Política

“Necesito ese mundo que el hombre ha transformado”

A Enrique Norten se le reconoce como uno de los agentes renovadores de la arquitectura y el urbanismo de la Condesa. Además de la modernización del Teatro de Los Insurgentes. 
María Scherer Ibarra
01 mayo 2014 21:45 Última actualización 02 mayo 2014 5:0
Retrato hablado Enrique Norten

Retrato hablado Enrique Norten

CIUDAD DE MÉXICO. Enrique Norten no es ningún forastero; es un ente de la Condesa. Pasó los días más radiantes de su infancia en la calle de Cuernavaca. Hace veinticinco años instaló ahí mismo su oficina. Aún se fía del peluquero que está sobre Vicente Suárez –frente al mercado– al que lo llevó por primera vez su padre, que en unos años alcanzará los cien.

Norten es el molde del hombre de mundo, el cosmopolita prendido de su barrio, que recorre a pie. El que se procura una vida simple, pueblerina, por la que suspiran los habitantes de las grandes capitales del mundo. “Me gusta toparme con el vendedor de periódicos, saludar al dueño de la miscelánea, a la señora de las quesadillas”.

Jurado en el concurso para el World Trade Center Site Memorial de Nueva York, subraya su pertenencia: de Cuernavaca, su familia se mudó en busca de un espacio más amplio a una casa en la esquina de Mexicali y Ensenada. “Llegaba de la escuela, botaba la mochila y me montaba en la bicicleta. Hacía esas cosas sencillas que no se les ocurren a los niños de hoy. Era parte de una pandilla en la que había pobres, ricos y clasemedieros. Habitábamos una ciudad segura y libre y, en ese sentido, mucho más democrática. Compartíamos la calle”.

A Norten se le reconoce como uno de los agentes renovadores de la arquitectura y el urbanismo de la Condesa. Además de la modernización del Teatro de Los Insurgentes, despunta en su trayectoria la escuela de Teatro del Centro Nacional de las Artes y el hotel Habita de Polanco. En Nueva York construyó el primer rascacielos de Harlem y diseñó la Biblioteca Pública para las Artes Escénicas de Brooklyn.

***

Su padre huyó de Berlín para salvar la vida. Se ocultó en Siberia, donde escaseaba la mano de obra. Herró cientos de caballos y aprendió el áspero oficio de la carpintería. Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial buscó en un centro de reunión en Austria a una familia que casi se había extinguido. Quedaban unos cuantos en Estados Unidos. Fue hacia allá pero su nave, como tantas otras, se desvió. El joven desembarcó en Centroamérica. Perseveró en su ruta hacia el norte y unos parientes lejanos lo hospedaron en México, donde se dedicó a la venta de productos de limpieza para el hogar. Poco después conoció a la que se convirtió en su esposa, con la que engendró tres hijos, el primogénito y dos niñas.

El alemán emprendedor y su mujer no fueron una referencia en la vida profesional del joven Norten. Tampoco el Colegio Israelita. “A mis padres no les interesaba el mundo creativo ni el mundo intelectual. Y yo fui dando tumbos. No sabía cómo articular mis intereses”.

Se inscribió brevemente en la UNAM, en Economía. Luego se matriculó en Diseño, en la Universidad Iberoamericana, que se pagaba con los cursos veraniegos de tenis que daba en Canadá. Sabía que de la vida deportiva profesional estaba lejos. Sus intereses, sin embargo, eran tan vastos como el mundo de los objetos. Se embelesaba al observar una silla, una lámpara, un lápiz. Por aproximaciones, llegó hasta la arquitectura, a pesar del desánimo del director de carrera de aquel tiempo.

__ ¿Cómo supiste que eras bueno?
__ Poco a poco… Comencé a viajar; descubrí las ciudades coloniales y la riqueza del espacio. Saqué buenas calificaciones, que fueron un estímulo y me encarrilé.

Norten fue becado para estudiar una maestría en arquitectura en la Universidad Cornell. Mal vivió con ésa y una subvención complementaria. Al concluir el posgrado, permaneció un año en Nueva York, entregado a la investigación. Al volver, se inició como socio de Albin y Norten Arquitectos y en 1986 fundó TEN Arquitectos (Taller de Enrique Norten).

Desde entonces da clases. En los inicios instruyó a alumnos de su alma máter. Actualmente es titular de la Cátedra Miller en la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, donde nacieron sus hijos. No es un maestro de teoría ni de historia de la arquitectura. Es lo que se denomina un profesor de práctica.

También impartió la cátedra O’Neil Ford en la Universidad de Texas en Austin, la Lorch en la Universidad de Michigan y fue el Crítico de Diseño Visitante Elliot Noyes en Harvard. Ha sido profesor invitado en Cornell, Parsons School of Design, Pratt Institute, Sci-Arc, Rice University, Columbia y la escuela de Arquitectura de Yale.

Es larga la lista de sus premios: ganó el primer Mies van der Rohe de Latinoamérica (uno de los premios más prestigiosos de arquitectura en Europa), fue nombrado Miembro Honorario del American Institute of Architects, recibió la Medalla de Oro por parte del Society of American Registered Architects, el Certificado al Mérito por el Municipal Art Society de Nueva York y el Premio Mundial de las Artes Leonardo da Vinci del Consejo Cultural Mundial.

Disfruta tanto de la enseñanza que ha fragmentado su existencia: “Tengo una vida esquizofrénica, una la vivo en México, la ciudad de mi corazón, y otra en Nueva York, la ciudad de mi elección. Mis dos vidas son dos películas que se tocan”.

La tercera parte de su tiempo es, según el arquitecto, la más complicada. La pasa –literalmente– por medio mundo, cumpliendo con una exhaustiva agenda de trabajo. Atiende compromisos en calidad de jurado, conferencista, miembro de patronatos de diferentes organizaciones internacionales (como la Fundación Holcim para el Desarrollo Sustentable o la del Deutsche Bank) y ponente en reuniones de profesionales. “Lo menos que puedo hacer es compartir mi experiencia para intentar devolver lo que he recibido”.

__ ¿Una vez que conoces todo el mundo, qué sentido tiene seguir viajando? ¿Qué buscas?
__ El mundo es una red de ciudades que se complementan. Siempre hay algo que descubrir.
“Con cada ciudad creas una relación apasionada. Yo necesito ese mundo que el hombre ha transformado”.

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