Política

Los fracasos en la reinvención del libro

01 febrero 2014 7:54 Última actualización 22 diciembre 2013 5:0

 [Amazon promete una lectura como en papel con su Kindle DX. / Amazon.com]


 
© 2013 New York Times News Service
 
SAN FRANCISCO. Los libros están muertos. Vivan los libros.
 
Aun cuando el universo de los materiales impresos sigue marchitándose, el libro muestra un notable poder de permanencia en línea. La idea al parecer está tan profundamente incrustada en el inconsciente colectivo que nadie puede soportar dejarlo atrás.
 
Amazon se jacta de que en su lector electrónico más reciente “las páginas son virtualmente indistinguibles de un libro físico”. Recientemente lanzó la función Page Flip, que imita el acto de hojear. Los libreros en las salas de estar quizá se estén convirtiendo en cosa del pasado, pero si se ordena un libro electrónico en iBooks, Apple promete “descargarlo en su librero” de inmediato.
 
Algunas funciones de los libros físicos que parecen no tener lugar en el mundo digital están siendo conservadas. El autógrafo de un autor en un título apreciado parecía como si fuera a volverse una reliquia. Pero Apple acaba de solicitar una patente para autógrafos incrustados en los títulos electrónicos. Las casas editoriales aún encargan portadas para los libros electrónicos aun cuando su función de atrapar una mirada en una librería repleta ya no es necesaria.
 
Lo que hace a toda esta actividad particularmente asombrosa es lo que no está sucediendo. Algunas funciones quizá estén recibiendo una segunda vida en línea, pero los esfuerzos para reimaginar la experiencia básica del libro han tropezado. Docenas de empresas incipientes en el ámbito editorial intentaron emplear aplicaciones de lectura social o multimedia, pero pocas tuvieron éxito.
 
Social Books, que permite a los usuarios dejar comentarios públicos sobre fragmentos particulares y comentar sobre fragmentos seleccionados por otros, se convirtió en Rethink Books y luego fracasó.
 
Push Pop Press, cuyo objetivo declarado era reimaginar el libro mezclando texto, imágenes, audio, video y gráficas interactivas, fue adquirido por Facebook en 2011 y ya no se oyó hablar de él.
 
Copia, otra plataforma de lectura social altamente publicitada, cambió su modelo de negocios para volverse una herramienta de aprendizaje en las aulas.
 
El último tropiezo es Small Demons, que explora la interrelación entre los libros. Los usuarios que se sintieron deslumbrados por las Ziegfeld Follies en “The Great Gatsby”, por ejemplo, pudieran seguir un enlace a la aparición de las bailarinas en otros 67 libros. Small Demons dijo que cerraría en diciembre sin un nuevo inversionista.
 
“Muchas de estas soluciones nacieron de la capacidad de un programador para hacer algo en vez del entusiasmo del lector por las cosas que necesitan”, dijo Peter Meyers, autor de “Breaking the Page”, un próximo vistazo a la transformación digital de los libros. “Seguimos las distracciones y las llamamos mejoras”.
 
Los libros han cubierto el círculo completo. Durante gran parte del siglo XX, fueron considerados como uno de los triunfos del diseño: sencillos de usar, baratos de producir, casi indestructibles, altamente portátiles, eficientes en el uso de la energía. Eran el mejor medio para transmitir conocimiento que la raza humana hubiera conocido jamás. Luego llegó el Internet. Los libros repentinamente parecieron necesitar una revisión.
 
“El libro físico se había vuelto algo muy limitado, muerto en su diseño aparte de su portada”, dijo Peter Brantley, quien dirige Books in Browsers, una conferencia de tecnología en San Francisco. “Luego desaparecieron todas esas restricciones”.
La idea de que se requiere demasiado tiempo para leer libros se remonta, al menos, a operaciones emprendedoras de mediados de siglo como Reader’s Digest y CliffsNotes, que ofrecían textos predigeridos. Así que algunas empresas incipientes eligieron un enfoque básico: tomar un texto y desintegrarlo.
Safari Flow, un servicio de Safari Books, ofrece capítulos de manuales técnicos por una cuota de suscripción de 29 dólares mensuales. Inkling hace lo mismo con títulos más orientados al consumidor como recetarios. Si uno quiere solo el capítulo sobre la pasta, puede comprarlo por 4.99 dólares en vez de tener que comprar todo el libro.
Citia es una empresa incipiente de Nueva York con un enfoque mucho más ambicioso. Trabajando en colaboración con un autor, los editores de Citia toman un libro de no ficción y reorganizan sus ideas en tarjetas digitales que pueden ser leídas en dispositivos diferentes y enviadas a través de las redes sociales.
“La capacidad para dedicar 10 o 15 horas a un libro va a ser una decisión cada vez más tensa”, dijo Meyers, quien descubrió Citia en el curso de su investigación y lo encontró tan intrigante que se volvió su vicepresidente para innovación editorial y de contenido. “Así que necesitamos formas de liberar las ideas atrapadas dentro de ellos”.
Uno de los primeros libros que recibió el tratamiento de Citia fue “What Techology Wants” de Kevin Kelly. El material directamente extraído del libro está entre comillas y el autor es mencionado en tercera persona, lo cual da algo de distancia académica respecto de los resúmenes. Secciones del libro son resumidas en una tarjeta, luego el lector puede ahondar en subsecciones en tarjetas ocultas debajo.
Al autor le gustó el resultado. “Quedé asombrado por la cantidad de trabajo que hizo Citia”, dijo Kelly. “Escribieron un compendio de todo el libro, idea por idea”.
Y sin embargo, escribió “What Technology Wants” para presentar sus ideas. Si iban a ser reorganizadas por alguien más, ¿qué caso tenía escribir el libro original? Quizá debiera haber escrito el libro en tarjetas en primer lugar.
La mera minuciosidad del enfoque de Citia podría desalentar a otros autores de participar. Desde su debut en la primavera de 2012, ha hecho tarjetas de solo cuatro libros. Recientemente se diversificó a otros medios con notas de seguimiento para Snoop Lion, el rapero anteriormente conocido como Snoop Dog, y está negociando con agencias publicitarias y de talentos, firmas de servicios financieros y compañías de productos de consumo.
“Todas las compañías se están volviendo compañías de medios”, dijo Meyers. “Todas necesitan contar historias sobre sus productos”.
Cómo etiquetar a estas historias es otra cuestión. El Internet por su naturaleza derriba fronteras y descongela el texto. Si se pone un libro en línea y se le libera para que crezca y se reduzca con nuevos argumentos, sea desintegrado y reensamblado como lo demanden los lectores, entonces quizá sea solo la nostalgia la que le llame por su viejo nombre.
Algunos formatos, después de todo, simplemente superan la vida de su necesidad. Se suponía que los CD-ROM anunciaban el futuro de la narración, pero ese modelo de negocios no sobrevivió al ascenso del Internet. Las máquinas de juegos de video desaparecieron cuando las computadoras domésticas se volvieron sofisticadas plataformas de juego.
“Continuaremos reconociendo a los libros como libros conforme migren al Internet, pero nuestra comprensión de la narración inevitablemente se ampliará”, dijo Brantley.
Mucha de la innovación del diseño actualmente, cree Brantley, no proviene de las casas editoriales, que deben seguir lidiando con producir libros digitales y físicos. Más bien está siendo desarrollado por una comunidad tecnológica que “no piensa en las historias como el producto final. Más bien, piensan en plataformas de narración que permitan nuevas formas de autoría y lectura”.
Citó el enorme éxito de Wattpad, una empresa incipiente canadiense que se anuncia como la comunidad de narración más grande del mundo. Hay 10 millones de historias en el sitio. Eso es suficiente para llenar un millón de – a falta de un término mejor – libros.
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