Política

La vida colgada de un tubo

10 febrero 2014 5:23 Última actualización 02 agosto 2013 5:52

[Alfredo Peñuelas]


 
 
 
Alfredo Peñuelas Rivas
 
 

Se abre la puerta del fondo, la media luz permite descubrir a una mujer hermosa con apenas unos centímetros de tela que cubren su cuerpo. Ella mira hacia la fuente de luz como para tomar respiro, al fondo del salón se encuentra un hombre sentado en una silla, en medio de ambos el territorio es delimitado por un tubo que va del piso al techo. Pero éste no es una barrera, no los divide ya que el terreno es todo de ella, el hombre es únicamente dueño de su silla y nada más.
 
 

Ella descubre al hombre al fondo de la habitación, al otro lado del tubo, al otro lado de ella…
 
Su cuerpo avanza al ritmo de la música, lanza una mirada retadora, toma el tubo, se adueña de él, de la habitación entera, del hombre que ya no respira, casi no. Un hilo de voz que trata de convertirse en una expresión, la que sea, sale por la boca del hombre, nada. No hay nada. Todo es la mujer, la habitación, la luz que queda atrás, el contraluz de su cuerpo danzando alrededor de un trozo de metal con el que hace magia, baila, se adueña del espacio, del tiempo, de la música y de la respiración del hombre.
 

La función, apenas comienza.
 
La anterior podría ser la descripción de una escena de un table dance cualquiera donde una bella bailarina es el deleite de los comensales. Pero acá no hay table dance, ni luces ni alcohol ni nada que se le parezca. Es la sala de un departamento cualquiera en la colonia Condesa y la 'bailarina' es Mar, profesionista de 40 años de edad y un cuerpo que sería la envidia de cualquier veinteañera.
 
 
Ella ha optado, al igual que muchas mujeres en nuestro país, por hacer del pole Dance algo más que un pasatiempo y convertirlo en una verdadera disciplina deportiva y hasta cultural, en hacer del tubo una forma de vida.
 
 
"Yo era algo tímida"
 
 

Mar avanza hacia el espejo, se nota que se gusta, su cuerpo moviéndose alrededor de un tubo genera una música propia que se combina con el ambiente, no importa si es PJ Harvey o Florence and The Machine, la música es esencia y no sonido. Tampoco importa si yo me encuentro en la habitación o no, acaso una mirada furtiva de vez en cuando para darle vida al personaje que ella misma se ha generado y retar al personaje que ella ha decidido que soy, un observador silencioso y cuya boca abierta tiene forma de objetivo de 55mm.
 
 
Realmente está bailando para ella, ella se gusta, ella importa, ella es escenario y escenografía, ella, ella, ella... “Yo era algo tímida y también un poco gordita”, la miro y no lo creo, el abdomen marcado, las piernas extremadamente firmes y torneadas, los brazos haciendo un juego armónico con una espalda musculosa pero bella, 'la estética' pienso, 'mens sana in corpore sano'.
 
 

La escultura griega cobra vida y se sienta a mi lado apenas ataviada con lencería y acaso alguna boa de plumas que haga juego con el atuendo. Se sienta vestida de ella misma sin que exista evidencia de ninguna de sus dos aseveraciones. “Mi marido me pedía que lo sedujera en la intimidad y yo no me atrevía, además no le podía sostener la mirada si él se encontraba a más de medio metro de distancia”.
 

Mientras baila se va despojando poco a poco de la ropa, una minifalda de piel que ya no es útil, un top que resulta incómodo, el cuerpo de Mar se revela como una sinfonía de músculos ondulantes que bailan ante el asombro de quien la mira, de mi en este caso, del personaje que represento, el asombro es sólo mío, Mar se siente confiada de sus capacidades.
 
 

“Fui a una clase de prueba e inmediatamente cambió todo, en 40 minutos yo era otra persona y terminé bailando una coreografía”, dice y toma impulso para comenzar a volar.
Un baile a ras de techo.
 
 
Los pies abandonan el suelo y son un vértigo en tacones multiplicado por dos. Mis ojos pasan del asombro sensual al asombro acrobático. Ahora es mi boca que no cierra al mirar cómo la ley de gravedad es un mero adorno para justificar la existencia del arriba y del abajo.
 

“Nunca había sido buena para las expresiones artísticas. De niña estuve en el conservatorio y traté de aprender a tocar guitarra sin conseguirlo”, dice Mar, mientras sus pies vuelan, hace piruetas y se sostiene en el aire únicamente usando la fuerza de su abdomen, una vuelta más y queda de cabeza apuntando los pies al techo mientras desciende lentamente por el tubo.
 
 

“Inmediatamente vas cambiando cosas: cambias actitudes, descubres nuevas formas de moverte. Incluso llegas a conocer músculos que no sabías que existían, también generas fuerza y confianza”. Sus piernas se convierten en una V perfecta que apunta al cielo, inmediatamente quedan enroscadas en el tubo y ella suelta las manos para ir deslizándose con los brazos abiertos en vertical e invertida.
 
 
Desciende apoyando las manos y realizando una maroma hasta que sus pies se posan sobre unos largos tacones que niegan el suelo firme como una posibilidad. El personaje que represento sigue con la boca abierta y a manera de cámara fotográfica, no deja de disparar fotos: 5, 10, 20, 60, 100 al final serán más de mil 500.
La luz ha cambiado, ahora los últimos rayos de sol se despiden de manera tímida, como si no se quisieran ir. El sol atisba el último guiño para disfrutar de un nuevo baile, nuevos giros y piruetas.
 
 

Algo más adecuado para la noche, nuevos encajes y otra falda de seda combinan con 'Closer' de Nine Inch Nails, se encienden unas luces discretas y controladas tan cálidas como el ambiente mismo. “A mi marido le encanta. A él le gustan más los movimientos de seducción aunque a mí me divierte mucho la acrobacia”, dice y no alcanzo a distinguir la diferencia entre ambas. Un giro de bombero invertido la colocan de súbito a metro y medio del suelo, de pronto suelta las manos y su cuerpo queda en posición horizontal con el suelo formando un paralelo perfecto.
 
 

“Una nueva serie de clicks sale disparada de mi cámara, el personaje necesita distraerse, pensar en otras cosas. La luna se asoma con su tercer ojo indiscreto, nos mira muda y sonriente.
 
“No me siento desnuda.
 
Me siento cómoda”.
 
Mar desciende de los cielos para sentarse a mi lado. Le da un trago al agua y me mira sonriente. Yo dejo la cámara al lado, se muestra inquieta, quiere seguir observando a la chica “¡apenas van mil 500 fotos!, parece reclamar.
 
 

Saco la grabadora y tomo aire para hacer la primera pregunta. Yo también estoy nervioso, no sé que decir, me doy cuenta de que llevo horas sin hablar, los ojos han hecho todo el trabajo. Le pregunto sobre la desnudez, sobre si le parece normal estar sentada al lado de un tipo que no conoce y con un atuendo que deja tan poco a la imaginación, “Yo no me siento desnuda ni nada”, responde con una nueva sonrisa, “Me siento cómoda”, y es verdad, en cuanto dice eso a mí tampoco parece importarme su desnudez, mi personaje se olvida de los prejuicios.
 
 
En realidad la manera de vestir es un elemento más pero lo importante es la actitud, las bailarinas de pole dance están muy conformes con lo que hacen y muy felices con ellas mismas, además necesitan de la piel para poder treparse, sujetarse o deslizarse por el tubo “Me gusta ser esa otra que soy cuando hay un tubo de por medio”, dice Mar y ríe, “yo sigo siendo una mujer tímida pero construyo un personaje que no lo es”.
 
 

Dejamos de ser personajes para convertirnos en amigos que guardarán esta noche secreta entre sus pensamientos y mis palabras. “¿Sabes?”, me dice a manera de despedida, “el pole está entre los límites del ejercicio de la sexualidad y del deporte, por eso es tan divertido”, sonríe y la cabeza que apenas se asoma detrás de una puerta se despide. yo sé que detrás de la puerta hay una bella mujer semidesnuda y muy agotada pero muy contenta por ser quien es. Sé que la noche ignora los pensamientos que mi cámara le quiere contar. La luna vigilante me observa, ella guardará el secreto.
 
 
 
 
 
 
 
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