“Escribo lo que no me cabe en la cabeza”.
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“Escribo lo que no me cabe en la cabeza”.

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Política

“Escribo lo que no me cabe en la cabeza”.

Merlina Acevedo, pintora y escritora, objeta las palabras que sólo se entienden si se les busca en el diccionario. Dice que ya no necesita de la compañía de nadie.

María Scherer Ibarra
16/05/2014
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CIUDAD DE MÉXICO. Habla sin adornos. Objeta las palabras que sólo se entienden si se les busca en el diccionario. Dice que ya no necesita de la compañía de nadie. Es una pena; su conversación es asombrosa.

Si se procura el aislamiento es porque no lo padece. El encierro es un alivio para su timidez. Es desconcertante porque en casi todas sus facetas -pintora, compositora, rockera, escritora-, Merlina Acevedo ha vivido del elogio y del aplauso.

La salvación llegó primero de la mano del ajedrez. La pintura también fue providencial. Ahí se refugia todavía la excampeona nacional de ajedrez de su mente portentosa. Y ahora, bajo las líneas que escribe, palíndromos y aforismos que le dieron notoriedad en el mundo incoherente de las redes sociales. Tiene cerca de 55 mil seguidores en Twitter. La fascinación que provocaron sus palabras y el aliento de escritores como Guillermo Sheridan, Jorge F. Hernández y Javier Cercas la animaron a publicar su primer libro, Peones de Troya/ Relojes de Arena.

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__¿Twitter te cambió la vida?
__Totalmente. Me cambió el orden mental. Me enseñó a prestarle atención a las palabras.

Yo seré sólo soledad, eso dañado, la levedad. A nadie soporto, ¿a otro? Poseída nada devela lo dañado. Seda de lo solo seré, soy.

“No pensaba en palabras. Era como una niña salvaje, perdida en su bosque interior. Vivía casi como analfabeta”.

Las palabras acabaron por absorberla. Hoy son otra de sus vías de escape. Su inteligencia es prodigiosa, pero no repara en ello. O no le importa. Su cerebro es matemático. Piensa “en ramas”, ideas que se descuelgan, se alejan, se encuentran otra vez.

__¿Te has hecho una prueba de coeficiente intelectual?
__No.

__Tu cabeza debe agotarte.
__Por eso siempre le busco desahogos, como el ajedrez. Yo no hago palíndromos por gusto. Cuando tengo problemas personales, empiezan a salir.

__¿Así nomás, “salen”?
__No pienso en el proceso, que no dura más de cuatro o cinco minutos desde que surge una idea hasta que lo publico en Twitter. Es mucho más largo contarlo que hacerlo. Los palíndromos se construyen como las buenas jugadas de ajedrez: hay que pensar rápido y descartar, desechar ideas que no te llevan a ninguna parte.

__Para alguien como yo, suena imposible. ¿Cómo es que esa mecánica representa un descanso para tu mente?
__Porque dejo de pensar. De hecho, se me hace mucho más fácil hacer un palíndromo que una jugada de ajedrez. El caso es que sustituyo mis pensamientos obsesivos. Mi mente queda llena de jugadas, o llena de palabras. Me desconecto.

De niños todos fuimos inmortales.

Hilda -Merlina- es la menor de tres hermanos. Armando Acevedo le heredó la pasión por el ajedrez, de manera indirecta. Nunca le enseñó, pero en un viaje a Jalapa el padre llevó a sus hijos a un hotel donde se hospedaba Boris Spassky, el rígido campeón ruso que perdió frente al norteamericano Bobby Fischer en uno de los matches más famosos de la historia del ajedrez, pues se le tomó como otro episodio de la guerra fría.

Spassky cautivó a la niña. “Era alto, guapo, de ojos claros. Y sobre todo, tenía esta magia como de artista de cine”. De vuelta a México, Merlina engulló el ajedrez lógico jugada a jugada y a escondidas practicaba con el chess challenger.

Estudió los primeros años en una escuela activa, luego en una de las más tradicionales, el Instituto Asunción. Odiaba la escuela, el deber, la imposición. “Hacer algo que no me interesa es para mí un sufrimiento insoportable”.

Para no hundirse en el fastidio y no desesperarse en clases, tomaba los apuntes al revés, de derecha a izquierda. A pesar de su distracción, terminó con promedio perfecto. Diez, cerrado.

Cuando pudo elegir, comenzó por la pintura y el grabado. En su primera exposición vendió tres cuadros. A los ocho años tomó sus primeras lecciones de piano y batería pero abandonó la última porque es obsesiva y perfeccionista, y sabía que no llegaría lejos sin el dominio del doble bombo. Después se matriculó en Composición, en la Escuela Nacional de Música.

Platica de su gusto musical, tan versátil como sus múltiples talentos: la ópera, el pop, las letras pegajosas como las que triunfaban en concursos como el de Valores Bacardí -en el que participó-, el techno y un género más fuerte, como el que interpretaba en Rockotitlán con los Pescadores de la Luna.

El amor propio siempre se enamora de la persona equivocada.
Merlina no está casada. No concibe el matrimonio, en los términos de la mayoría: “Hay parejas que no pueden estar separadas, que van juntas a todos lados. No entiendo cómo le hacen, cómo pueden verse todo el tiempo”.

En su caso, la compañía tiene un valor efímero. “Hay gente que me hace sentir incómoda, y se me nota. Me vuelvo callada y en un segundo noto que mi mente se va. Es obvio que me distraigo, no puedo disimular…”

__¿Cómo puedes ser insociable y aspirar a la aprobación del público? ¿Se puede?
__Claro. Cuando cantaba, al terminar una presentación, bajaba del escenario y me encerraba en el rincón más oscuro del antro. Todavía me encierro; cuando estoy en México, a pintar. Y viajo. Juego donde nadie me conoce, donde nadie tiene un juicio previo sobre mí. Me siento, te sientas, me retas. Es una convivencia en la que todos somos un poco autistas. Me convierto en la mujer invisible. En el ajedrez no cuenta nada, ni el dinero, ni las amistades, ni la suerte. Uno es mejor que el otro o no lo es. Me gustaría que así fuera todo en la vida.

Durante años subsistió con holgura componiendo jingles y música para comerciales.

__¿Y ahora? Supongo que de escribir, no.
__De mi trabajo en publicidad compré un departamento, así que literalmente vivo de mis rentas, y he vendido dos mil quinientos cuadros más o menos. Si pudiera ganar dinero como escritora, tal vez me dedicaría a escribir.

Su pensamiento vuelve a una rama en la que nos detuvimos antes, los palíndromos. El primero lo hizo para otro, un favor para un tweetstar: Anularemos a su mal aire. Cerca crecería la musa somera luna.

“Anda -le dijo- hazme uno. Tú eres muy inteligente”.

Ella abrió la Wikipedia, tecleó ‘palíndromo’, observó algunos ejemplos y se le abrió el mundo. Aún más…

__¿No sabías qué era un palíndromo?
__No lo sabía hasta hace poco. Ni eso ni otras cosas. No había leído nada. Tampoco sabía qué era un aforismo. No sabía quién era Ramón Gómez de la Serna o Ciorán, pero me gustó porque era un antisocial, como yo.

“Me da pena decirlo, pero casi no había leído. Los libros que me dejaban en la escuela me aburrían. Buscaba resúmenes o reseñas en la Gandhi y los integraba mentalmente, digamos. Luego los transcribía al papel. No iba a perder el tiempo con La Ilíada y La Odisea. Y supe tarde que veía mal. Tal vez eso influyó. Sí, tal vez fue la miopía”.

O tal vez es cierto que existen los genios y acabo de toparme con uno. Se hace llamar Merlina.