Opinión

Y no, no lo absolverá

   
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Fidel Castro sobrevivió a todo: 640 atentados –se dice–, el embargo económico, pero sobre todo la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética. Fue, sin duda, una proeza. Sobre todo porque Cuba está apenas a 90 millas de Estados Unidos y la ayuda soviética era clave para la economía de la isla.

Pero en la vida y en la política todo tiene un costo, y en ocasiones un costo altísimo, que en este caso ha sido pagado por el pueblo cubano. Milán Kundera se refirió a Europa oriental –socialista– como una Europa secuestrada. De Cuba se puede decir lo mismo: una porción del Caribe secuestrada por más de 57 años y contando.

Los logros en educación y salud, que presume el régimen, lo mismo que la sobrevivencia de la isla a los embates de Estados Unidos (EU), se pagaron, desde el inicio de la Revolución, con el sacrificio de la libertad y con la represión de toda forma de disidencia u oposición. Fidel Castro encarceló poetas, como Heberto Padilla, persiguió homosexuales y ejecutó al general Ochoa, héroe oficial de la República.

En los albores de la Revolución, durante los años sesenta, Fidel Castro y el Che Guevara encarnaron la esperanza del desplazamiento de la Revolución socialista del centro (el mundo industrializado) a la periferia (el mundo subdesarrrollado). De ahí que hayan ejercido una influencia fundamental en los movimientos de izquierda revolucionaria en América Latina, que optaron por las armas para tomar el poder, del MIR chileno a la Liga Comunista 23 de Septiembre.

La crítica de las armas se empataba con las armas de la crítica, que definían –de acuerdo a los preceptos de Marx– la democracia como un régimen de igualdad formal, pero de explotación real. La lucha armada no sólo era la única vía, sino además debería conducir a la dictadura de un partido único, iluminado y guiado por la doctrina científica del marxismo-leninismo.

A partir de ahí, la izquierda latinoamericana adoptó un doble discurso frente a los gobiernos autoritarios: los de derecha, eran denunciados y condenados en forma tajante; los de izquierda, eran defendidos a capa y espada, negando los crímenes o justificándolos como una respuesta obligada ante los ataques abiertos o subrepticios del imperialismo.

La denuncia y defensa de la izquierda recurría a un argumento adicional: toda crítica a los países socialistas, particularmente Cuba, proviniese de quien proviniese, y por más bien intencionada que fuese, no tenía otro efecto que fortalecer o apoyar los ataques imperialistas contra el orden socialista –eventualmente imperfecto, pero justo en lo esencial.

Por eso, durante los años setenta y ochenta, hasta la caída del Muro en Berlín, en 1989, las peroratas de la izquierda contra la dictadura sangrienta de Pinochet en Chile corrían en paralelo a la defensa incondicional de Fidel Castro y a su ensalzamiento como líder progresista y revolucionario.

Las descalificaciones a Octavio Paz y su definición como un intelectual de ultraderecha se enmarcaron justamente en ese debate. Y culminaron en una manifestación frente a la embajada estadounidense en México, en 1984, cuando una turba quemó su efigie al grito 'revolucionario' de ‘"Reagan rapaz, tu amigo es Octavio Paz".

El exceso –si así puede llamarse– de los jóvenes fue tolerado y cobijado por el silencio de los intelectuales de izquierda que, como Carlos Fuentes, para no hablar del inefable Monsiváis, guardaron un prudente silencio y jamás condenaron el acto.

La historia termina ahora, es un decir, con un giro 'extraño'. Fidel Castro será enterrado con los honores de un jefe de Estado porque ejerció el poder por más de 50 años. Deja en pie una dinastía encabezada por Raúl Castro, rodeada de altos mandos militares, qu no muestra intención de desmontar el régimen totalitario de un solo partido.

Augusto Pinochet, en cambio, sometió su permanencia en el poder a un plebiscito en 1988, lo perdió, se retiró y en su lugar surgió el régimen democrático chileno. Amén que Chile es uno de los países de América Latina con mayor crecimiento y nivel de bienestar social.

Fidel Castro es, sin duda, uno de los personajes históricos del siglo XX. Pero la historia no lo absolverá. Vaya, no sale, siquiera, mejor librado que Pinochet.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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