Opinión

¿Y nosotros, qué clase de animal somos?

06 octubre 2016 15:26
 
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¿Y nosotros, qué clase de animal somos?

En mayo de 1974 el artista alemán Joseph Beuys (1921) tomó un avión a la ciudad de Nueva York. En el aeropuerto lo recogió una ambulancia en donde fue envuelto con varias cobijas de fieltro y transportado directamente a un cuarto de la galería Rene Block. De la ambulancia lo bajaron en una camilla y lo llevaron a un cuarto pequeño donde sólo había las cobijas de fieltro, una pila de popotes, un bastón, unos guantes, 50 copias del Wall Street Journal que recibiría cada mañana y un coyote salvaje con el que pasaría los próximos tres días.

El coyote salvaje, hostil en un principio, rompió varios de los cobertores y se orinó sobre los periódicos, mientras el artista hacía esculturas sencillas o realizaba gestos simbólicos con las cobijas, el bastón y los popotes; en tanto, miraba fijamente al animal. Éste se fue acostumbrando paulatinamente a la presencia del artista, que al final del tercer día pudo abrazarlo. Después, fue transportado al aeropuerto en ambulancia y tomó su avión de regreso, sin haber pisado la calle y sin haber visto otra cosa de ese colosal imperio más que el coyote y el cuarto de la galería. Esta pieza performática llevaba el título de I Like America and America Likes Me (Me gustan los Estados Unidos y a los Estados Unidos les caigo bien).

De niño, Beuys se obsesionó con las plantas que trataba de clasificar, y con los mitos y el folclore popular; y ese amor por la naturaleza y la creencia que los animales son seres capaces de atravesar distintos planos de la realidad permearían toda su obra. Beuys retomó en su performance neoyorquino la creencia de los pueblos originales de Norteamérica de que los coyotes eran criaturas poderosas que, sin embargo, fueron exterminadas más tarde por los inmigrantes europeos.

Distanciándose del conceptualismo puro y duro de Duchamp, Beuys declaraba: “Cada ser humano es un artista, y todo en el proceso de vivir constituye mi acto creativo”. Durante un periodo que abarcó desde los 50 hasta principios de los 80, Beuys, que se opuso férreamente a la guerra de Vietnam y a la hegemonía del arte americano, nos mostró cómo un arte que se origina en un contexto personal, también aborda una realidad social, promoviendo su replanteamiento. Beuys buscaba un Gesamtkunstwerk, literalmente una obra de arte total que permeara la religión, la política, la arquitectura, y que la consecuencia de ésta fuera una transformación social que se diera simplemente conviviendo, y así, a partir del acto creativo, de la comprensión, la aceptación del otro, del respeto a lo diferente, a lo salvaje, a través de la empatía, pudiéramos quizá no sólo abrazar al coyote externo, sino también al interno.

El mundo nos pertenece a todos y a cada uno de nosotros nos concierne lo que pasa en él; en estos tiempos de opacidad y caos, tal vez deberíamos de recordar lo que ya sabemos y que Beuys nos insta a comprender: que sólo una negociación pacífica podrá demoler nuestros estereotipos y el miedo al otro.
 
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