Política

Los secretos del desierto

01 febrero 2014 9:10 Última actualización 29 noviembre 2013 5:30

 [Vestigios marinos y huellas de dinosaurio a sólo tres horas del DF / Alfredo Peñuelas] 


 
Alfredo Peñuelas Rivas / enviado
 
Vine a San Juan Raya, Puebla, porque me dijeron… Si el adjetivo “rulfiano” tendría que utilizarse éste sería el momento indicado. Después de dos horas y media de carretera el paisaje cambia radicalmente. Una inmensa alfombra de tierra blanca aguijoneada por los cactus más enormes que haya visto jamás hacen del horizonte una suerte de alfiletero infinito
 
¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? Parece increíble que alguna vez esta zona del mundo estuviera el mar. Por la distancia se podría decir que la ciudad de México tiene su propio desierto apenas a tres horas de camino. Ya atrás ha quedado el último vestigio urbano, Tehuacán es cualquier cosa menos una ciudad hospitalaria, de no ser por la bebida a la que ha dado nombre nadie la recordaría, un pequeño reducto de una urbe que mezcla la modernidad con lo provinciano creando una suerte de minicaos.
 
Vengo del Distrito Federal, no necesito más de esto”, dije hace media hora antes de que la avenida que surca la ciudad conocida como Reforma (otra obviedad) me llevara al libramiento con dirección a Zapotitlán Salinas. Pueblos pequeños y casas de colores deslavados por la erosión y el sol se aparecen el camino. Un letrero me dice que es el lugar indicado: “Bienvenidos a Zapotitlán Salinas”.
 
La reserva de la biósfera de Tehuacán-Cuicatlán es la más grande del planeta, y en sus más de 490 mil 800 hectáreas guarda un paraíso de biodiversidad que sólo los ojos expertos alcanzan a apreciar a la distancia. Cuando uno se acerca se da cuenta de que el desierto está lleno de vida. Aquí se encuentran más de dos mil 800 especies de plantas, entre los que sobresalen 10 por ciento de las especies de las cactáceas que existen en México. Además hay 102 especies de mamíferos, 356 de aves y 53 especies de reptiles, algunos de ellos venenosos.
 
Sabores impronunciables y una hospitalidad única
 

 
“¿Falta mucho para San Juan Raya?”, pregunto a la mesera del restaurante Itandehui. “Como a media hora”, responde. “No, como a dos horas,” corrige su compañera.
 
 
La verdad es que da igual, en el desierto el tiempo se mide con los relojes de arenas blancas, saladas y eternas. Pido un plato de Cuchamá al ajillo para aventurarme en los sabores locales. Estos hermosos gusanos verdes crecen por decenas entre las hojas de un frondoso árbol llamado Mantecón o Palo Verde, acá los preparan fritos con ajo y son simplemente deliciosos.
 
 
Ya antes me había aventurado con unas quesadillas de tetechas que no son otra cosa que los frutos de los cactus que conocemos como órganos, todo esto acompañado por una refrescante agua de pitahaya. Esta combinación de sabores explican lo que uno ve: el desierto está lleno de vida y de sabor. “¿Quiere un traguito de licor de garambuyo?”, me ofrece una voz amable y le digo que sí con una simple sonrisa.
 
La gente de este lugar es amable. Después de encontrar dificultades para hospedarme en algún hotel de Tehuacán, todo por haber cometido el pecado de aventurarme a hacer el viaje sin reservación previa y con la osadía de llevar a mi mascota y compañero, el buen Jack, mi esposa me dijo: “Vámonos, seguro allá encontraremos un lugar donde quedarnos”.
 
 
La decisión no pudo ser más certera. Nuestros anfitriones son un joven matrimonio con tres hijos pequeños. Pedro emigró a Estados Unidos en busca de fortuna y con el dinero que le enviaba a Josefina decidieron hacer lo impensable: construir un hotel. El pequeño hostal Calvario recibe su nombre de la iglesia vecina. Tiene una vista privilegiada del pueblo ya que se encuentra en la colina más alta. En los sus cuatro años de existencia se han hospedado en sus cuartos lo mismo investigadores de la UNAM que estrellas de cine.
 
 
“Vienen mucho a filmar por aquí porque les sale más barato que ir al norte o algún desierto más lejano”, me habría dicho Pedro en la mañana mientras compartíamos un café y pan dulce.
 
Los pasos del dinosaurio
 

En efecto, San Juan Raya no se encuentra ni a media hora ni a dos, sino a una hora repartida entre una carretera federal y un camino de terracería cuyos 15 kilómetros podrían parecer aciagos de no ser por el bello paisaje que se muestra a lo largo del trayecto, los cactos son cada vez más altos y los zopilotes no parecen distinguir la profundidad de un cielo azul casi inédito, ¡hasta bellos lucen los condenados!
 
 
San Juan Raya es una localidad muy pequeña de alrededor de 200 habitantes. A pesar de estar situada a mil 840 metros sobre el nivel del mar el calor es impresionante.
 
 
“Algunas noches llegamos a estar con temperaturas bajo cero”, me dice Paulina quien será nuestra guía por las próximas horas. Abandonamos el pequeño museo paleontológico donde se exhiben algunos de los hallazgos de la región: caracoles, corales, conchas de más de 60 millones de años de edad y hasta trilobites donados de otras regiones. El Museo Paleontológico de San Juan Raya es muy reciente, apenas fue abierto al público el 26 de marzo del 2012.
 
Forma parte de una idea integral de un museo comunitario que incluye todo un proyecto ecoturístico con zonas de acampado, paseos y cabañas para alojarse. Hay tres recorridos que se ofrecen al público: el Parque de Turritelas donde se pueden observar caracoles fósiles que por millares; el Bosque de Xerófitas donde se encuentran plantas de las llamadas Pata de Elefante de más de mil años de edad y órganos de 300 años; y las huellas de dinosaurio, un camino a la orilla de un río donde el atractivo principal es encontrar las huellas de un dinosaurio de tres dedos del orden de los carnívoros y que andaba en dos patas. Optamos por la tercera opción.
 
Una farmacia con espinas
 

Resulta sorprendente como los guías locales dominan los temas científicos. “Nos han dado capacitación”, dice Paulina, nuestra amabilísima guía, una mujer de edad indescifrable, piel tostada, rasgos mixtecos e impresionantes ojos claros que harían pensar en las distintos intercambios raciales que ha sufrido nuestra gente, más allá de los culturales.
 
 
Por supuesto que ella domina el guión de la parte relacionada con el asunto de los fósiles, “Antes había más turritelas”, le digo esperando algún tipo de respuesta u ofrecimiento, “Sí”, me dice, “es que había mucho saqueo pero eso ya terminó”, responde con una seguridad que no la deja perder el paso, “Ahora cuidamos lo que es nuestro, lo mismo pasa con las plantas, antes se las llevaban pero ahora ya no se puede”, y me cuenta el único caso, según ella, que ha ocurrido de saqueo de cactáceas en fechas recientes y la triste historia de los saqueadores que purgan condena en alguna prisión poblana.
 
“Este es el cuapiojo y es abortivo”, dice Paulina mientras atravesamos el lecho de un río casi seco en el que Jack se cura el calor chapoteando. El desierto no sólo está plagado de plantas suculentas y deliciosas sino que tiene un sinfín de opciones curativas.
 
 
El cempasúchil de barranca es para la diarrea; del tehuistle se saca pintura de color café que es muy buena para pintar huaraches; el heno o paxtle es excelente para la cruda; el pirul ayuda a aliviar el cólico menstrual; el chaparro amargo lo usamos para la diabetes; el popotillo para las fracturas…”
 
 
Paulina cuenta la historia de cada una de las plantas tal y como la ha aprendido de sus padres y estos de sus abuelos, acá no hay guión ni capacitación ni nada parecido, simplemente una sabiduría transmitida por generaciones y a través de los años, la medicina tradicional de nuestra gente. “Allá al fondo se encuentran las huellas del dinosaurio”, dice y uno trata de imaginar la estampida de los enormes alosaurios a punto de atacarnos.
 
 
 
 
 
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