“Aprendí a darle valor al diálogo como herramienta de la política”
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“Aprendí a darle valor al diálogo como herramienta de la política”

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Política

“Aprendí a darle valor al diálogo como herramienta de la política”

El gobernador de Morelos, Graco Ramírez, admira el compromiso del Ejército Mexicano con la transición política en nuestro país. Ha sido leal, afirma. Sin embargo, nunca se vio entre sus filas.

María Scherer
11/04/2014
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CIUDAD DE MÉXICO. Fue llamado así en honor a Cayo y Tiberio, los hermanos Graco, tribunos descendientes de una de las más acaudaladas familias romanas, defensores de la reforma agraria, muertos por la oligarquía senatorial.

Graco es también el nombre de su padre, miembro del Escuadrón 201 en la Segunda Guerra Mundial. Es nieto del exgobernador Tomás Garrido Canabal, el “comecuras” y hermano de José Domingo Ramírez Garrido Abreu, exjefe de la policía capitalina y, por poco, secretario de la Defensa Nacional. Ambos fueron educados bajo el principio estricto de la disciplina militar. “Se puede hacer todo, salvo deshonrar lo que uno es”, le repetía el general.

El gobernador de Morelos admira el compromiso del Ejército Mexicano con la transición política en nuestro país. Ha sido leal, afirma. Sin embargo, nunca se vio entre sus filas.

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“Mi papá y mi hermano escogieron las armas, yo la política. En esencia éramos muy parecidos: la política es la expresión de la guerra, con otras armas. Nos entendíamos; tanto para un político como para un militar, la estrategia y la táctica tienen gran valor. La política expresa la crisis de las armas. Una entra en juego cuando falla la otra”.

Graco fue criado en su estado natal, Tabasco, hasta los siete años. Su madre, de familia acomodada, decidió establecerse con sus hijos en la colonia Narvarte, en pleno DF, a resguardo de la vida errante de su marido militar.

En la prepa seis, el joven quedó impresionado por la Revolución Cubana, comenzó a formarse como líder estudiantil y se aproximó a la izquierda.

—Eras un disidente en tu propia familia…
—Sí. El 68 para mí fue definitivo. Me marcó como dirigente porque adquirí un compromiso con mis compañeros y con mi generación, y me marcó profundamente la represión militar porque mi padre y mi hermano pertenecían al Ejército. Cuando tomó la Universidad Nacional, se enfrió la relación con mi padre, y así duró años. En 1975, recibí el Año Nuevo en el Campo Militar Número 1, y sólo fui uno más. Después de tanto tiempo, puedo decirte que con mi hermano José Domingo tengo afinidad, y mis padres acabaron votando por el PRD”.

—¿De dónde salió tu convicción de izquierda?
—Llegué a ella por mí mismo. Tenía una vida fácil, de clase media, y la promesa de una buena herencia, pero siempre he elegido un camino propio.

La ruptura temporal con su familia, y el psicoanálisis, sirvieron de estímulo para defender sus posiciones:

“Psicoanalizarse era un tabú en la izquierda, pero yo había leído a Mitterrand, que opinaba que había que tenderse en el diván para gobernar, porque el político suele confundir la pasión o la manifestación de su inconsciente con sus responsabilidades. Así que pasé por ahí y después de años, maté al padre”.

Con respecto de su madre, cuenta que el abuelo heredó a su familia un emporio ganadero, Abreu García Hermanos; se concebían como clan, y ella no concebía al hijo fuera de él. Sufría porque Graco terminó su relación con la madre de su primer hijo; sufría porque se enamoró de una divorciada, sufría porque no se casaba. “Rompí con esos convencionalismos y construí una postura personal e independiente pero siempre, siempre me reconcilié con los míos”.

—¿En tu interior, con qué rompiste?
—Sufrí una crisis terrible cuando en 1985 escuché decir a Fidel Castro que el heredero de la Revolución Cubana era Raúl. Luego cayó el Muro de Berlín y también mis sustentos ideológicos. La Revolución Cubana se convertía en una dinastía familiar y el socialismo sucumbía por autoritario. Supe que tendría que forzarme para ser un demócrata. Y para ser tolerante también.

El político, fundador de tres partidos —el Socialista de los Trabajadores, el Mexicano Socialista y el de la Revolución Democrática— se reconoce en tiempo pasado como “un soberbio dogmático, resultado de mi formación marxista”. Descalificaba a sus interlocutores.

“Después entendí que la política no era la imposición de mis posturas y que hay que empezar por reconocer las coincidencias porque no hay diálogo que empiece por las diferencias. Me costó, pero aprendí a darle valor al diálogo como herramienta para la política”.

—Hay diálogos imposibles.

—No, el diálogo siempre es posible. Es posible el diálogo contigo mismo, con tus simpatizantes, es posible el diálogo con tus adversarios y es posible el diálogo hasta con tu enemigo. En el infierno se puede dialogar también.

—¿Con Carrillo Olea, por ejemplo?
—Yo estaría dispuesto a dialogar con él, y demostrarle en qué se ha equivocado él y qué puedo aceptar yo.

En la sala exterior de la Casa de Gobierno cunden los mosquitos. El gobernador pide que rocíen repelente. También un vaso con agua. Ha llegado la primavera y el polen le seca la garganta, me explica. Faltaba un día para la marcha en la que organizaciones ciudadanas esperaban la protesta conjunta de miles, porque prometió que al término de un plazo de 18 meses, la seguridad se habría restablecido en el estado.

Aún se denuncian los crímenes violentos, los homicidios, las extorsiones, los secuestros, pero Graco afirma que imaginaba su paso por el poder tal cual es. No lo creo y se lo digo.

—Pensabas que sería mucho mejor...
—Absolutamente no. Yo sabía lo que había pasado en Morelos, por eso concebí un ejercicio de reconstrucción, un ejercicio plural. Sabía que los doce años de panismo no fueron de transición, sino de descomposición. No era una casualidad que los personajes más siniestros del narcotráfico se asentaran aquí.

Enumera los saldos del panismo estatal y “su atroz política conservadora”: Morelos es el primer lugar en Sida a nivel nacional, resultado de la prohibición del uso del condón, señala. Y es el primer lugar en embarazos adolescentes, por el veto a la píldora del día siguiente. Luego habla largo sobre las políticas sociales que su administración ha implementado.

—Hace años encabezabas marchas, con Nava, con López Obrador, para que destituyeran a Carrillo Olea. Ahora se te plantan, te gritan, te piden que seas tú el que renuncie.
—Creo que es legítimo que la gente se manifieste.

—Por su puesto, pero yo en tu lugar, esperaría ciertas simpatías
—Es que las tengo. Tengo simpatías también, lo que no tengo es unanimidad. Nadie la tiene.

No parece que le pesen los años, hasta que habla de su nacimiento en el cuarenta y nueve, de la televisión en blanco y negro, de cómo sus nietos le enseñan a manipular la tecnología digital, del nuevo orden mercantil del mundo que describe Saviano, del antes: “Antes tenía tiempo para el amor; hoy tengo más imaginación que fortaleza”.