Política

Jacinta: Una mujer que vuela

10 febrero 2014 5:5 Última actualización 12 julio 2013 5:47

   [Alfredo Peñuelas/El Financiero]


 
 
Oliverio Girondo
 
 
"Busco a la que sabe volar”, dije ya en la noche de un jueves aciago mientras descansaba mis huesos en uno de los muchos cafés que hay en Cuetzalan mientras me bebía el cuarto expreso doble del día. La Sierra Norte de Puebla me había perdonado la vida en un par de veces, la primera cuando por los rumbos de Apulco alguien me avisó de la llanta ponchada y un ángel de la guarda transfigurado en talachero arrancó un vidrio como quien quita el clavo de una cruz y la segunda con el café nocturno que ponía en orden ideas, sentidos, miedos. “Eso ha de ser un mito, las mujeres no vuelan”, era lo que decían algunos; “Sí he escuchado de alguna mujer que lo intentó alguna vez pero de eso ya tiene tiempo”, respondían los otros.
 
 
 
“Hace un año conocí a una joven mujer voladora de nombre Hermelinda”, dijo la Doctora María Rivas Guevara, investigadora del Centro de investigación en etnobiología y biodiversidad de la Universidad Autónoma Chapingo, a quien yo acompañaba en el viaje para aprender sobre los saberes tradicionales de la Sierra Norte de Puebla y motivado por la historia de una voladora de 'Papantla'. “De Cuetzalan”, me corrigió, Rivas Guevara, “los pobladores afirman que la tradición de los voladores es originaria de ese Pueblo Mágico poblano. La historia de la voladora tenía no sólo el ingrediente de la curiosidad sino también el de la tradición: ella volaba siendo mujer (y además una joven madre) y, efectivamente, esta era una tradición en la que sólo participaban hombres pero que su papá que había sido un volador de mucha tradición y prestigio en Cuetzalan no había tenido hijos varones que heredaran la tradición y tomó la decisión de enseñarla a volar, dijo la Doctora Rivas mientras apuraba otro trago de café y ambos mirábamos el palo de los voladores en el centro de la plaza.
 
 
“Seguro buscan a Jacinta”, dijo Doña Xoco mientras nos servía otro café, “Ella vuela desde hace mucho tiempo. Trabaja en el departamento de turismo, seguro la encuentran a estas horas” y señaló al otro lado de la plaza ataviada de noche y de la lluvia. Apuramos el último trago y fuimos en busca de la voladora de Cuetzalan.
 
 
Yo vengo de una familia de danzantes”.
 
 

[Alfredo Peñuelas]
 
 
El olor del café se mezcló con el de la lluvia. A cada paso el palo de los voladores se hacía más grande, él y la torre de la iglesia apuntaban a un cielo que volvía a poner entre sus labios la palabra lluvia. ¿Cómo carajo se atreven a subir hasta allá?
 
 
Creo que el palo de Cuetzalan es el más grande que he visto en mi vida (hay quienes afirman que el de Papantla lo supera aunque ese es de metal), mientras el vértigo invertido se apoderaba de mí trataba de imaginar a ese árbol majestuoso en mitad del bosque, a los voladores llegando al pie de él armados de tabaco, aguardiente y flores, los cuatro hachazos por cada uno de los voladores, el perdón callado a la madre Tierra por arrebatarle a un hijo más, el gran palo del volador entrando al pueblo como un tótem o un dios, como ese hijo predilecto de la madre que llega hasta Cuetzalan.
 
 
Caminé a la base del palo para tocarlo al menos, para ver si se escuchaba algo, al menos el canto del guajolote enterrado metro y medio más abajo, el aroma de las flores, “Perdón madre Tierra, mira que descendemos desde las alturas para adorarte”, la punta rasgó el cielo para dar paso a las nubes y mostró a una Luna que mostraba a un conejo que contaba una historia que…”, “Mide 28 metros”, dijo una voz a mis espaldas, era Jacinta.
 
 
“Mi tío era caporal, Don Antonio Echeverría, era el más chingón de todos”. Jacinta mira al palo de los voladores como quien mira a un reto pero también a un pariente querido, “él se subía descalzo y sin usar escalones”, lo dice con admiración y con envidia, a sus 40 años de edad ha logrado hacerse más que de un nombre de una leyenda en el ámbito de los voladores. Jacinta Teresa Hernández es una de las impulsoras más importantes del fenómeno de las voladoras.
 
 
“Hay algunos grupos como el de Jorge Baltazar que están integrados por mujeres”, incluso ella lidera uno de los muchos grupos de voladores que arriesgan su vida cada semana a lo largo de la Sierra, las Guerreras del Sol.
 
 

Aunque parezca un fenómeno nuevo no lo es. La investigadora en temas de género Eugenia Rodríguez Blanco habla de ellas en su trabajo Perfiles latinoamericanos “…Rompen el techo de cristal” sobre sus cabezas, liberan sus pies del suelo pegajoso que las atrapa y se lanzan al vuelo, y éste es, entonces, la expresión simbólica de su autonomía, libertad e independencia. Las mujeres que vuelan en Cuetzalan sugieren ruptura y esperanza: ruptura con un orden de género que determina su subordinación y dependencia, y la esperanza del cambio cultural proigualdad de género…”
 
 

Aunque, a decir de Jacinta ellas no están en competencia con los hombres. “Acá no tenemos ningún problema. Casi todos los grupos tienen de una a tres mujeres”, dice Jacinta orgullosa de formar parte de una tradición que se hereda entre familia, como el ya mencionado de Jorge Baltazar que comenzó volando con sus hijas, o bien se da como un orgullo regional del que todos forman parte. “En Papantla no les gusta, dicen que les hacemos competencia porque las mujeres llaman mucho la atención. Son totonacos cerrados”, Jacinta sonríe y voltea a lo más alto del palo, a lo mejor pensando en otros vuelos que la han llevado a otras latitudes, a España, a Francia, a Madagascar incluso.
 

Volar: un tema de identidad
 


[Alfredo Peñuelas]
 
 
Son muy jóvenes, casi niños incluso. Si uno los encontrara a la salida de cualquier preparatoria o secundaria no podría distinguirlos de los demás, por que eso son precisamente: jóvenes comunes y corrientes con actividades iguales a las de otros jóvenes. Usan camisetas con leyendas deportivas o de autos, pantalones de mezclilla desgastados, peinados a la moda, teléfonos móviles a través de los que chatean y hasta perfiles de Facebook.
 
 
Sus actividades varían desde el trabajo en el campo o el estudio de la secundaria, la preparatoria o incluso la primaria como es el caso Darío, que a sus escasos 11 años ya tiene amplia experiencia como volador, “Me siento como un águila”, dice y mira al cielo.
 
 
“Yo también soy un águila”, confirma Eustaquio de 24 años quien es el caporal del grupo, “soy un águila y la pienso que la gente son mis presas”. Lo hacen porque les gusta, lejos de los prejuicios que incluyen el hecho de que el volar es su única opción y lo hacen a cambio de limosnas, este grupo de voladores de Cuetzalan (al igual que muchos otros de la región) lo hacen porque es una manera de identidad.
 
 

“Yo comencé tarde, a los 18 años”, comenta Guillermo, quien a sus 21 años tiene pinta de galán y una sonrisa fácil, “mis papás no me dejaban así que tuve que esperarme a ser mayor. Desde niño quise volar”. En otras familias los alientan desde pequeños, como ya se dijo forma parte de una tradición que se hereda. La identidad es el conocimiento de sí mismo, afirma Rivas Guevara, “ésta se construye a partir de la cultura o de las manifestaciones culturales: saberes, costumbres, tradiciones, etc. a través de un proceso de aprendizaje y creación de la conciencia social es como se define la identidad individual, grupal, colectiva y social. La identidad siempre se manifiesta ante el otro diferente a mi o lo otro diferente a lo nuestro”.
 
 

Los chicos hacen bromas en náhuatl, su lengua materna, ríen y coquetean con la chicas que los ven pasar, les sonríen y ellos toman actitudes de rockstars. “Vamos a los camerinos”, bromea Eustaquio.
 
 

Los acompaño a la parte trasera del inmenso templo de San Francisco de Asís. Se cambian de ropa en silencio y con devoción, sacan de sus mochilas los hermosos trajes rojos bordados a mano, en ellos se mezclan las imágenes prehispánicas con las figuras de santos y vírgenes, incluso un Piolín aparece en la pierna de Eustaquio “el también merece volar”, dice y se ríe. El colorido de los trajes contrasta con lo negro de los botines que usan todos, “abajo está el inframundo, arriba está el cielo”, comenta Guillermo mientras se calza las botas.
 
 

Jacinta aparece y ya está vestida por completo, todos se ponen serios, más por estar en presencia de una mujer por estar en presencia de una líder. Ella trae un elegante traje rojo quemado. Cada traje es una historia personal que merece volar. El grupo se dirige a la base del palo y las bromas y las risas no paran. A los humanos terrestres nos resulta raro ese buen humor antes de enfrentar el terror de las alturas, el miedo a la muerte incluso.
 
 
Volar en primera fila
 
 

“Arriba nos vemos”, me dice Jacinta a manera de broma. Escalo el campanario de la iglesia de San Francisco en medio de telarañas y oscuridad. Me reciben tres campanas mudas, me siento un intruso que, si hace ruido, despertará la monstruo dormido en ellas. Tres arcos de cantera me separan de la nada, el palo coronado por la manzana está a escasos metros de mis ojos, un Cuetzalan de juguete se muestra a mis pies, “28 metros”, recuerdo la voz de Jacinta antes de apartar el vértigo que me separa del paisaje.
 
 

Abajo inicia la “Danza de los voladores”, como erróneamente se le denomina a este rito del Período Preclásico Medio mesoamericano que a partir del 2009 es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. “Cuando visité por primera vez México en 1967, vi a los “voladores de Papantla” como la atracción nocturna de un restaurante de Taxco. Desde entonces hasta muy recientemente di por hecho de que la ceremonia era originaria y realizada por individuos de Papantla”, comenta la Doctora Rivas, originaria de Nicaragua pero mexicana por adopción y formación y a quien el amor a nuestro país la ha llevado no sólo a optar de México como patria sino como la materia prima de su trabajo.
 
 

Hoy sabemos que el ritual se mantiene como tradición en la Sierra Norte de Puebla y el Totonacapan veracruzano pero que hay vestigios de su existencia en lugares como Colima, Jalisco y Nayarit e incluso en Chichicastenango, Guatemala. Lo importante es preservar la tradición y esos jóvenes que arriesgan su vida lo hacen por amor a la tradición misma. “Los conocimientos tradicionales y las expresiones culturales son un conjunto de saberes, valores, habilidades y destrezas que se aplican en la vida diaria y que se expresan en diversas practicas”, dice María Rivas.
 
 
Jacinta es la primera en subir, lo hace con una seguridad que muchos no poseemos ni para movernos en vertical. En pocos segundos alcanza las alturas, me mira y sonríe, me lanza un beso incluso. Detrás de ella Guillermo y luego los demás, el último en subir es Eustaquio. A pesar de los muchos metros de altura ellos siguen con las bromas y las risas, la manzana y sus escasos 40 cm de ancho pareciera una mesa de juegos y no un ritual celebrado a ras del cielo. tengo a estos amigos con alas frente a mí, ellos me miran, me saluda, pareciera que yo estoy sentado en esa mesa.
 
 

Toman aire y se concentran para dar inicio a una de los bailes más hermosos que se hayan dedicado a los cuatro puntos cardinales, el Xiuhmolpilli adquiere otro sentido desde estas alturas. ¡Por supuesto que son águilas! “A las mujeres actuales, indígenas y no indígenas le han salido alas!”, afirma Rivas Guevara Promueven y demandan cambios en todos los niveles de su vida, incluyendo los culturales arraigados en las tradiciones, usos o costumbres que las “excluyen o discriminan” aún sin una clara noción de lucha de género.” Jacinta vuela, es un águila libre.
 
 
 
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