Política

“Aprendí a argumentar por mi vida”

Estefanía Vela leyó el Libro de Job y a Santo Tomás de Aquino, que contribuyó al entendimiento de su propia madre. Fue un buen principio: “Quiero entender por qué los católicos piensan como piensan”.
María Scherer Ibarra
05 junio 2014 23:13 Última actualización 06 junio 2014 11:0
Retrato Hablado Estefanía

Retrato Hablado Estefanía

CIUDAD DE MÉXICO. Estefanía Vela lleva el pelo corto y los brazos cubiertos de tatuajes. Ama a los gatos. Quería ser adulta solo para comprar gadgets. Usa corbata. Corre en el Parque Gandhi y levanta pesas, con moderación. No se maquilla, y no le hace falta. No bebe y no fuma. O quizá para ahora haya vuelto a hacerlo. Toma té. Es fanática de Harry Potter y no le importa el cine de arte.

“No soy la lesbiana que estudia porno”, dice un poco irritada. Y no lo es. Es imposible simplificarla.

__¿Por qué es académicamente relevante estudiar el porno?
__Porque transmite una idea de la sexualidad. Lo que consumimos es violento y sexista, y a través del porno se perpetúa la violencia sexual en contra de la mujer. Por eso las feministas y los conservadores coinciden en este tema.

En clases memorables de su maestría en Yale, la religión se cruzaba constantemente. Estefanía leyó el Libro de Job y a Santo Tomás de Aquino, que contribuyó al entendimiento de su propia madre. Fue un buen principio: “Quiero entender por qué los católicos piensan como piensan”.

Antes la había liberado la lectura de la experiencia homosexual, un libro de autoayuda que obtuvo gracias a la recomendación de un psicólogo. Fue su primer acercamiento a los estudios de género y sexualidad. La obra, más que un enfoque sobre la homosexualidad, ofrecía un encuadre desde la homofobia.

Es conmovedor el relato en su blog: “Fue la primera vez que las cosas me hicieron sentido: finalmente podía entender porqué todos --mis padres, especialmente-- reaccionaban de esa manera, lo que estaba en riesgo cuando uno se atrevía a pronunciar las palabras impronunciables: ‘Soy gay’”.

Supo que la homosexualidad no tenía que ver tanto con ella y su felicidad, sino con el orden de las cosas, “del sistema en su conjunto. Una dinámica completa filtrándose por los labios de mi madre, penetrando bajo la mirada de mi padre, reproducida a cada momento, de las forma más complejas. Fue una conclusión muy afortunada, casi mágica y por supuesto, liberadora. El problema no era solo yo”.

***
De niña no conoció los límites. Jugaba tenis; se vestía como Andre Agassi y Pete Sampras. Solo tenía una obligación: aprovechar su educación, la mejor al alcance de sus padres, ella matemática y él ingeniero hidrólogo, afincados en Monterrey.

Estefanía y su hermana menor crecieron abrigadas por el catolicismo y el conservadurismo de su madre. Sin embargo, el ambiente familiar tenía sus rasgos progresistas. Antes de que nacieran las niñas la esposa ganaba más, aunque acabó dejando el trabajo para concentrarse en la maternidad.

La bautizaron. Hizo su primera comunión. Seguía el matrimonio, de preferencia, pasados los treinta. Pero nadie está predeterminado. A los quince, cuando la sexualidad se ha desbordado en un cuerpo joven, ella había elegido. “Socialmente, salir del clóset fue horrible. Fue traumático. En cierto sentido, aún lo es”.

Todavía no se arregla con su ciudad, que es poco diversa y demasiado empresarial. Estefanía no sirve para los negocios, y sus temas, sus --resalta-- están en segundo plano. La academia regia tiene otras prioridades.

Terminó la preparatoria con un rendimiento mediocre y se mudó al DF para estudiar Derecho en el ITAM. La impresionó la serie de televisión Law and Order, un exitoso drama legal que prolongó su tiempo de emisión hasta veinte temporadas y, sobre todo, la película The People vs. Larry Flynt, de Milos Forman, que según IMDb (Internet Movie Database) es un film parcialmente idealizado del controvertido editor de pornografía y cómo se convirtió en un defensor de la libertad de expresión.

No fue una elección superficial, veleidosa. Su familia y sus amigos cuestionaban no solo su sexualidad, también la elección de sus parejas, “así que aprendí a argumentar por mi vida, para salvarme”.

Trabajó desde el inicio de su carrera. Vivía sola y dependía de ella misma. Entre el 2005 y el 2007 laboró en la Suprema Corte de Justicia, en un área administrativa. Estefanía articipó en la edición de un libro sobre tribunales constitucionales y democracia y en la traducción de otro, A Judge on Judging, de Aharon Barak, expresidente de la Suprema Corte de Israel.

Entre 2008 y 2009, trabajó en el Instituto Federal Electoral –en su etapa “más propiamente burocrática”-- con el consejero Benito Nacif, como asesora de radio y televisión.

Su inquietud la llevó a cursar un seminario extracurricular, el Thomas Hobbes, donde escuchó exponer a Alejandro Madrazo, director del Programa de Derecho a la Salud de la División de Estudios Jurídicos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). (Madrazo litigó a favor del derecho a decidir y del matrimonio entre personas del mismo sexo).

Madrazo le permitió ‘salir del clóset’ en la academia, cuenta. Apenas lo conoció, solicitó su ingreso como su asistente de investigación y poco después fue responsable del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del Programa de Derecho a la Salud del CIDE. Ahí se apropió de temas que gravitan alrededor del género, la familia y la sexualidad: el feminismo y su historia, la no reproducción –cuyo caso paradigmático es el aborto-- y la pornografía.

En el CIDE, para su fortuna, sus intereses se alinearon con la escena política y judicial en México y en adelante ha podido estudiar y litigar cuestiones relativas a los derechos sexuales y reproductivos.

Y eso es justo lo que la mueve: junto con el equipo del CIDE, asumió la defensa de la Asamblea Legislativa del DF para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo ante la Suprema Corte. “Los límites de lo personal y lo político se borraron literalmente”, sostiene. “Mis palabras configuraban la historia legal y mi historia se reconfiguraba a través de palabras jurídicas”.

Estefanía pensaba con aflicción en el impacto que la decisión de la Suprema Corte podría tener en los adolescentes homosexuales del país. Ellos son su motivo, y lo que estaba en juego, ni más ni menos, era cierto alivio para esos muchachos. Había que devolverles “en sus familias, en sus escuelas, hasta en sus propias camas, su identidad y su capacidad para hablar en voz alta de su amor. Debían saber que detrás de sus decisiones, más allá de sus deseos y más allá de sus sueños y esperanzas sobre el amor y el matrimonio, estaban --en pie-- sus derechos”.

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