Opinión

Y el PRI, ¿qué piensa
de EPN?

El modelo a seguir para Enrique Peña Nieto es otro presidente mexiquense: Adolfo López Mateos. Resulta evidente por qué anhelar la era de éste, su presidencia es el punto medio de los años del “Desarrollo Estabilizador” que va desde la de Ruiz Cortines a la de Díaz Ordaz, años de fuerte crecimiento y estabilidad cambiaria, después de la devaluación de 1954 (que llevó el tipo de cambio a 12.50 por dólar). Pero, hay enormes diferencias entre el entorno de una y otra presidencia que lo hacen un sueño imposible.

A partir de acoger un modelo de sustitución de importaciones y políticas proteccionistas, México podía darse el lujo de mantener una política respetuosa pero distante con Estados Unidos. Peña Nieto parece no darse cuenta de cuánto ha cambiado el entorno. La orgullosa narrativa del canciller Meade que ha viajado por el mundo reavivando la relación con países africanos y de otras latitudes, es tan estéril como obsoleta.

Hoy, debido a la estrecha integración industrial y a la excepcional asociación comercial, la única relación relevante es con Estados Unidos.
La segunda gran diferencia proviene del hecho de que López Mateos jamás tuvo que lidiar con redes sociales. En los sesenta, el gobierno dictaba lo que los medios publicaban, y contaba con poderosas armas para la censura, como años después comprobaría Luis Echeverría con el periódico Excélsior y el recientemente fallecido Julio Scherer García. Peña insiste en una comunicación social boletinera sesentera, creyendo que cualquier problema oficialmente ignorado, mágicamente desaparecerá resolviéndose.

Por último, López Mateos tenía control absoluto sobre su partido, y el PRI era el único con poder. El presidente imponía un balance entre los diferentes sectores del PRI –obrero, popular, campesino– y se aseguraba de que éstos tuvieran representación legislativa, en gubernaturas y otras posiciones; garantizaba que el acceso al presupuesto fuera razonablemente equitativo. La relación con los empresarios era cordial, pero la representación política de éstos era limitada.

Peña viene después de doce años de mandatos panistas que redujeron el control sobre los medios y cambiaron las reglas del juego, después de sexenios priistas en los que el partido se dividió después del destape de Carlos Salinas como candidato, engendrando al PRD y a políticos como López Obrador, originalmente priista.

El PRI de ahora no es el de entonces. Me pregunto, sin embargo, cuánto y en qué ha cambiado. La fortaleza del PRI siempre provino de su férrea disciplina para cerrar filas detrás del presidente. Los procesos de destape siempre desembocaban en una “cargada” detrás del ungido que no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, ahora parece haber mucho más en juego. La crisis política que proviene de la paupérrima reacción de Peña y de su equipo podría sacar al PRI de Los Pinos por décadas. En las elecciones estatales y legislativas de 2015, el PRI saldrá fortalecido. La debilidad y corrupción compartida por PAN y PRD provocarán abstencionismo que favorece a la estructura clientelar del PRI. Morena también se fortalecerá. Creo, sin embargo, que habrá fuertes incentivos para que priistas no mexiquenses emprendan el respetuoso equivalente a una revuelta interna.

Todo parece apuntar a que Peña no reaccionará hasta que la crisis alcance profundidades delicadas. 2015 será un año de más protestas, más paros y más grupos buscando incrementar su participación del mercado político, oliendo la ostensible debilidad de la administración peñista.

Si Peña tuviese mejores asesores, entendería que las soluciones sin dolor quedaron atrás, llegó el momento de amputaciones. Un viejo chiste decía que cada presidente priista le dejaba tres sobres a su sucesor, con la instrucción de abrirlos secuencialmente cada vez que tuviera una crisis. Después de un par de años, el nuevo presidente abrió el primero que decía “échame la culpa de todo”; obedientemente, el presidente culpa de todo a su predecesor y logra apagar la crisis. Más tarde, se ve forzado a abrir el segundo que dice “haz cambios profundos en tu gabinete”; los hace y triunfa nuevamente. Hasta que tiene que abrir el último que dice “haz tres sobres más”. Peña tiene que abrir el segundo en forma prematura, o se le adelantará también el tercero.

Tarde o temprano, entenderá que no queda más que traer sangre nueva a su equipo. Hay mucha gente capaz, que respondería al llamado, a pesar de estar en carreras y situaciones privilegiadas. Gente como Luis de la Calle, Santiago Levy o Jaime Zabludovsky, entre otros, tienen inteligencia y reputación a prueba de dudas, pero no tienen historia con él. Cuesta imaginar que miembros de su equipo actual, empoderados y a veces arrogantes, les abrirán las puertas.

¿Se da cuenta el PRI de lo que está en juego? En esta evolución política darwinista, quizá sea momento de canjear estoica lealtad por supervivencia, particularmente cuando la derrota le abriría la puerta a un populista.

Twitter: @jorgesuarezv