Política

La Cruz Roja atrapa pasiones

01 febrero 2014 6:45 Última actualización 05 diciembre 2013 5:2

  [Una operadora bursátil y una sobreviviente de un gulag siberiano narran su experiencia como voluntarias  / Eladio Ortiz / El Financiero]


 
 
Miriam de Regil
 
 
Siempre que me subo a una ambulancia soy una persona y cuando bajo soy otra, en ocasiones para bien y en otras para mal, asegura Adriana Carmona, voluntaria de la Cruz Roja, quien luego de trabajar por años en cuestiones bursátiles decidió colaborar simultáneamente con dicha institución.
 
En la vida uno tiene derecho a soñar, pero creo que nuestra obligación es ir por esos sueños”,  afirma  Carmona quien desde hace siete años que ingresó a la Cruz Roja combina su profesión con la ayuda humanitaria y con las tareas de una mamá. 
 
Siempre me interesaron las cuestiones médicas y no me perdía esos programas de emergencias hasta que un día me vi y me dije yo quiero estar allí, comenta en entrevista la mujer de 48 años de edad y madre de tres hijos de 22, 18 y 16 años.
 
“A veces uno tiene planes en la vida y la vida tiene planes para uno”,  explica la paramédico de nivel intermedio, quien además advierte que disfruta hacer siempre algo por los demás.
 
“Cada vez que estoy en una ambulancia mi corazón comienza a latir muy rápido y entonces sé que lo que nos espera vale la pena vivirlo, ya que  llegar al final del día con el alma plena y el cuerpo cansado es lo máximo”.
 
Y aunque sus hijos dice no le expresan casi nada de su trabajo, ella se ha enterado que les gusta que su mamá este en la Cruz Roja. “La primera vez que mi niño me vio salir de la casa con el uniforme, me dijo que una mamá normal no usa esas botas, y la verdad creo que tenía razón”, recuerda entre risas la joven madre mientras se coloca su casco y guantes.
 
Aunque concluyó sus estudios como paramédico, Carmona  sabe que jamás se para de estudiar pues todo lo que tiene que ver con la medicina siempre habrá cosas nuevas. Asimismo, destaca que para esta labor, una condición física buena es importante, pues todo el tiempo estamos de arriba para abajo y no puede  haber ningún margen de error, pues una distracción puede hacerte cometer un error.
 
Una vez que esto te toca el alma es muy difícil dejarlo”, recalca, Adriana, quien afirma que todos tienen siempre algo que  dar, por eso afirma que todos son bienvenidos en la Cruz Roja “pues siempre van a ser falta voluntarios”.
 
De los riesgos y sacrificios que su labor como voluntaria tiene, agrega que éstos son muchos, pero todos valen la pena cuando “sabes que tu trabajo salvó una vida. Esto es amor al arte, pues en ocasiones cuando estoy a las seis de la mañana poniéndome las botas o cuando me pierdo de reuniones familiares por estar aquí, nunca he dudado en decir sí vale la pena seguir”.
 
Como asesora financiera, complementa también tiene muchas satisfacciones y aunque empezó muy joven a trabajar en instituciones bancarias, desde hace 17 años decidió trabajar de forma independiente para estar al tanto de sus hijos. “Trabajaba en Banamex, y cuando Accival adquiere ese banco, me quedo a trabajar en el área de casa de bolsa, donde aprendí el oficio.
 
“Ahora compro y vendo acciones para mí o por instrucciones de mis familiares, a través de Vector Casa de Bolsa, de donde soy clienta. No siempre gano pero ello sin duda  me sale más barato que ir al psicólogo”.
 
A Anna la Cruz Roja le salvó la vida
 

 
 
 
Luego de permanecer dos años en un campo de concentración  (gulag) en Siberia en condiciones de hambruna e insalubridad, un paquete de la Cruz Roja Internacional --con leche condensada, azúcar, sal y ropa-- salvó la vida de Anna Zarnecki, ciudadana polaca  que también sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. A los 15 años de edad, Anna llegó a México junto con su familia para refugiarse.
 
Siete décadas más tarde, la ya nacionalizada mexicana es una reconocida pintora y escritora que durante más de 40 años se ha dedicado a ser voluntaria de la Cruz Roja en agradecimiento. Allí mismo decidió estudiar enfermería, carrera que jamás ejerció porque se casó y su marido prefirió que estuviera en la casa al cuidado de sus tres hijos.
 
No ha sido una vida fácil, señala Zarneki, “sin embargo, ayudar a quienes más lo necesitan al igual que la pintura se ha convertido hoy en dos de mis pasiones”.
 
A sus 85 años de edad continúa trabajando, y las enfermedades e incluso una delicada operación del corazón no le han cerrado las puertas para seguir haciendo lo que quiere.
 
Pero no siempre fue así, asegura, pues aunque estudió, se enamoró y trabajó en lo que ella decidió, durante años su autoestima se mantuvo baja por todo lo que vivió antes de entrar a México (1943).
 
“Cuando uno sale de prisión la dignidad está muy baja, y pese a todo lo bueno que tenía, por años no podía superar el pasado hasta que en una ocasión el papa Juan Pablo II en una de sus visitas a México me estrechó mi mano muy fuerte y me dijo: ‘recorrimos el mismo camino de dolor hija, pero hay que seguir’; ese hay que seguir fue el que me quito por completo el complejo de exiliada, prisionera y entonces empecé a vivir mi vida”.
 
El inicio del infierno
 
En 1939 cuando Polonia es invadida por la Unión Soviética la familia de Zarnecki  fue despojada de sus pertenencias y bienes por el gobierno comunista, “pues había que quitarles todo a los ricos”, poco después los rusos hicieron deportaciones masivas a sus campos remotos en Siberia en donde requerían mano de obra para cultivar sus terrenos.
 
Así  los 13 años de edad llega a Siberia con sus padres, hermana, junto con 35 mil polacos. “Teníamos entonces un espacio para dormir en el piso a un lado de una chimenea en condiciones deplorables con cucarachas y chinches que se nos subían al cuerpo y en donde la comida consistía solamente de atole, agua y harina.”
 
Enfermé al grado de delirar y comer tierra creyendo que era pan y entonces fue que la Cruz Roja me salvó la vida gracias a los víveres que entregaron a mi mamá”.
 
Tiempo más tarde su papá se alista en el ejército polaco (bajo el mando ruso) para poder obtener la libertad de su familia, la cual ya libre, es enviada a Persia junto con otros cientos de refugiados, y posteriormente a la India para después ser embarcados rumbo a Los Ángeles y finalmente a León, Guanajuato.
 
“Después de haber viajado por tantos países en la miseria, México se mostró ante mis ojos como un lugar espléndido, donde el abrazo cariñoso de una mujer desconocida me robó el corazón por completo y fue así que comenzó mi vida de felicidad.”
 
El ingreso de los Zarnecki a nuestro país fue gracias a un convenio del gobierno polaco en el exilio con el de México con el fin de darles un lugar para vivir temporalmente hasta que acabara la guerra.
 
Zarnecki viaja al DF a visitar a su hermana quien trabajaba en la embajada de Polonia y sin planearlo decidió quedarse con ella y estudiar enfermaría en la Cruz Roja.
 
“Fue algo complicado porque no hablaba español e incluso pase con seis el primer año de la carrera”.
 
Y A los 20 años se casó y llegaron tres hijos, que ahora se han multiplicado, pues tiene nueve nietos y nueve bisnietos. A lo largo de los años no ha dejado su trabajo como voluntaria en la institución que le salvó la vida y en la que se ha hecho acreedora a diversos reconocimientos nacionales e internacionales por su trabajo.
 
La pintura es una labor que comenzó en 1955 con la maestra Angélica Castañeda y en la que encontró su propio estilo, hoy único en el mundo. Sus obras se ha expuesto en México, EU e incluso Polonia, donde regresó como invitada tres décadas más tarde.
 
Hoy su obra es muy amplia, más de 400 pinturas de las cuales diversas están en iglesias de México e incluso en el Vaticano,  también cuenta con siete libros, la mayoría sobre temas humanitarios.  “Todo ha valido la pena y lo más importante es que Dios siempre me ha llevado de la mano por mi vida”, concluyó.
 
 
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