Megaestacionamiento llamado Zócalo
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Megaestacionamiento llamado Zócalo

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Política

Megaestacionamiento llamado Zócalo

Tras las constantes críticas en redes sociales, anoche, el Gobierno federal se disculpó por el uso indebido de la Plaza de la Constitución.

Rafael Montes
03/09/2014

CIUDAD DE MÉXICO. Si el poder tuviera que igualarse a un auto, éste tendría forma de Suburban. Para ellos, los hombres en el poder, los de traje y corbata finos y celular caro pegado al oído, ese vehículo es el símbolo de la autoridad, es el que puede romper todas las barreras y abatir todas las reglas. Es el que puede pisar sin problemas la plaza principal de la ciudad de México. Ayer, el Zócalo capitalino, plaza pública por excelencia, fue un estacionamiento privado.

La ceremonia del discurso del Segundo Informe de Gobierno del Presidente de México, en el Palacio Nacional, ameritaba una gran convocatoria. Para ello, se requería espacio. Entonces, por eso, desde la madrugada del lunes, el cerco en la Plaza de la Constitución comenzó en las calles aledañas, porque el primer cuadro de la República Mexicana, se convertiría en espacio destinado exclusivamente a los vehículos de los políticos.

Las vallas metálicas resguardaron ese espacio y los hombres de negro, los elementos del Estado Mayor Presidencial vigilaron que nadie violentara el espacio vital de la clase política y de sus automóviles. Por ello, el paso para las personas se restringió y el ritmo del primer cuadrante de la capital del país se modificó, se paralizó, mientras el Presidente hablaba.

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Porque no sólo se vio a las camionetas invadiendo el espacio próximo del lábaro patrio, sino que también invadieron las calles de alrededor. Se estacionaron donde regularmente está prohibido. Los choferes y guardaespaldas fulminaban con la mirada al ciudadano de a pie que se irritaba por tanto auto obstaculizando los pasos que comúnmente están libres.

Las imágenes aéreas del estacionamiento llamado Zócalo circularon por las redes sociales y causaron críticas entre algunos de los cibernautas. 

Y por si alguien tendía duda de que fue un estacionamiento auténtico, por la calle de 20 de Noviembre se veía a los jóvenes con chaleco azul cielo repartiendo automóviles en medio del caos que ocasionaron desde ahí hasta la Calzada de Tlalpan. Eran valets parking entregando autos a sus choferes, que esperaban pegados a las rejas custodiadas por los policías del Estado Mayor Presidencial.

Después, lo que vino no fue una salida agradable. Ocurrió lo que tenía que ocurrir: la saturación del trazo vial diseñado desde tiempos de la Colonia, cuando los hombres de poder no usaban camionetas.

Las calles de 5 de Mayo, Tacuba, Palma, Venustiano Carranza, 20 de Noviembre, Bolívar y anexas, se llenaron de autos tan rápido como se llena un globo de aire. Los expertos en movilidad han dicho que el flujo vehicular es como un fluido, se distribuye hacia donde haya espacio y lo satura. Así pasó. El Centro Histórico se congestionó de camionetas en las que, por mucho, viajaban dos personas: el político y su inseparable chofer.

Lo peor fue cuando al chofer le invadía la impaciencia, pues comenzaba a pitar y así, era un efecto en cadena. Pero esto de los embotellamientos es una paradoja. De nada sirve tocar el claxon cuando el motivo del caos es el mismo auto que se queja de que no avanza, porque ese auto forma parte de ese montón de obstáculos que se estorban los unos a los otros.

Pero eso ya no importaba a las dos de la tarde. Los aplausos habían cesado y el Presidente… él tiene un helicóptero para no perder el tiempo atorado en la ciudad.

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