Política

Segregados, el rock de la cárcel

01 febrero 2014 10:7 Última actualización 23 noviembre 2013 5:2

 [Un mariachi, un norteño, un rockero y un jazzista forman un singular grupo... adentro del reclusorio; ésta es su historia / Braulio Tenorio / El Financiero]


 
 
Sandra Marina
Su destino tuvo que ver con una “desafortunada fortuna” en el Reclusorio Oriente. Su objetivo fue liberarse de las entrañas del penal y lo lograron mediante la creación de música en los baños del auditorio de las enrejadas instalaciones.
 
Rock, reggae y ska fue la oración de todos los días para poder sobrevivir en el hostil ambiente. Un mariachi, un norteño, un rockanrolero, un jazzista, más otros reclusos que se acercaron por curiosidad, que donaron instrumentos, ayudaron con los problemas técnicos y, quienes algunos de ellos finalmente aprendieron a tocar algún instrumento, formaron una hermandad en el penal para crear el proyecto musical “Segregados”.
 
Durante varios años los presuntos culpables ensayaron más de ocho horas continúas al día. Empezaron con coveres de bandas como Led Zepellin, Black Sabbath y La Maldita Vecindad, para luego crear música original que complementaron con canciones del interno Pascasio Torres González, un cautivo adulto que se ponía a tocar la lira en el patio.
 
En el penal Oriente grabaron el disco Todo es playa, lo presentaron ante centenas de reclusos, “un público muy exigente”, afirman; y ahora, quienes quedaron en libertad, mantienen el deseo de impulsar Segregados, además de apoyar proyectos culturales que continúan tras las rejas.
 
Presuntos culpables
 

 
 
El diálogo tiene lugar en un café del norte de la ciudad de México. Ahí, Jonathan Álvarez, de 30 años de edad, vocalista y guitarrista; Francisco Ramírez, de 46, percusionista; Charly Albarrán El Norteño, de 28, saxofonista; aseguran haber sido acusados de “un crimen que no cometimos”. Evaden la pregunta de por qué cayeron en prisión, bajo el argumento de evitar el morbo y ser reconocidos por su talento y calidad musical.
 
Sólo Pablo, El Panque, se anima a revelar su experiencia. Fue acusado por el delito de corrupción de menores y condenado a diez años de prisión.
 
“Fue un caso muy complicado que duró dos años. Pero al final de cuentas se pudo comprobar que no había tenido nada que ver y se ganó el amparo, salí absuelto”. El próximo 29 de noviembre cumplirá un año en libertad.
 
Estudiante del CCH Azcapotzalco, Pablo aprovechó una tarde para reunirse con sus amigos en un billar cercano a la escuela. Esa tarde, un operativo montado por la procuraduría llegó al lugar. Varios fueron detenidos, pero Pablo fue acusado de ser el propietario del negocio.
 
“No sé de dónde sacaron esa idea. El mismo propietario, que también fue detenido, desde un inicio declaró que yo solamente era cliente. Pero a las autoridades no les importó. Fue un error del juez y del magistrado que confirmó la sentencia”.
 
Pablo, quien desde los diez años de edad toca de oído la batería y a los 14 años entró a una escuela de música, comenta que al principio experimentó enojo por haber sido encerrado injustamente.
 
“Entras y ves el lugar como un monstruo, lo único que hay son bardas, torres y rejas. No sabes con qué te vas a encontrar. Adentro escuchas de todo: que mataron, secuestraron, violaron, que son adoradores de la santa muerte, del coco, de su mama… caigo en shock y me pregunto ¿qué hago aquí?
 
“Pero luego asumes la realidad y tratas de enfrentarla de la mejor manera. Como dice Paco, al final de cuentas llegar al reclu fue una desafortunada fortuna, pues tuve de regreso a mi papá y a mi pareja, e hice amigos. Nunca pensé encontrar la amistad allá adentro… El hecho de que mi familia sabía que era inocente, me mantuvo de pie.”
 
Pablo comenta que cuando quedó en libertad y tuvo que regresar al juzgado por unos documentos, “iba con altivez, con las ganas de reprocharle al juez que se había equivocado pese a ser doctor en Derecho. Pero finalmente lo salude bien, le dije buenas tardes, que Dios lo bendiga.
 
Al personal del juzgado les dio gusto verme. Todavía uno de ellos se acercó y me dijo: Desde el principio sabía que tú no tenías que estar aquí, pero tú sabes, esto es la chamba”.
 
Pablo decidió abandonar el Conservatorio Nacional de Música, donde estudió un año. En enero entrará a la UNAM a estudiar Derecho y seguirá pegándole a la bataca en su ánimo de continuar con Segregados.
 
El comienzo
 

 
Jonathan Álvarez, representante de la banda, y quien el pasado 14 de febrero obtuvo su libertad luego de más de cinco años de prisión, relata que “hacer música tras las rejas significó nuestra fuga, nuestra liberación. Tanto lo disfrutamos que lo transmitimos y varias personas empezaron a sumarse al proyecto. Nos ayudaban a cargar y armar instrumentos y nos pedían consejos para aprender a tocar.”
 
Jonathan, quien se tocaba covers en antros de la colonia Morelos, califica como curioso su encuentro con Fabián Monsón Mogoñan, bajista, en la cárcel, pues pese a que ambos se dedicaban a lo mismo y tienen domicilio en la misma comunidad, nunca cruzaron camino.
 
Pese a ser casi vecinos, nuestras vidas coincidieron en el Anexo 7, zona 4, del reclusorio Oriente. Luego conocimos a Sergio Corona Serrano, trombonista, con quien sacamos una canción de Panteón Rococo y sonó bien. Y luego llegó José Luis Flores Tlapala, “El Mariachi”, tocando su trompeta”.
 
Francisco, sentenciado a ocho años nueve meses, llegó a Segregados cuando el grupo ya estaba formado. “No quería entrar al grupo porque no sabía tocar nada. Sólo quería una comisión para ganarme un beneficio y salir pronto.
 
Ellos me fueron involucrando. Un día me dieron una conga y me dijeron pégale. Y fui aprendiendo”.
 
Fue entonces cuando surgió la necesidad de encontrar, en las entrañas del penal, un lugar para ensayar, para fugarse.
 
Realidad alterna
 

 
 
Debido a que cualquier rincón de un penal es monopolizado por los mismos internos, el único espacio “libre” que hallaron para ensayar fueron los baños del auditorio. Los limpiaron, arreglaron el drenaje y dieron inicio a las reuniones musicales con tres horas al día, que luego se prolongaron a diez y hasta de comer se olvidaban.
 
Ese sitio significó para nosotros una realidad alterna. Para las personas de adentro y afuera del penal sólo éramos unos presos, sin embargo allí éramos los mejores músicos, éramos libres. Después, allí nos cayó todo aquel que quería escapar del entorno hostil que existe en una cárcel”.
 
Jonathan rememora: “Creo que lo que más recordamos de Oriente son los slams que se hacían. Los he visto en Ecatepec, en Tláhuac, pero no hay ninguno más recio y denso que el del dormitorio 7. En una ocasión el concierto terminó a los 23 minutos con tres descalabrados”.
 
Francisco, liberado el pasado 12 junio tras cinco años de prisión, agrega: “Pero nos escuchábamos tan bien que hasta las autoridades del penal iban a los baños del auditorio a vernos tocar.
 
“En distintas ocasiones nos llegaron a visitar la Maldita Vecindad y Botellita de Jerez. La Gusana Ciega nos mandó una consola. Poco a poco nos fue llegando equipo por todos lados, hasta de gente que ni conocías”.
 
Una condición mental
Todo es playa” es una expresión canera, una “condición mental”, que da la idea de que todo está bajo control, que no hay prisa. Además, como dice una de sus canciones, en la prisión también “hay palmeras, tiburones y una bola de cabrones”.
 
Todo es playa” es el nombre que Segregados dio a su primer disco grabado y producido en los baños del auditorio que fueron acondicionados como estudio, mediante la colocación de colchonetas en las paredes.
 
La discográfica mexicana independiente Intolerancia les facilitó el material para la grabación, pero Segregados hicieron la musicalización, sonorización, los arreglos y la mezcla.
 
La sobrepoblación en la prisión, la corrupción, el acceso a las drogas, los controles y las extorsiones de los guardias, los roles de poder, además de los sueños y el amor son los temas de diez canciones que pegan a ritmo de reggae y ska.
 
Finalmente, el 23 de mayo de 2011, tras los barrotes y con la patada de La Maldita Vecindad, fue la presentación del disco, del cual sacaron tres mil copias. Todo es playa fue nominado al mejor disco de ska por la Indian World.
 
“Pese a que cada uno tiene gustos musicales diferentes, entre todos hay una gran empatía. En el escenario es como poner en una licuadora la música norteña, tropical, de mariachi, rockera, de un trombonista de banda, y tener como resultado una sabrosa mezcla”, comenta Charly.
 
La realidad afuera
Charly, integrante desde pequeño de un grupo norteño liderado por su papá y quien aprendió a tocar el saxofón en la cárcel, narra que “estar fuera de prisión es volver a vivir, pero también es encontrarse con la realidad”.
 
“Cuando iba a salir me advertían que todo estaba muy difícil: no hay dinero, no hay trabajo. Y sí, así es, sin embargo, luego de estar encerrados, ya lo vemos de otra manera y traemos el ánimo de continuar con el proyecto”.
 
Francisco, dedicado a la soldadura industrial y a montar un estudio para ensayar, agrega: “Es curioso pero en vez de bajarnos el ánimo vemos para adelante. Pese a que estando libres, estamos presos del tiempo y del trabajo para tener algo para comer, la idea es darnos el espacio para ensayar y dar a conocer a Segregados”.
 
Jonathan, quien rehizo la preparatoria y procreó un hijo en prisión, destaca que la idea es impulsar el proyecto afuera y dentro del penal.
 
“Así como nos apoyaron, también queremos hacerlo con nuestros hermanos que siguen en la cárcel, pero que a través de la música, encuentran su libertad, su refugio, su escape.
 
 
 

 
 
 
 
 
 
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