Política

Central de Abasto: el estómago de 20 millones de mexicanos

10 febrero 2014 5:5 Última actualización 15 julio 2013 5:57

  [Cuartoscuro]


 
 
Sandra Marina
 
 
Es una ciudad dentro de una ciudad. El estómago de 20 millones de personas. Una metrópoli que, como Nueva York, nunca duerme. Diariamente es visitada por más de 300,000 personas y en ella circulan 9,000 millones de dólares al año, cifra que es sólo superada por la Bolsa Mexicana de Valores. Es el mercado más grande del mundo: la Central de Abasto de la Ciudad de México (Ceda).
 

El sol aún no se asoma y ya andamos de compras. Nuestra lista de mercado incluye revelar algunas de las miles de historias que aquí se viven diariamente y pasan inadvertidas ante el vaivén de sus vastas actividades.
 
 

Empezamos a llenar la canasta con rosas. Marchantas de Puebla, Morelos, Milpa Alta y Xochimilco ofrecen perfumadas rosas rojas y blancas. Desde las dos y media de la mañana se han instalado en el Mercado de las Flores y Hortalizas, donde cuatro mil productores agrícolas expenden sus productos frescos y a excelente precio.
 
 
Envueltas en su rebozo, Janet Pérez y Karen Cortés, hija y madre, esperan entumidas en un pequeño banco el arribo de clientes. Son las 7 de la mañana y dicen que la venta ha estado muy baja. “A esta hora ya vendimos todo y hoy sólo han sido 10 gruesas”, es decir, alrededor de 720 rosas.
 
Originarias de San Juan Tetla, Chiautzingo, Puebla, platican que desde hace 22 años venden las flores de invernadero en la Central. En esta ocasión, se trata de la segunda producción del año que logró darse en parte de las diez hectáreas de cultivo de su propiedad, que son trabajadas por sus esposos, bajo las faldas del Iztaccihuatl.
 
 
Sus manos lastimadas por los aguijones de los tallos, ofrecen a 60 pesos el 'manojete' conformado por seis docenas de botones que aún atesoran algunas gotas de rocío.
 
 

Pasando por nubes aromáticas de flor de manzanilla y albahaca, llegamos a las nopaleras. Entre decenas de columnas de este milenario y medicinal vegetal, las personas los limpian con extraordinaria y curiosa sincronía. Uno tras otro, los comerciantes experimentados quitan las espinas a más de dos mil nopales al día.
 
 
“Me espino, pero es lo único que sé hacer”
 
 
Aparatada de este frenético cuadro en movimiento, Irene Ávila no desaprovecha las cualidades alimenticias de la cactácea y, mientras les retira las espinas, le da unas buenas mordidas a uno que ha reservado. “Dicen que en ayuno es muy bueno”.
 
 

Las líneas en su rostro y la curvatura de su espalda la dibujan mayor a los 70 años de edad que dice tener. De constitución muy menuda y sentada en una pequeña silla, casi todo el tiempo permanece doblada hacia el suelo para quitar las espinas a sus nopales.
 
 

“Cuando el día está bueno, limpio hasta 800 nopales al día. Pero cuando las ventas están bajas, como ahora, sólo 400”.
 
 

Y es que desde que llegó a la Central, a las 3 de la mañana, en seis horas no vendió ni un nopal de Milpa Alta. “Voy a tener que esperar a que los demás comerciantes se vayan, para cazar a los clientes que llegan tarde”, dice esperanzada.
 
 
“La necesidad me puso a trabajar. Mi esposo era el que antes venía a vender pero hace unos años se le fue la onda. Lo atienden en el hospital psiquiátrico San Fernando pero debemos juntar pa´ las medicinas y pa´ comer…. Me espino, pero es lo único que sé hacer”.
 
 
Fresco como una lechuga
 
Utilizando un antiguo sistema de agricultura basado en la humedal, cuyo origen se remonta a más de 900 años, Felipe Cazas González es productor de hortalizas en chinampas, en la zona lacustre de Xochimilco.
 
 

Produce cada año de cinco a seis cosechas de lechugas finas y tiene más de 30 variedades a ofrecer: “Sembramos italiana, sangría, escarola, francesa, diversas variedades de minis; hierbas aromáticas como estragón, hierbabuena, epazote y albahaca, además de verdolaga, espinaca”.
 
 
Explica que en la zona chinampera de Xochimilco trabajan 409 productores de hortalizas, quienes están organizados en la Unión de Productores de Frutas y Hortalizas de San Gregorio Atlapulco A.C y emplean a mil personas de Hueyapan, Puebla.
 
 

“Entre todos ocupamos una extensión de 200 a 300 hectáreas de suelo agrícola y todos los días traemos a la central alrededor de 40 toneladas de mercancía”.
 
 

Cazas detalla que 40 días es lo que tarda en desarrollarse una lechuga para poder llegar a la mesa, tiempo que requiere de muchos cuidados y atención.
 
 

“Últimamente la lechuga italiana es la que más ha tenido auge porque mejora la presentación de los platillos. Pero nuestro objetivo es que la gente consuma alimentos sanos e inocuos”.
 
Sin embargo, comenta que debido a la falta de infraestructura no han podido alcanzar el 'Sello Verde', la certificación como producto orgánico: “Nos ponen peros por la calidad del agua en Xochimilco.
 
 

Además de que productores ajenos a la asociación deben tomar conciencia para ya no usar pesticidas, pues al estar a dos o tres chinampas de nosotros, nos pasan a amolar”.
 
 
El hongo de oro
 
 

María de Jesús Sánchez Andrade, ingeniera arquitecta egresada del IPN, construyó su vida en uno de los locales de la Central. Es conocida como 'Doña Chuy' y 'la de los productos exóticos'. Desde hace 50 años se dedica al comercio, pues para ella “es una tradición familiar muy importante que no hay que perder”.
 
– ¿Por qué no ejerció su profesión”
 
– El comercio me quita mucho tiempo, pero si la ejerzo. Cuando un familiar, un amigo me piden apoyo, les hago proyectos arquitectónicos o dirijo la obra.
 
 
Doña Chuy presume la venta de productos exóticos que no se encuentran en otra parte del mercado, la planta cúrcuma, el azafrán español, del cual tres o cuatro hebras alcanzan los 40 pesos; y la estrella del local: el hongo morilla o mochela, cuyo costo por kilogramo oscila entre los 4 y 5,000 pesos.
 
 

Se trata de un hongo de temporal y es muy raro, “pues donde llega a crecer se da a 30 a 40 metros de distancia uno del otro”.
 
Como si los extrajera de una caja fuerte, Doña Chuy muestra el hongo: Es de tallo alargado y sombrilla agujerada, como si se tratara de una pequeña colmena.
 
Sus principales proveedores son indígenas de Toluca y Puebla, en tanto que empresarios hoteleros de zonas turísticas exclusivas de Cancún y Baja California, sus principales compradores.
 
 
 
Doña Chuy comenta que el hongo llega deshidratado, “pero su cualidad a la hora de prepararlo es que puede ser relleno… comúnmente de huitlacoche o caviar. En la Expo Mundial que se realizó en la Central en el 2008, ofrecimos morillas rellenas de huitlacoche a la vinagreta… claro, para su preparación contratamos chefs. Nos lucimos ¿no?”.
 
 
En su local, ella instruye a los clientes sobre los productos que expende. Por eso le gusta navegar por la Internet, además de tomar los cursos que ofrece la Universidad de Chapingo.
 
 

Hijo del maíz
 
 

Como si se tratara de una leyenda del Popol Vuh, Armando Serrano es hijo del maíz, pues hace 40 años nació entre las mazorcas del mercado de Jamaica, cuando su mamá repartía desayunos y comida a los comerciantes.
 
 
“La primer cobija de Armando fueron bolsas de plástico, fue así como lo cargué la primera vez”, relata la señora Felisa Hernández, quien desde hace 28 años trabaja con sus ocho hijos en la Central, luego de que el mercado de Jamaica resultó afectado tras el temblor de 85.
 
 
“Sólo faltó el pesebre, pues las hojas y los animales ya estaban presentes”, agrega Armando, quien con gran agilidad mental no para de platicar, alburear y divertirse con sus clientes mientras prepara los taces de bistec, con cebolla y papas a la francesa.
 
Y es que luego de varios años, cuatro infartos y dos derrames, Doña Felisa logró establecer en la Central de Abasto un puesto de tacos al carbón en el área de frutas y hortalizas, donde son conocidos como 'Los Gallos'.
 
 
– ¿Cuántos kilos de carne vendes al día?, le pregunto, pero un cliente se entromete y contesta con cierta burla:
 
– Hay veces que dos reses ¿no?
 
 
Armando replica ágilmente:
 
– Y hay veces que los bueyes llegan solos ¿verdad?....
 
 

Pero hay veces que es más lo que fío que lo que vendo.
 
– Más bien, es más lo que pláticas que lo que vendes, contesta el cliente tratando de pasar el bocado con refresco de cola.
 
– Si pero no te preocupes que aquí todos comemos del mismo veneno, contesta Armando mientras sigue atendiendo a la risueña clientela que escucha la efusiva plática de ambos personajes.
 

Los albures salsean la plática y los tacos. Las risas no paran. De repente un comensal recuerda: “En verdad Gallito que no cabe duda que sí eres un hijo del mais”.Cargador y profesor de karate
 
 
A los 16 años de edad, Reynaldo Rodríguez Sánchez dejó su pueblo en Córdoba, Veracruz, para encaminarse al DF en busca de trabajo, comenta que con la devaluación de la moneda en 1994, las zonas cafetaleras ya no tuvieron qué ofrecer.
 
 
“Se vino abajo el precio del café, su producción se vio muy afectada, como sucede hasta el día de hoy. El gobierno sólo rescata a quienes tienen su terreno en plano, cuando la gente de la sierra es la que más necesita”.
 
 
Solo y sin nada en los bolsillos, Rey llegó a la Central hace 20 años. Desde entonces se empleó como cargador y ahora dice conocer perfectamente los más de 11 kilómetros de pasillos y 3,700 bodegas y locales comerciales que conforman este monstruo mercantil: “Hay muchas historias que contar, así como las mañas”.
 
 

Ahora es uno de los 15,000 superhombres que trabajan a diario como diableros, quienes coinciden en señalar que la Central es un lugar muy socorrido para todos: “Quien llega aquí sin un centavo, sale con unos pesos, con algo en el estómago y con trabajo para el otro día.
 
“No pierdes tiempo en hacer fila en una empresa para que te empleen, no tienes horario, no tienes que esperar una semana o quincena para tener dinero en el bolsillo… sólo tienes que echarle ganas”, comenta Rey.
 
 
En las casi 12 horas de trabajo al día, dice ganar entre 150 a 250 diarios, ganancia que aumenta si el 'diablero' está bien aclientado; “de lo contrario te puedes pasar el día sentado en la banca, pues hay mucha competencia”.
 
 
En su tiempo libre, Rey se dedicó a estudiar para ser profesor de karate, pues tiene la esperanza de regresar a su pueblo y montar su propia escuela.
 

El canto de los marchantes
 
 

En la Central no existe la soledad. Todos se saludan, apoyan, se bromean. Los piropos levantan la autoestima: los clientes son “güeritas, consentidos, reinitas, amigos, millonarios”.
 
 

Por doquier se escucha el canto de los marchantes que ofrecen su mercancía. Hasta en el más apartado rincón se registra actividad.
 
Letreros que se ubican sobre los productos alientan: “Pare de sufrir, ya me encontró”, “Barato, barato, ni en el Walmart”, “Hoy, hoy, hoy… sólo hoy la oferta” y es que los visitantes de la Central encuentran un ahorro de hasta 60 por ciento en el gasto, además de productos de más diez países, desde Canadá hasta la Patagonia o La India.
 
 Lo invitamos a seguir el siguiente video
 

 
 
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