Opinión

Ya no es una catástrofe, sino el regreso a los años cincuenta


 
La semana pasada, al reaccionar a los informes de The Guardian sobre la monstruosa dimensión del espionaje angloestadounidense mediante el proyecto Tempora, que intercepta las comunicaciones telefónicas y en Internet gracias a que los cables de fibra óptica entre América del Norte y Europa desembocan en el sur de Inglaterra, Sabine Leutheusser -Schnarrenberger, ministra federal de Justicia alemana, manifestó que “si esas acusaciones son correctas, esto sería una catástrofe”; ayer, dijo que “si los reportes de prensa son precisos, esto recuerda entonces los métodos utilizados por el enemigo durante la Guerra Fría”.
 
En una declaración a Reuters la semana pasada, Leutheusser-Schnarrenberger agregó que “las acusaciones” contra Gran Bretaña suenan como una pesadilla de Hollywood. Las instituciones europeas deben buscar de inmediato aclarar la situación”. Frente a las evidencias, sin embargo, está de más tratar de cuestionar la veracidad de los reportes periodísticos y por eso la misma funcionaria urgió a Jose Manuel Durao Barroso, titular de la Comisión Europea, a “asumir responsabilidad personal” en las investigaciones, que empiezan a provocar fricciones en ambos lados del Atlántico, pese a que las actividades de la inteligencia norteamericana siempre han sido un secreto a voces.
 
Antes, Leutheusser-Schnarrenberger ya se había reunido de rutina con el procurador general de Estados Unidos, Eric Holder, al que presuntamente demandó explicaciones, pues a muchos alemanes --en especial los que vivieron bajo el régimen comunista y la temida Stasi-- les irrita sobremanera la sombra del big brother.
 
El caso, insistió por su parte Thomas Oppermann, líder de la oposición socialdemócrata en el Bundestag (Parlamento) “es insoportable y el gobierno debe actuar contra la vigilancia total de los ciudadanos”, aprovechando la cercanía del proceso electoral que puede restarle puntos a la canciller Angela Merkel.
Con razón, habría que destacar, hasta “importantes figuras” dentro de la inteligencia británica se mostraron alarmadas por la decisión del Cuartel de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ, equivalente a la Agencia de Seguridad Nacional de EU) de alambrear los gigantescos volumenes de correos electrónicos, mensajes de texto y llamadas telefónicas
que se generan diariamente entre el viejo y el nuevo continente, para almacenarlos hasta 30 días.
 
Una fuente bien informada confió a TG: “sentimos que empeza- mos a cruzar una línea. La gente del MI5 --espionaje externo-- se estaba quejando de que ibámos demasiado lejos desde la perspectiva de las libertades civiles. Todos teníamos reservas, porque pen- sábamos que si esto fuera usado en nuestra contra no tendríamos ninguna oportunidad”.
 
No obstante, es necesario enfatizar que la Unión Europea no puede decirse engañada, si acaso por el alcance orwelliano de los programas develados por Edward Snowden. Wayne Madsen, otro exanalista de la NSA que ha comenzado a hablar, recordó que Holanda, Francia, la propia Alemania relegada a la categoría de “socia de tercera clase”, España e Italia, suscribieron acuerdos secretos con Washington para compartir “datos sensibles”.