenes de otro tipo de autoridad: el director.

En la escuela de actuación su conducta fue similar. Detestaba el famoso método Stanislavsky, que permite a los actores crear la imagen de un personaje mediante las experiencias de su vida interior, por medios “naturales”, recreando emociones. Lo físico, lo emocional y lo intelectual, el trío de ases que pueden conducir al actor hacia la veracidad… que es lo que finalmente se busca al interpretar, sintetizó su sistema el propio Stanislavski.

Yazpik engañaba a sus maestros de actuación:
“Llegaba al resultado que esperaban por otras vías. El método usa tu memoria emocional. Para llorar, por ejemplo, debes recordar el peor momento de tu vida, recuperar tus dramas internos. Yo les explicaba que no había sufrido esos dramas; que mis hermanos estaban bien, mis papás seguían felizmente casados, que no había tragedias en mi vida. Según ellos, las estaba bloqueando, así que me desesperaba y actuaba los ejercicios; los ejecutaba formalmente, no vivencialmente. Era una farsa”.

__ ¿Ya tienes con qué?
__ Sí, claro. Con los años me he vuelto más vivencial. Aunque no soy un técnico, tampoco creo que el actor se “sumerge” en un personaje. Nunca se pierde la conciencia de lo que pasa a tu alrededor, aún en el teatro. Estás al tanto de la luz, del público, de los estímulos...
“Tenía 26 años. Me iba a casar y me mandaron a la mierda. Ella necesitaba seguridad económica y yo no podía ofrecérsela. Me repuse y luego vino la etapa de ‘ahora la pagan todas’. Fue una experiencia humillante, pero me redirigió.”

En su trabajo cinematográfico destacan sus participaciones en La habitación azul, Nicotina, Las vueltas del citrillo, The Burning Plain (de Guillermo Arriaga) y las de Almodóvar: Hable con ella, La mala educación, Los amantes pasajeros.

__ ¿Cómo lidias con el director en turno?
__ Produciendo. Cuando produzco, adquiero el control. También procuro trabajar con los directores que prefiero, los que me dejan participar en el proceso, en la creación y en el análisis de mis personajes. Pedro Almodóvar fue la excepción. Él te indica hasta la forma de entonar un texto. A otro le hubiera dicho ‘Estás pendejo’, pero me hice a la idea de tomármelo como una enseñanza”.
Hablamos del teatro, de la televisión, que –le cuento– me aterra. Yazpik prefiere el teatro. Por supuesto: depende más de él.

__ En la televisión, me desconozco. ¿Te pasa lo mismo?
__ Ni me digas. No me soporto. Me salgo en los estrenos. El teatro, en cambio, es maravilloso: ensayas mes y medio y a la tercera llamada, el director vale madre. Es la pureza de la actuación. Si las butacas rechinan, sabes que pierdes al público y que tienes que agarrarlo otra vez, de inmediato. Si en una función no hubo magia, tienes la siguiente para recuperarte. Es irrepetible...

***

Se me ocurre que otro de los síntomas de la rebeldía sin causa de José María Yazpik es su opinión sobre la meca del cine. Es tiempo perdido, asegura: “Viví en Los Ángeles en el 2008. Tenía agente, películas por estrenar; era el momento propicio…”

__ ¿Y?
__ Aquí había historias por contar. Tengo a Hollywood bloqueado. Genera una cantidad de mierda im-pre-sio-nante. Es una falta de respeto. Sé que no voy a hacer de vampiro, ni de narco, ni de narco vampiro. Para triunfar ahí se necesita talento, pero sobre todo suerte, una gran capacidad para las relaciones públicas y una cuenta gorda de banco.

__ ¿Te molesta la notoriedad?
__ Creo que la fama es limitante. Me gusta que me aplaudan, pero no me gusta platicar de mi trabajo. Me gusta la actuación, pero como actor, me siento incómodo fuera de mi casa.
En efecto, confiesa poco a poco, esa familiaridad que parece otorgar la pantalla, esa distancia que se difumina es terrible. “Te sientes observado, juzgado, exhibido”.

__ ¿Se puede evitar la ilusión de proximidad?
__ Bueno, yo no soy una superestrella. Lo tengo más fácil. Creo que la gente nota cuando pintas tu raya. Es como un olor que desprendes.
Siempre he imaginado a los actores como seres solitarios. Rodeados de gente cuando los envuelven las luces y las cámaras. Yazpik explica que la actuación no es solitaria en sí misma -es una profesión rica en experiencia y emoción- pero sí lo es su consecuencia. Él es un ermitaño, y lo lamenta. Sin embargo, lo tiene todo dispuesto para salir de su casa, en la colonia Roma, tan poco como sea posible.

__ ¿Qué te repele del exterior?
__ El ruido. Me aturde. Me encabrona la basura, bares, las manadas de hipsters. Pero vivo en la Roma. No tendría que quejarme. La verdad es: me cala ser tan ermitaño. Siento que me estoy perdiendo de la vida misma.

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