Política

Ser receptivo, pedir ayuda y aprender rápido, las claves: Anaya Cortés

Tras ser Subsecretario de Planeación de la Secretaría de Turismo, tuvo contacto con personajes de la vida política nacional, y le valió más tarde su candidatura a diputado federal, tras involucrarse en la campaña de Josefina Vázquez Mota.
María Scherer Ibarra
13 marzo 2014 22:53 Última actualización 14 marzo 2014 11:45
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Retrato hablado, Anaya

Retrato hablado, Anaya

CIUDAD DE MÉXICO. Ricardo Anaya no es el primer “niño maravilla” de Acción Nacional. En ese partido, dirigentes y militantes destacados ponderan la juventud como un gran valor entre los suyos. Joven y bueno, doblemente bueno.

Este singular panista, sin embargo, entiende que han sido otras virtudes las que han propulsado su impetuosa carrera política. Gratitud y humildad no son palabras frecuentes en el vocabulario de nuestros legisladores.

La semana pasada, el presidente más joven en la historia reciente del Congreso condujo su última sesión al frente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. Anaya se cuenta entre los pocos reconocidos por sus adversarios, algunos de los cuales protestaron a gritos cuando se anunció que se daría trámite a su solicitud de licencia.

__ ¿Qué hiciste diferente?
__ Creo que llegué con la humildad de quien nunca ha sido diputado federal. Fui consciente de que tenía que ser muy receptivo, estudiar, pedir ayuda, escuchar consejos y, sobre todo, aprender rápido. Procuré equilibrar la firmeza para aplicar el reglamento con la prudencia para escuchar a todos. Quise que nadie, en ninguno de los siete grupos parlamentarios, se sintiera atropellado y que el Congreso se sintiera representado en cada uno de mis discursos”.

Entre sus exposiciones, destaca aquella en la que reclamó al embajador estadounidense, Anthony Wayne, el espionaje del gobierno de su país al presidente y al expresidente de México.

No fue la cita clásica de Benito Juárez la que impactó durante la instalación del grupo de Amistad México-Estados Unidos, sino que Anaya fue el único legislador que exigió consideración al diplomático. No enmudeció, como el resto: “No se debe callar por respeto lo que puede decirse respetuosamente”.

Cuentan sus colaboradores que Anaya escribe sus discursos con un equipo integrado por actuaria, que provee materia prima numérica, y una lingüista, que lo dota de referente literarios. Al terminar, busca siempre la validación de alguna persona de confianza. Y llegado el momento, no los memoriza. Mucho menos los lee.

__ ¿Es la juventud una virtud en política?
__ La juventud es estrictamente circunstancial. Más que en el relevo generacional, yo creo en el diálogo entre generaciones, en esa combinación de energía y experiencia que da muy buenos resultados.

Ricardo Anaya tiene 35 años. Parecen muchos para ese rostro infantil, pocos para haber construido una carrera asentada tan de golpe.

En 1997, cuando el PAN ganó la presidencia municipal de Querétaro, Anaya conocía al alcalde electo por razones fortuitas, de vecindad. Desde la campaña, el estudiante se había acercado a Francisco Garrido Patrón, quien lo incorporó a su equipo como cabeza del Instituto de la Juventud, mientras estudiaba leyes en la Universidad Autónoma de Querétaro.

En adelante, el muchacho siguió a Garrido. Primero coordinó su campaña interna para dirigir el PAN estatal y después la campaña constitucional. De manera natural, se quedó como secretario particular del gobernador. En el transcurso de la administración, estudió la maestría en derecho fiscal y el doctorado en Ciencias Políticas en la UNAM, que culminó, dice con modestia, “gracias a la carga presencial moderada”. Se tituló con una tesis sobre la ideología de Acción Nacional, con mención honorífica, lo mismo que en los grados académicos anteriores.

Su trayectoria despegó mientras fungía a la vez como coordinador de los diputados queretanos y líder estatal de su partido. Entonces, Gerardo Ruiz Mateos –entonces Jefe de la Oficina de la Presidencia– le comunicó que sería nombrado subsecretario de Planeación de la Secretaría de Turismo.

Ese puesto lo puso en contacto con personajes de la vida política nacional, y le valió más tarde su candidatura a diputado federal, tras involucrarse en la campaña de Josefina Vázquez Mota.

Aunque no tenía un cargo operativo, Anaya era miembro del cuarto de guerra, una especie de secretario técnico. Ahí estableció una relación con el actual dirigente panista, cuyo voto, sostiene, fue determinante para que presidiera la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados.

Anaya es el insólito compañero de fórmula de Gustavo Madero para la secretaría general y la presidencia del PAN, respectivamente. La destreza que mostró el joven entre los diputados –al sacar adelante proyectos legislativos tan complicados como las reformas laboral, educativa, de telecomunicaciones, energética y de competencia será puesta a prueba en una de las contiendas internas más agresivas de ese partido.

También suena entre sus partidarios como el candidato que podría devolver Querétaro a los panistas, cuando se renueve la gubernatura el año próximo.

__ ¿Por qué aceptaste la invitación de Madero?
__ Por gratitud. Estoy en deuda con él.

Consumen su tiempo lecturas obligadas: información específica para preparar sus intervenciones en la Cámara, prensa nacional –sobre todo– y The Economist, que no perdona: “Me da perspectiva”.

__ ¿Qué lees por placer?
__ Física.
Le divierte mi asombro.
__ Bueno, física pop.

Habla brevemente sobre The Grand Design, de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, un análisis de la historia de los conocimientos científicos sobre el universo.

“Ese tema me hace cambiar de canal, pero siempre me ha intrigado saber de dónde venimos y de qué tamaño es el universo”.

Cuenta que el verdadero gozo lo encuentra en la música, para la que también tiene aptitud. Toca el piano y el sintetizador de viento, dispositivo electrónico que imita distintos instrumentos de viento como el saxofón, la trompeta o la flauta.

__ ¿Trabajas con música?

__ Nunca. Si hago las dos cosas a la vez, siento que la ignoro, y si le presto atención, me parece que no me concentro. Si me siento a escuchar música, eso hago, nada más.

Ricardo es el hijo menor de una pareja desligada de la política y del PAN. Nadie en su familia ha tenido vida partidista. Es una ventaja, afirma. “Son observadores bastante objetivos. Tengo retroalimentación ciudadana en casa”.

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