Opinión

Yucatán, ese silencioso éxito

 
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Puerto Progreso, Yucatán

Hacía tiempo que no visitaba Yucatán, quizá seis años. Me maravilló lo que vi, no en lo turístico, sino primordialmente desde el ángulo económico y empresarial. Yucatán es uno de esos espacios donde están abriéndose oportunidades. No obstante, el estado está un poco rebasado porque parece no haberse preparado para lo que le acontece.

El ejemplo más notorio de ello durante esta primavera lo dio Progreso.

Las playas de ese puerto se abarrotaron con decenas de miles de personas. Tan sólo el domingo se estimó una vorágine de 140 mil individuos llenando cada centímetro de la playa. Y no sólo ahí. El diario Milenio Novedades titulaba anteayer: “Revive Mérida: tras celebraciones de Semana Santa, turistas llenan centros y zoológicos”.

Para darnos una idea de la dimensión de lo que ocurre en Yucatán basta la siguiente cifra: mientras el Jueves Santo salían tres mil 600 autos cada hora de la Ciudad de México a Cuernavaca (con dirección a varios destinos), la prensa yucateca reportó la salida de cinco mil 760 vehículos por hora el domingo desde Mérida hacia Progreso. El puerto estaba a reventar. No cabía un biquini más.

Pero el problema es que Yucatán no tiene con qué hacer frente a ésa, que es sólo una de las aristas de la bonanza que vive (su PIB crece a una tasa anualizada de 4.3 por ciento o superior). En Progreso, por ejemplo, faltan decenas de restaurantes con estándares de calidad aceptables; casi no hay hoteles; y los servicios turísticos se limitan a viejas casas convertidas en regaderas públicas con vestidor.

Hablando con gente de Yucatán, de todos los segmentos, existe la común percepción de que el estado vibra por las inversiones que ahí ocurren (una planta cervecera de AB InBev; la expansión de Grupo Kuo y su negocio de carne de cerdo Kekén; otra inversión de Bachoco; y varias más agroindustriales y hoteleras). Sin embargo, es notoria la pobreza laboral, la tenue capacitación y la informalidad. Una buena noticia es que se ha roto el cascarón de las ocho o diez familias que controlaban oligopólicamente varios rubros industriales por décadas. Hoy parece florecer una economía meritocrática. La venta de Farmacias Yza a FEMSA, hace tres años, fue icónica al respecto.

Confieso que en mi visita no me gustó el Gran Museo del Mundo Maya. Su pretensiosa arquitectura de un árbol de Ceiba realmente no conmueve a nadie; y la curaduría de la colección no parece llevar al visitante a puntos culminantes de las glorias de ese grupo étnico. Es un desperdicio.

Me quedo, por lo tanto, con un Yucatán promisorio en lo económico. Sin embargo, hay que decir que urge que varias corporaciones globales se vuelquen a invertir ahí. Encontrarán un mercado vibrante, deseoso de proyectarse al mundo.

Twitter: @SOYCarlosMota

Correo: motacarlos100@gmail.com

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