Opinión

¿Y si hacemos las escuelas públicas obligatorias para hijos de políticos?

 
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Salón de clases. (democratacoahuila.wordpress.com)

No es una exageración decir que la humanidad vive la coyuntura más significativa en cuando menos los últimos 50 años. La crisis económica de 2008, de la cual estamos viviendo la secuela, no es consecuencia de los 'abusos de Wall Street', como se explica en forma simplista e irresponsable; es la culminación de décadas de deterioro en el poder adquisitivo de la clase media que se compensaron primero con la inclusión de las mujeres a la fuerza laboral, y luego con contratación de deuda, hasta que reventó. Ante la imposibilidad de retomar el camino previo, se ha vuelto evidente el abismo entre la estructura del empleo, la de las prestaciones sociales, las necesidades de una economía que enfrenta la revolución más importante en qué y cómo producir de los últimos 200 años (la llamada Revolución Tecnológica), y los sistemas educativos rígidos que no se han adaptado a un entorno cuyo cambio se acelera, por lo cual no han podido dotar a suficientes jóvenes con las habilidades y herramientas que el nuevo mercado laboral demanda.

Los sistemas educativos de los países más desarrollados del mundo siguen estando lejos de lograr adaptarse. Surgen cambios de todo tipo: escuelas donde el conocimiento dejó de dividirse por “materias”, como en Finlandia; escuelas vocacionales totalmente enfocadas en desarrollar habilidades concretas en función a encuestas reales de las necesidades de industrias y empresas; y sistemas de educación pública que crecientemente recurren a esquemas 'privados', como las charter schools estadounidenses que se han vuelto un punto de referencia devastador para las escuelas públicas mediocres y anticuadas y una forma eficaz de darle la vuelta a sindicatos magisteriales rígidos que defienden el statu quo (sí, allá también, pero sin bloqueos carreteros).

El sistema educativo del mundo está en ebullición a todos los niveles, desde el cambio en percepción sobre el alcance del estímulo temprano, hasta la trascendencia de desarrollar escuelas de posgrado altamente selectivas y generosamente fondeadas, que permitan que un país pueda aspirar a la vanguardia en áreas específicas del conocimiento. Temas de inteligencia artificial en los que se desarrollan computadoras capaces de crear a otras computadoras, o el llamado CRISPR, que permite el desarrollo de moléculas que alteran la estructura genética de plantas, insectos o incluso de seres humanos, no son temas de ciencia ficción, son los ladrillos con los que se construirá el futuro de una humanidad en la que algunos países serán los arquitectos y otros, con suerte, los albañiles.

Todo esto ocurre en las aulas del mundo, mientras en México tenemos una estructura magisterial paupérrima y con todos los incentivos equivocados.

Se nos agota el tiempo. El contraste entre un mundo que evoluciona a la velocidad de la luz y el brutal estancamiento educativo de nuestro país nos condenará no sólo a un subdesarrollo perenne, también a un deterioro seguro, conforme nuestra numerosa juventud envejezca.

Nuestro crecimiento poblacional bajará hacia niveles de países industrializados. Si la fuerza laboral no crece en una economía, la única alternativa para crecimiento económico es que la población existente se vuelva más productiva, ya sea porque está mejor educada o porque hay inversión de capital efectiva. Mientras escribo esto, el gasto público en inversión es el menor en casi 70 años en México.

El reciente y estruendoso fracaso de una reforma educativa, que en mi opinión era un tímido esfuerzo por cerrar una brecha que crece día a día entre el nivel educativo de México y el del mundo desarrollado, nos debe llevar a plantearnos una especie de “Ave María” en la que por desesperación nos lanzamos tras de una medida que realmente 'cambie el marcador'. Veo dos opciones: olvidarnos de la CNTE y del SNTE y dejarlos en paz, concentrándonos en desarrollar un sistema público/privado paralelo que eduque con estándares internacionales, que copie las mejores prácticas educativas del mundo, y que gradualmente se vuelva el punto de referencia contra el cual midamos el desempeño del sistema público tradicional. La segunda sería que se tome deuda pública para comprarle sus plazas a todos los 'maestros' del SNTE y la CNTE, en forma generosa, pero dando 'borrón y cuenta nueva'; ofreciéndoles la opción a los mejores entre éstos de concursar por nuevas plazas con base en contratos modernos, estándares radicalmente diferentes y a sistemas de desarrollo profesional ambiciosos.

Sé que suena inocente proponer esto cuando ni siquiera logramos imponer una evaluación laxa y mínima. Pero a veces es mejor desgastarnos buscando no el cambio gradual, sino el salto óptimo. Es fácil darse por vencidos cuando el grueso de los que leemos esto ni siquiera tenemos hijos que asistan a escuelas públicas.

Si los políticos dicen que este cambio no es posible, propongo que pasemos una ley en la que sea obligatorio que los hijos de todo funcionario público asistan a escuelas públicas. A ver si así.

Twitter: @jorgesuarezv

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