Opinión

¿Y quién se ocupa del crecimiento?

22 octubre 2013 5:2

 
¿Acaso el “Mexican moment” pasó tan rápido que ni lo vimos? La perspectiva era altamente prometedora a principios de este año y con el arranque de la administración de Enrique Peña Nieto. Se hablaba incluso de que el país entraría al llamado bloque de los BRIC (Brasil, Rusia, la India y China) y apuntaba a ser uno los pilares del crecimiento mundial. La realidad fue aplastante.
 
El Fondo Monetario Internacional en su reporte de octubre redujo su expectativa de crecimiento a sólo 1.2 por ciento y prácticamente lo ajustó por arriba de la mitad en tan sólo unos cuantos meses (en julio había sido de 2.9 por ciento) y es una de las correcciones más fuertes a sus pronósticos. La magnitud del “error” es enorme, como si hubiese pasado un evento catastrófico. En pesos corrientes equivale a 260 mil millones de pesos en producción y, por supuesto, a una cantidad importante de empleos.
 
En contraste, las naciones llamadas emergentes, según el mencionado organismo, tienen una estimación de crecimiento en conjunto de 4.5 por ciento. Brasil en particular está también por arriba, con 2.5 por ciento.
 
 
Este entorno amerita una profunda reflexión, porque es paradójico que las publicaciones Euromoney y Emerging Markets le hayan dado un reconocimiento a Agustín Carstens como el mejor banquero. Volvemos a sentir el “deja vu” constante; con la agonía económica, gozando de buena salud.
 
Totalmente de acuerdo con que el banco central tenga como único objetivo el mantener el proceso inflacionario a la raya y es merecido el premio a Carstens; pero entonces ¿quién se ocupa del crecimiento?, porque el poder ejecutivo parece estar pensando en todo, menos en impulsar el aparato productivo.
 
En palabras del laureado gobernador de Banxico, la confianza en México continúa y está pasando por una “buena racha” en lo que respecta a la aplicación de políticas ortodoxas, lo cual ha ayudado a la economía a enfrentar la volatilidad y la caída de los mercados internacionales.
 
El punto central es trascender la “buena racha” de la ortodoxia, porque por más que se fomente un ámbito de estabilidad y tasas de interés bajas, el crecimiento estará ausente sin un impulso de la demanda. Por eso resulta incomprensible una reforma fiscal, que en lugar de aplicar una política anti cíclica, provoque mayor carga impositiva. Pagar impuestos duele, sobre todo cuando el gasto público tiene un dudoso destino en cuanto a su eficiencia y cuando quienes evaden siguen haciéndolo con el mismo descaro.
 
Se ha vendido el impacto por parte del gobierno como una lucha distributiva al estilo Robin Hood, cuando se trata de un sector productivo formal que paga impuestos, ejerce una sana demanda y genera empleos. A final de cuentas, se trata de un efecto crowding out, en donde la entidad pública está desplazando la capacidad de inversión de la iniciativa privada. El camino no es el adecuado.
 
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